Vida de prófugos: cómo se esconden y por qué caen
Escapar de la Justicia no es tarea tan sencilla. Algunos, con suerte, logran hacer una vida “normal”, pero la mayoría arriesga todo a diario. Cómo los buscan, cómo los atrapan.
Vivir, morir o caer
Los que “pierden” lo hacen por variados motivos: por dinero, por amor, pero sobre todo por descuido y por cansancio. Al menos eso le pasa a la mayoría de los prófugos de la Justicia que caen en manos policiales después de estar en la clandestinidad. Algunos llegan a burlar las persecuciones durante diez, doce años. Esos, los más precavidos, los que hacen incluso “contrainteligencia”, salen de noche y falsean su identidad. En general son apresados porque se quedan sin dinero para pagar el “aguante” en casa ajena, porque los atrapan en otro delito, porque los delatan o porque deciden visitar a un ser querido.
El fenómeno es una preocupación constante para las autoridades y los pedidos de captura se multiplican. Es dinámica la problemática. Tanto que es imposible tener un número cierto sobre cuantos prófugos andan por las calles en Neuquén y Río Negro. Eso sí, se puede decir que en 2013 fueron recapturados 56 delincuentes en Neuquén y que ese número ascendió a 71 en 2014, según las cifra que aportó una alta fuente policial.
Hay delincuentes que logran ocultarse lo suficiente como para que la prescripción de su causa les garantice poder salir enseguida si resultan atrapados. Viven con identidades cambiadas -a veces con documentos falsos o haciéndose pasar por algún hermano parecido- y se aprovechan de que no existen bases de datos genéricos.
Algunos, en provincias remotas o no tanto, hasta logran ejercer su profesión sin levantar sospechas, como hizo un médico roquense que burló durante casi siete años a la Justicia. “Es increíble que eso suceda en esta época de las comunicaciones”, reconoce un investigador rionegrino.
Pero hay otros, como en el caso de Eduardo Aqueveque, que consiguen mimetizarse en un nuevo pueblo, reinician la rutina como un vecino común y pasan inadvertidos durante años, trabajando, criando a sus hijos y haciendo vida normal.
La mayoría de los prófugos (obviamente delincuentes comunes, no de “guante blanco”) vive hacinada, busca inquilinatos, conventillos y alquileres baratos. Los que no consiguen o no quieren un trabajo permanecen ocultos durante el día, encerrados, durmiendo. Y en la noche salen a delinquir para poder pagar a quien los “aguanta” y mantenerse.
Lo cuenta uno de los integrantes de las Brigadas de Investigación que siguen las huellas de los prófugos rionegrinos. No tiene el cálculo, pero dice que en la región hay “cientos” de prófugos.
Muchos otros prefieren las provincias del centro y del norte del país para esconderse, pues el costo de vida es menor y el contexto les permite pasar inadvertidos o “transar” con la policía para conseguir tranquilidad. “Las brigadas sureñas son difícil de coimear”, se elogia a él y a sus colegas.
“En el Norte un suboficial gana poco, vive mal y se conforma con 5.000 pesos de coima”, reveló una fuente judicial valletana. Muchos otros asumen el alto riesgo de cruzar la cordillera hacia Chile. (Ver aparte)
Pero los prófugos de la zona “siempre vuelven”. Trabajan una temporada en el norte o se pierden en los pliegues de urbes más grandes, como Buenos Aires y Rosario, y al final regresan. “Se hacen unos pesos, cambian su fisonomía y vuelven por sus vínculos afectivos”, dice el investigador.
“Los más vivos, los que verdaderamente quieren que no los agarren, se van a ciudades de más de 200.000 habitantes. Ahí se pierden entre la multitud. Cambian el nombre, logran hacer algún nexo con el hampa de ese lugar, se transforman en mano de obra de alguna banda. Están un tiempo, pero siempre vuelven. Extrañan su lugar, a su mujer, a su familia o su barrio. Ahí, con tiempo, los agarramos”, se entusiasma un pesquisa de la brigada neuquina.
Paciencia y obsesión
A falta de tecnología, el tiempo y la perseverancia son las claves para una captura. “Todo dato sirve. Se llega a seguir un tipo por meses y capaz que lo perdés, pero con el tiempo se descuida, y si tenés paciencia, lo agarrás”, dice. Cuando usa este último verbo, al efectivo neuquino se le activa un recuerdo. Dice que se vuelven “obsesivos” en el seguimiento, tanto que a un prófugo lo rastreó por varios años con las comunicaciones, atrás de casi 300 contactos que tenía en su teléfono celular. Y finalmente cayó porque hizo una llamada desde la provincia de Buenos Aires.
Sebastián busader
Juan cruz garcía
Marcela Marín
Vivir, morir o caer
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora