Una “revolución ciudadana”
Aleardo F. Laría
El presidente Rafael Correa es el claro favorito para ganar las elecciones presidenciales que tendrán lugar el próximo 17 de febrero en Ecuador. Generalmente se caracteriza a Correa como populista por haber introducido a Ecuador en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (Alba), grupo que gira alrededor del liderazgo de Hugo Chávez. Y, en efecto, la “revolución ciudadana” que Correa ha prometido tiene indudable sabor “bolivariano”. Sin embargo, existen algunas notables diferencias que le dan a su gobierno un colorido especial. En primer lugar cabe señalar que, a diferencia del resto de presidentes bolivarianos, Correa es economista y tiene una sólida formación intelectual. También experiencia de gestión, al haberse desempeñado como director de Educación y luego ministro de Economía en anteriores gobiernos de su país. Es autor de varios ensayos sobre la problemática económica de América Latina, innumerables artículos académicos y, además de haber estudiado en la Universidad de Lovaina, Bélgica, es doctor en Economía por la Universidad de Illinois, en Estados Unidos. Por este motivo domina ampliamente el inglés y el francés. Correa ha encarado ambiciosos planes de modernización y transformación de Ecuador y ha prometido una “revolución ciudadana” dirigida a elevar la situación de los más pobres para lograr una mayor igualdad. Ha impulsado el gasto en infraestructura poniendo énfasis en el desarrollo energético y la construcción de diversas centrales hidroeléctricas. Si bien ha criticado las políticas neoliberales del expresidente Mahuad –que llevaron a la dolarización completa de la economía ecuatoriana–, ha reconocido que sería políticamente incorrecto abandonar el dólar, por lo que ha mantenido esa divisa como moneda nacional. La economía ecuatoriana ofrece unas cifras macroeconómicas bastante más aceptables que las de Argentina. Mantiene a raya la inflación, que gira alrededor del 4%, y a pesar de las fuertes inversiones en infraestructuras el déficit público no supera el 4% del PBI mientras que la tasa de desempleo no llega al 5%. No obstante, por las características de su gobierno, Ecuador no se ha ganado la confianza de los inversores internacionales y el riesgo país es todavía elevado, alrededor de los 900 puntos. Han sido diversos los planes dirigidos a aumentar el bienestar social de los sectores más desfavorecidos, lo que le ha permitido a Correa ganar popularidad en los barrios marginales y zonas rurales de Ecuador. Ha aumentado el gasto en salud pública, ha favorecido la reinstalación de los inmigrantes ofreciendo crédito hipotecario barato para la construcción de viviendas y ha hecho inversiones dirigidas a mejorar la situación carcelaria. Ha encarado con firmeza el grave problema de seguridad en Ecuador y ha equipado a la policía para reducir significativamente los elevados índices de criminalidad. Con una inversión de 300 millones de dólares ha dotado al sector judicial de nuevos edificios y sistemas informáticos. Donde ha puesto mayor énfasis ha sido en la mejora de las políticas educativas. Elevó el presupuesto educativo del 2,5% del PBI aproximándose al 6% en la actualidad. Ha impulsado programas de alfabetización y ha establecido servicios de atención médica y nutricional en todas las escuelas, proveyendo de uniformes y un almuerzo gratuito a todos los alumnos. En el ámbito de la educación básica ha establecido la obligación de que los maestros trabajen una jornada completa de ocho horas, y no cinco o seis horas como venían haciendo, y se ha establecido por ley la prohibición de los paros en el sector educativo para garantizar el derecho de los estudiantes a tener clases. Un ambicioso plan de mejora en la calidad de la educación ha tomado cuerpo con la creación de la Universidad Nacional de Educación y una red de institutos de formación docente vinculados con la nueva universidad. Existen planes para la evaluación y acreditación de la calidad educativa, al punto que 14 centros educativos que no cumplían con los estándares de calidad requeridos fueron cerrados. Donde el gobierno de Rafael Correa ha mostrado una mayor afinidad con el resto de gobiernos populistas de América Latina ha sido en su estilo autoritario y la extrema centralización personal del poder. Gustavo Larrea, quien fuera ministro de Seguridad de Correa e ideólogo y fundador de Alianza País, el partido de Correa, ha tomado distancias acusando al presidente de encabezar “un programa autoritario y de concentración de poder”. Para Larrea “existe una clara desviación populista que nos lleva de vuelta al pasado” y considera que estamos ante “un proyecto tecnocrático, neoconservador y caudillista que no construyó ciudadanía sino clientela”. Se han registrado varios escándalos de corrupción, como la firma de contratos públicos con empresas vinculadas al hermano del presidente Correa, que han desgastado la imagen presidencial. Otro caso ha sido el de los créditos otorgados por un banco incautado y administrado por el Estado a un empresario vinculado con Pedro Delgado, primo de Rafael Correa, quien debió salir del gobierno luego de revelar que falsificó su título universitario. La batalla legal emprendida contra “El Universo”, el diario más grande de Ecuador, ha dejado en claro que el presidente Correa no tolera el disenso ni respeta la libertad de prensa. La Corte Nacional de Justicia, cooptada por el poder, decidió confirmar la sentencia de un juez que había condenado a tres años de cárcel y a pagar 40 millones de dólares a los directivos de la empresa, simplemente por publicar una nota de opinión del columnista Ernesto Palacio que criticaba las acciones del mandatario durante la revuelta policial del 30 de septiembre de 2010. Tan escandalosa era la condena que luego Correa debió indultar a los condenados. No obstante, los funcionarios del gobierno ecuatoriano tienen prohibido conceder entrevistas a los medios de comunicación privados. Dicen que Rafael Correa tiene dos personalidades. Cuando está tranquilo, el presidente ecuatoriano es un hombre amable y cordial, pero cuando algo le molesta, saca a relucir una personalidad irascible y autoritaria. Al igual que esa personalidad bipolar, su gobierno ofrece dos caras opuestas: una lo instala en la modernidad, la otra lo vincula con el populismo anacrónico y gastado, donde el mesianismo lleva a rechazar las reglas del juego democrático. Sin embargo, pese a esas servidumbres, se debe reconocer que a diferencia de otros gobiernos populistas de la región, tan afectos a la retórica, las políticas de modernización ocupan un lugar relevante en la agenda del presidente Correa.