Una tregua precaria

Por Redacción

Como corresponde en una democracia pluralista, los líderes opositores manifestaron formalmente su pesar por la muerte del ex presidente Néstor Kirchner o, en el caso de algunos, entre ellos Elisa Carrió, guardaron un silencio respetuoso. Fue su manera de recordarnos que, por apasionados que sean los conflictos políticos, el sistema democrático se basa en el presupuesto de que en el fondo todos, tanto los oficialistas como quienes militan en las agrupaciones que conforman la oposición, participan de una empresa común y que, si bien los papeles que desempeñan y desde luego las ideas que representan pueden ser radicalmente distintos, en última instancia todos están comprometidos con la misma causa que es el bienestar del conjunto. Puede que sea cuestión de un ideal que es inalcanzable en el mundo real, pero en las democracias maduras los dirigentes procuran actuar así por entender que, en vista de las alternativas, se trata de una ficción necesaria. Fue por lo tanto preocupante que el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, se haya sentido obligado a informarles al ex presidente provisional Eduardo Duhalde y al vicepresidente Julio Cobos que sería mejor que se mantuvieran alejados de la capilla ardiente en la Casa Rosada donde estaban los restos de Néstor Kirchner. Temían que su eventual presencia diera lugar a incidentes violentos. También lo fue que simpatizantes del gobierno hayan aprovechado la oportunidad para hostigar a aquellos dirigentes radicales, peronistas federales, macristas y de la Coalición Cívica que se acercaban a la Casa Rosada para expresar sus condolencias a la presidenta enviudada, con algunos llegando al extremo de acusarlos de “matar a Néstor”, como si en la Argentina oponérsele al hombre fuerte del gobierno fuera un crimen. Aunque tanta intolerancia podría atribuirse al estado emocional de los kirchneristas más fervorosos, a menos que cambien de actitud muy pronto el rencor que refleja incidirá en forma muy negativa en el clima político de una sociedad que ya se ha acostumbrado a un grado malsano de crispación. Nadie ignora que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se encuentra en una situación muy difícil no sólo por haber perdido a su marido sino también porque tanto depende de cómo reaccione en las semanas próximas. Si opta por rodearse de los militantes más fogosos que están esforzándose por impresionarla con su lealtad, durará poco la tregua informal que, de acuerdo común, se declaró el miércoles pasado. En cambio, si la presidenta asume una postura conciliadora, podría prolongarla por muchos meses más, lo que con toda seguridad sería beneficioso no sólo para un país harto de conflictos estériles sino también para ella misma, ya que sin su siempre combativo marido a su lado no le convendría en absoluto perder el tiempo peleando con una serie cada vez más larga de “enemigos”, descuidando así las labores propias de la presidenta de la República. A pesar de la vocación estatista del gobierno que encabeza Cristina, desde hace mucho los funcionarios más importantes se han mantenido tan ocupados con asuntos que podrían calificarse de políticos que en muchas partes del país se ha hecho sentir la virtual ausencia del Estado, de ahí la sensación muy difundida de que al Poder Ejecutivo nacional no le importan los temas relacionados con la seguridad ciudadana, la salud y el funcionamiento de los servicios públicos. Por lo demás, si bien el estilo netamente personalista del ex presidente fallecido puede haber servido para permitirle conservar una cuota nada desdeñable de poder, no contribuyó en absoluto a fortalecer las instituciones nacionales. Sucede que “la gobernabilidad”, el presunto objetivo del accionar político, no se agota en la necesidad de impedir que los enfrentamientos políticos terminen provocando una conflagración generalizada. También debería tener que ver con la eficiencia administrativa y la toma de medidas prácticas necesarias para que se mejore la calidad de vida de los habitantes del país. Se trata de detalles que suelen pasar por alto quienes están tan obsesionados por esquemas ideológicos, por un lado, y por luchas partidarias internas, por otro, que no les queda tiempo para prestar la atención debida a temas supuestamente más humildes que inciden directamente en la vida de la gente.


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