Una sobredosis de política

Redacción

Por Redacción

Por motivos profesionales, en todas partes los políticos suelen estar más interesados en sacar provecho de los problemas que surgen que en procurar solucionarlos. En países con instituciones públicas eficaces, la propensión de los oficialistas y opositores de turno a concentrarse en el eventual impacto de su forma de reaccionar frente a los acontecimientos en su propio índice de popularidad no tendría demasiada importancia pero, por desgracia, en la Argentina preocuparse por las deficiencias del conjunto de organismos que conforman el Estado es considerado derechista, con el resultado de que virtualmente ninguno funciona como debería. Por lo tanto, el gobierno deja que los problemas sigan agravándose sin hacer nada más que intentar imputarlos a la impericia o la malevolencia de sus adversarios actuales o pasados. A esta altura, la mera idea de que le convendría formar equipos de especialistas capaces de aportar soluciones concretas le parecería absurda. No quiere fortalecer las reparticiones clave de la administración pública reclutando a personas calificadas. Antes bien, está resuelto a llenarlas de “cuadros” políticos procedentes de agrupaciones como La Cámpora que se caracterizan por su lealtad hacia la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Así, pues, frente a los brotes imprevistos de violencia destructiva que se produjeron luego del final de la Copa del Mundo en la Capital Federal y otras ciudades, la primera reacción de miembros del gobierno nacional, encabezados por el secretario de Seguridad, Sergio Berni, consistió en atribuirlos a la pasividad de la Policía Metropolitana, o sea, al gobierno porteño de Mauricio Macri, mientras que los acusados de negligencia guardaron silencio, es de suponer con la esperanza de que la mayoría entendería que mantener el orden en las zonas afectadas le correspondía a la Policía Federal, la que, tomada por sorpresa, se vio desbordada. Por lo demás, Berni minimizó lo que sucedió al hablar de “un par de vidrios rotos”, como si hubiera sido cuestión de un incidente menor protagonizado por dos o tres borrachos cuando, como todos saben, los vándalos se contaban por centenares y dejaron en ruinas docenas de negocios. Desde el inicio de la larga gestión kirchnerista el gobierno nacional ha brindado la impresión de querer congraciarse con los violentos, aun cuando sean delincuentes comunes, tratándolos como víctimas de una sociedad terriblemente injusta creada por los militares, radicales y menemistas, de ahí su negativa a permitir que la policía reprima a los revoltosos como haría en todos los demás países del mundo. Frente a otros problemas, sobre todo los económicos, suele adoptar una actitud similar. Parecería que, desde su punto de vista, es mejor intentar hacer pensar que todo lo malo se debe a errores perpetrados por gobiernos anteriores de lo que sería hacer un esfuerzo auténtico por resolverlos. Aunque los kirchneristas no son los únicos que han logrado convencerse de que hasta los desastres más penosos pueden resultarles útiles con tal que los politicen, incorporándolos a su “relato” particular en que un puñado de héroes patrióticos y solidarios liderados por Cristina lucha con valentía contra las fuerzas del mal, ningún otro grupo gobernante ha ido tan lejos en tal sentido. Las consecuencias de la voluntad de la presidenta y sus “soldados” de politizar absolutamente todo han sido nefastas. Han abandonado a su suerte al “país real” mientras se ocupan de uno cada vez más ficticio. Su fe exagerada en el poder de la palabra, o sea, de la propaganda, ha contribuido enormemente a la debacle económica que está viviendo la sociedad y que parece destinada a marginar a millones de los que a duras penas han conseguido sobrevivir a una serie prolongada de fracasos parecidos. Al llegar a la conclusión de que incluso un nuevo default podría resultarle provechoso si la ciudadanía lo tomara por un episodio más de una epopeya acaso quijotesca pero así y todo honorable, ha privilegiado la retórica por encima de los intereses nacionales concretos. Puede que haya optado por formular declaraciones desafiantes con el propósito de desviar la atención de la ciudadanía de un eventual acuerdo destinado a apaciguar a los holdouts, pero de ser así está corriendo, una vez más, riesgos innecesarios por razones exclusivamente propagandísticas.


Por motivos profesionales, en todas partes los políticos suelen estar más interesados en sacar provecho de los problemas que surgen que en procurar solucionarlos. En países con instituciones públicas eficaces, la propensión de los oficialistas y opositores de turno a concentrarse en el eventual impacto de su forma de reaccionar frente a los acontecimientos en su propio índice de popularidad no tendría demasiada importancia pero, por desgracia, en la Argentina preocuparse por las deficiencias del conjunto de organismos que conforman el Estado es considerado derechista, con el resultado de que virtualmente ninguno funciona como debería. Por lo tanto, el gobierno deja que los problemas sigan agravándose sin hacer nada más que intentar imputarlos a la impericia o la malevolencia de sus adversarios actuales o pasados. A esta altura, la mera idea de que le convendría formar equipos de especialistas capaces de aportar soluciones concretas le parecería absurda. No quiere fortalecer las reparticiones clave de la administración pública reclutando a personas calificadas. Antes bien, está resuelto a llenarlas de “cuadros” políticos procedentes de agrupaciones como La Cámpora que se caracterizan por su lealtad hacia la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Así, pues, frente a los brotes imprevistos de violencia destructiva que se produjeron luego del final de la Copa del Mundo en la Capital Federal y otras ciudades, la primera reacción de miembros del gobierno nacional, encabezados por el secretario de Seguridad, Sergio Berni, consistió en atribuirlos a la pasividad de la Policía Metropolitana, o sea, al gobierno porteño de Mauricio Macri, mientras que los acusados de negligencia guardaron silencio, es de suponer con la esperanza de que la mayoría entendería que mantener el orden en las zonas afectadas le correspondía a la Policía Federal, la que, tomada por sorpresa, se vio desbordada. Por lo demás, Berni minimizó lo que sucedió al hablar de “un par de vidrios rotos”, como si hubiera sido cuestión de un incidente menor protagonizado por dos o tres borrachos cuando, como todos saben, los vándalos se contaban por centenares y dejaron en ruinas docenas de negocios. Desde el inicio de la larga gestión kirchnerista el gobierno nacional ha brindado la impresión de querer congraciarse con los violentos, aun cuando sean delincuentes comunes, tratándolos como víctimas de una sociedad terriblemente injusta creada por los militares, radicales y menemistas, de ahí su negativa a permitir que la policía reprima a los revoltosos como haría en todos los demás países del mundo. Frente a otros problemas, sobre todo los económicos, suele adoptar una actitud similar. Parecería que, desde su punto de vista, es mejor intentar hacer pensar que todo lo malo se debe a errores perpetrados por gobiernos anteriores de lo que sería hacer un esfuerzo auténtico por resolverlos. Aunque los kirchneristas no son los únicos que han logrado convencerse de que hasta los desastres más penosos pueden resultarles útiles con tal que los politicen, incorporándolos a su “relato” particular en que un puñado de héroes patrióticos y solidarios liderados por Cristina lucha con valentía contra las fuerzas del mal, ningún otro grupo gobernante ha ido tan lejos en tal sentido. Las consecuencias de la voluntad de la presidenta y sus “soldados” de politizar absolutamente todo han sido nefastas. Han abandonado a su suerte al “país real” mientras se ocupan de uno cada vez más ficticio. Su fe exagerada en el poder de la palabra, o sea, de la propaganda, ha contribuido enormemente a la debacle económica que está viviendo la sociedad y que parece destinada a marginar a millones de los que a duras penas han conseguido sobrevivir a una serie prolongada de fracasos parecidos. Al llegar a la conclusión de que incluso un nuevo default podría resultarle provechoso si la ciudadanía lo tomara por un episodio más de una epopeya acaso quijotesca pero así y todo honorable, ha privilegiado la retórica por encima de los intereses nacionales concretos. Puede que haya optado por formular declaraciones desafiantes con el propósito de desviar la atención de la ciudadanía de un eventual acuerdo destinado a apaciguar a los holdouts, pero de ser así está corriendo, una vez más, riesgos innecesarios por razones exclusivamente propagandísticas.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora