Verdades que duelen
Casi todos los comentaristas norteamericanos, incluyendo a algunos que se afirman conservadores, coinciden en que el candidato presidencial republicano Mitt Romney cometió un error tremendo cuando dijo que el 47% de la población de su país no paga impuestos a los ingresos y que, por depender del Estado, propenderá a apoyar a Barack Obama. Según ellos, sus palabras en tal sentido fueron tan insultantes, tan típicas de un hombre muy rico que es congénitamente incapaz de entender los sentimientos de sus compatriotas, que sencillamente no merece triunfar en noviembre. También les pareció imperdonable que el multimillonario mormón haya señalado que a los palestinos no les interesa la paz porque lo que quieren es “la destrucción y eliminación de Israel”, o que haya criticado a voceros del gobierno de su propio país por haber dado a entender, antes de asumir una postura un tanto menos sumisa, que a su juicio es peor mofarse del profeta Mahoma de lo que es permitir que una turba de exaltados sanguinarios asesine a un embajador. Pues bien, todo vale en la guerra, el amor y las campañas electorales, pero la reacción abrumadoramente mayoritaria frente a los “traspiés” de Romney nos dice mucho sobre el clima de opinión imperante no sólo en los sectores de elite de Estados Unidos sino también en aquellos de los demás países occidentales. Es escapista. Los comprometidos con el statu quo se aferran al optimismo y por lo tanto repudian el mensaje pesimista del republicano a pesar de que, como saben, tiene razón en cuanto al porcentaje de norteamericanos que no pagan impuestos a los ingresos y que, de un modo u otro, dependen del gobierno, detalle que, claro está, incide en sus preferencias políticas, ya que el temor a perder un presunto derecho adquirido suele importar más que el eventual compromiso con un esquema ideológico determinado. Asimismo, aunque es de suponer que entre los palestinos hay muchos que sí estarían dispuestos a tolerar la presencia en el Oriente Medio de Israel, tanto los islamistas de Hamas que dominan Gaza como los “moderados” de la Ribera Occidental, además de vaya a saber cuántos centenares de millones de musulmanes que viven lejos del territorio disputado, no ocultan su deseo de ver aniquilado el Estado Judío. Pero, como Romney acaba de aprender, se trata de verdades inconvenientes. Si bien la expansión irrefrenable de la cultura de dependencia está en la raíz de la crisis angustiante que afecta a todos los países desarrollados, muy pocos políticos se animan a decirlo por miedo a verse calificados de extremistas desalmados. En Europa, hasta un “neoliberal” tan duro como el español Mariano Rajoy se siente obligado a posponer los cortes que según parece serán necesarios para que resulte viable la economía de su país, dejando la tarea de reivindicarlos a personas como la canciller alemana Angela Merkel. Si no fuera por la existencia de límites concretos, el Estado benefactor nunca dejaría de crecer, repartiendo subsidios y derechos irrevocables a grupos cada vez mayores pero, por desgracia, no es posible desafiar por mucho tiempo las brutales leyes matemáticas. Los indignados por las palabras de Romney le han contestado redactando listas de personas que en su opinión siempre merecerán la ayuda estatal: ancianos enfermos, veteranos de diversas guerras, docentes, policías, bomberos y otros que trabajaron bien durante décadas. Pero, como decían los norteamericanos de antes, no hay tal cosa como un almuerzo gratis. Al agotarse los recursos financieros, los gobiernos no tienen más opción que la de reducir beneficios de la forma más equitativa, o políticamente menos costosa, posible. Países como Grecia, España y Portugal, además de la Argentina, están llenos de jubilados que tienen motivos de sobra para creerse víctimas de una estafa cruel. En partes de Estados Unidos, decenas de miles de empleados municipales se sienten igualmente defraudados. La situación en que se encuentran sería distinta si, diez o veinte años atrás, los políticos locales hubieran actuado con más prudencia, pero los pocos que procuraron advertirles de que el sistema previsional resultaría insostenible y que por lo tanto sería preciso reformarlo cuanto antes tuvieron que cambiar de oficio. Romney es claramente un político del montón, pero por lo menos está esforzándose por ser realista, lo que en vista de los riesgos que enfrenta la atribulada superpotencia dista de ser tan insensato como quisieran hacer pensar sus adversarios. No sólo es cuestión de las deficiencias patentes de una economía ya tan endeudada, y tan letárgica, que no está en condiciones de satisfacer las expectativas de buena parte de la población, sino también de las amenazas planteadas por lo que está sucediendo en el resto del mundo. Al batirse en retirada las legiones del informal imperio norteamericano, otras fuerzas están avanzando con el propósito ya de aprovechar la decisión, es de suponer definitiva, de jubilarse del “gendarme internacional”, ya de prepararse para defenderse en un mundo que se ha hecho más peligroso. Si bien ha aumentado últimamente la tensión entre China y vecinos como el Japón, Vietnam y Filipinas debido a la voluntad de los nacionalistas de Pekín de asegurar su hegemonía marítima en lo que toman por su esfera de influencia, los desafíos que más preocupan a los norteamericanos interesados en tales temas siguen siendo los planteados por el islamismo militante. Mientras que Obama y muchos otros quieren minimizarlos, como si la hostilidad de tantos musulmanes hacia el Occidente se debiera a nada más que ciertos malentendidos menores, de suerte que sería posible solucionar los problemas a través de negociaciones amistosas, Romney ha adoptado una actitud que en otras circunstancias podría calificarse de alarmista al hablar de la necesidad de impedir por cualquier medio que los teócratas iraníes –dice que son “lunáticos capaces de todo”– consigan pertrecharse de bombas nucleares, puesto que según él la alternativa sería todavía peor. ¿Es más realista la postura tranquilizadora de Obama frente a Irán, al conflicto entre Israel y sus vecinos y los ataques contra las embajadas, consulados y empresas norteamericanos en docenas de países islámicos o la asumida por Romney al exigirle actuar con más firmeza? Si el escenario internacional se asemejara al propuesto por Obama y sus colaboradores, no tendríamos demasiados motivos para preocuparnos, pero, por desgracia, parecería que en este ámbito como en otros el optimismo del demócrata no se justifica.
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO