Una rebelión demasiado exitosa
Según lo veo
La Argentina es un país contestatario. Le encanta oponerse al orden establecido en el planeta que le ha tocado. Así lo entienden los políticos profesionales que, aún más que sus equivalentes en el exterior, han aprendido a aprovechar las inquietudes de los íntimamente convencidos de que merecen un destino mucho más agradable. Puesto que, desde comienzos del siglo pasado, los miembros más destacados de la clase política local, hombres como Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, han despotricado como dirigentes estudiantiles en todos los foros disponibles contra un mundo que, debido a la inmoralidad o mediocridad de sus homólogos extranjeros, se resiste a ponerse a su altura, hasta los aspirantes a cargos electivos municipales creen que les convendría procurar emularlos, razón por la que, con la esperanza de abrirse camino en su ámbito particular, denuncian lo terrible que es el neoliberalismo, el capitalismo salvaje, el imperialismo yanqui y muchas otras cosas igualmente lamentables. Gracias a los esfuerzos de generaciones de tales rebeldes, la Argentina ha logrado mantenerse alejada de corrientes que en otras latitudes producirían una multitud de cambios, por lo común positivos; los problemas enfrentados por las sociedades avanzadas contemporáneas son menores en comparación con los de épocas anteriores. Por principio, no permitieron que el país participara de las revoluciones socioeconómicas que, en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, posibilitaron para centenares de millones de personas en América del Norte, Europa occidental y Japón un grado de prosperidad que hubiera dejado boquiabiertos a sus antepasados. Y, por resultar tan exigente el intento tardío de recuperar el terreno así perdido, el gobierno de los Kirchner optó por reasumir la postura rebelde ya tradicional por entender que le aseguraría muchos beneficios políticos. Néstor y Cristina no se equivocaron: aquí abundan los que prefieren creerse campeones morales planetarios a tratar de producir algunas mejoras materiales permanentes. ¿Está por llegar a su fin la ya más de centenaria hegemonía de quienes se dicen convencidos de que el mundo es un lugar tan perverso que la única alternativa aceptable consistiría en repudiarlo? Han sido tantas las frustraciones sufridas por el país que no es fácil ser optimista, pero es concebible que la mayoría haya llegado a la conclusión de que es hueca la palabrería contestataria a la que la clase política y la intelectualidad politizada se han acostumbrado y que por lo tanto sería mejor prestar más atención a lo que el español José Ortega y Gasset llamaba “las cosas”. El favorito para ganar el balotaje, Mauricio Macri, es considerado un hacedor nato, casi un tecnócrata, que para indignación de los intelectuales de izquierda nunca se ha interesado en las lucubraciones de ideólogos marxistas o posmodernos, mientras que Daniel Scioli claramente comparte la aversión a las disquisiciones meramente teóricas de quien era su amigo personal. Que éste sea el caso es reconfortante. Desgraciadamente para muchísimos habitantes del país –por lo menos veinte millones–, la voluntad de los dirigentes más admirados y más votados de criticar, como pontífices laicos, las deficiencias éticas de quienes llevan la voz cantante en el mundo desarrollado sólo ha servido para depauperarlos. Al negarse a manejar la economía con un mínimo de racionalidad so pretexto de que les serían moralmente insoportables las medidas antipáticas que gobiernos en otras partes del mundo toman cuando se ven en apuros, lo único que han logrado es consolidar la miseria. No será una casualidad que la Argentina sea a un tiempo el país que ha protagonizado lo que para muchos ha sido el fracaso económico menos comprensible de la historia y aquel en que sea más fuerte la fobia a “los ajustes”. La palabra misma motiva tanto espanto entre las buenas almas que les cuesta pronunciarla en público sin manifestarse horrorizadas. Si la oyen, se sienten constreñidas a afirmar, como acaba de hacer la compañera de fórmula de Macri, Gabriela Michetti, que en su opinión “sería loco y tonto” ajustar porque supondría “hacer algo que ya fracasó”, aunque debería serle evidente que en un país que se ha quedado sin los recursos que necesitaría para mantener el gasto público a su nivel actual sería lógico pensar en cómo reducirlo, pero parecería que la candidata a vicepresidenta se siente tan intimidada por las tradiciones nacionales en la materia que no se anima a hablar con franqueza. Sea como fuere, habrá muchos “ajustes” en los meses próximos no porque Macri o Scioli sean sádicos desalmados sino porque el gobierno saliente se las ha arreglado para despilfarrar toda la plata. Ningún cambio social o económico puede ser indoloro. Aun cuando andando el tiempo virtualmente todos se vean beneficiados, como sucedió en Europa occidental a raíz de lo que sucedió en el transcurso de los “treinta años gloriosos” que llegaron a su fin a mediados de la década de los setenta, siempre habrá algunos que se sientan postergados y que, para justificar su actitud, hablarán como si su propia experiencia fuera la de los sectores más valiosos de la población o, cuando menos, de los más merecedores de solidaridad. En la Argentina, populistas ultraconservadores resueltos a devolver el país a los años setenta o cincuenta del siglo pasado convergieron con importadores de ideas de moda en Estados Unidos o Europa para formar el kirchnerismo, pero el “modelo” resultante, lo mismo que otros anteriores que por un rato disfrutaron de la aprobación del grueso de la clase política nacional, fracasó porque para funcionar necesitaría más recursos de lo que el país está en condiciones de conseguir. Parecería que en la actualidad la ciudadanía quisiera más realismo y menos retórica vacía. De haberse producido el cambio así supuesto en 2003, cuando los astros del firmamento internacional se alineaban a favor de la Argentina, el país pudiera haber aprovechado lo que tal vez sería una oportunidad única para recuperarse de los perjuicios que se infligió a sí mismo en casi un siglo de aislamiento altanero, pero, por desgracia, el fin del modelo de Cristina ha coincidido con el inicio de una etapa que, de resultar estar en lo cierto los agoreros, no le será del todo propicia.
James Neilson @rionegro.com.ar
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