El castillo de la Patagonia en medio del paraíso que guarda los secretos del poder
En Villa La Angostura, rodeado de bosques y con vista al lago Nahuel Huapi, se esconde una residencia oficial con jardines franceses, visitas presidenciales y un pasado poco conocido. Puede recorrerse por invitación.

En medio de los bosques andino-patagónicos, donde el verde se vuelve espeso y el silencio parece parte del paisaje, hay un edificio que no aparece en los circuitos turísticos ni en las postales más repetidas. Sin embargo, está ahí desde hace décadas. Se llama El Messidor y, aunque muchos pasan cerca sin saberlo, guarda una historia atravesada por el poder, la política y cierta idea de exclusividad que todavía lo rodea.
Ubicado en Villa La Angostura, dentro de la provincia de Neuquén, este castillo fue proyectado en 1942 por Alejandro Bustillo, uno de los nombres clave en la arquitectura del sur argentino. Su diseño toma referencias de los castillos franceses de montaña, pero se adapta al entorno: piedra a la vista, techos inclinados y una integración natural con el paisaje que lo rodea.
En la década del 40, Neuquén atravesaba un proceso de transformación marcado por una mirada estatal que buscaba redefinir el territorio. La creación de Parques Nacionales, bajo la conducción de Exequiel Bustillo, impulsó la idea de poblar la ribera del lago con villas que combinaran naturaleza y sofisticación. La Patagonia empezaba a dejar de ser un espacio remoto para convertirse en escenario de proyectos que apuntaban a atraer turismo, inversión y prestigio. En ese contexto, El Messidor surgió como un símbolo de época: una construcción pensada para domesticar el paisaje y sumarlo a una narrativa nacional en expansión.

El lugar elegido no fue casual. Frente a la península de Quetrihué y con la Estancia Huemul como telón de fondo, Alejandro Bustillo encontró un punto que reunía estabilidad y belleza. La piedra, material central de la obra, respondía a una preocupación concreta, el temor a los incendios, pero también aportaba una idea de permanencia. La residencia se pensó desde el inicio como algo más que una casa: su diseño evocaba la solidez de un castillo europeo trasladado a la cordillera, en diálogo directo con el entorno natural.
El nombre, El Messidor, completa ese sentido. Tomado del calendario revolucionario francés, remite al “mes de oro”, asociado a la cosecha y la abundancia. La familia ya lo había utilizado antes, pero en la Patagonia adquirió otra dimensión: la de un refugio pleno en medio de un territorio inmenso. Así, la residencia se consolidó como un manifiesto arquitectónico y político, donde confluyen tradición europea, historia familiar y un proyecto más amplio que buscaba integrar a la Patagonia en la identidad cultural argentina.
Desde 1964 funciona como residencia oficial del Gobierno de Neuquén. A lo largo del tiempo, el castillo recibió a figuras políticas de peso. Uno de los primeros en utilizarlo fue Juan Carlos Onganía, quien incluso ordenó mejorar el camino entre Bariloche y Villa La Angostura para facilitar su acceso. También pasaron por sus salones Raúl Alfonsín y Carlos Saúl Menem durante sus respectivas gestiones.
La lista de visitas no se limita al ámbito nacional. Por allí también estuvieron el dictador paraguayo Alfredo Stroessner, el rey Juan Carlos I y el emperador japonés Hirohito. Incluso Bill Clinton evaluó alojarse en El Messidor durante su visita a la región, aunque finalmente eligió el Hotel Llao Llao.
El Messidor funcionó como un “presidio de lujo”
Pero no toda su historia está ligada al descanso o a las visitas protocolares. Hubo un momento en que el castillo funcionó de otra manera. Durante la última dictadura militar, Isabel Perón permaneció detenida allí durante siete meses. No era una cárcel convencional, pero tampoco un refugio: fue un encierro en condiciones distintas, acompañada únicamente por su mucama. Ese episodio marcó un capítulo singular y menos difundido en la historia del lugar.

Hoy, El Messidor sigue siendo propiedad del Estado provincial y mantiene su carácter de residencia oficial. No es museo ni casa abierta al turismo: funciona como residencia de protocolo, activada en ocasiones. Y en fechas puntuales, la residencia abre su perfil más social y se convierte en escenario de encuentros comunitarios.
Durante Semana Santa, por ejemplo, celebró las Pascuas Mágicas en el predio, una propuesta que combinó entretenimiento, integración y un marcado espíritu solidario. La jornada reunió a familias, vecinos y visitantes en torno a una programación pensada para compartir: comenzó con un show de Entretenedores Teatro y continuó con juegos grupales y dinámicas recreativas que invitaron a participar a grandes y chicos.
También en verano, los jardines del Messidor cambian de ritmo. Con una puesta en escena que convocó a más de mil personas, el predio fue sede de un concierto gratuito y abierto a todo público, organizado por el Ministerio de Turismo de Neuquén a través de NeuquenTur. La propuesta invitó a disfrutar de la música en un entorno natural privilegiado.
En una Patagonia que cada año suma destinos, rutas y propuestas, El Messidor sigue siendo otra cosa. Un castillo que no se muestra del todo, donde la historia, el poder y el paisaje conviven.

En medio de los bosques andino-patagónicos, donde el verde se vuelve espeso y el silencio parece parte del paisaje, hay un edificio que no aparece en los circuitos turísticos ni en las postales más repetidas. Sin embargo, está ahí desde hace décadas. Se llama El Messidor y, aunque muchos pasan cerca sin saberlo, guarda una historia atravesada por el poder, la política y cierta idea de exclusividad que todavía lo rodea.
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