La tres playas de la Patagonia con el mar turquesa, que no tienen nada que envidiarle al Caribe

Más allá de las playas céntricas y familiares, la costa que rodea a Las Grutas y San Antonio Este guarda escenarios únicos: arenas cubiertas de conchillas, aguas que mutan con la marea y una calma patagónica difícil de igualar. Un recorrido por tres joyas que revelan otra forma de vivir el mar.

Por Redacción

Punta Perdices. El agua se vuelve turquesa y la costa se cubre de conchillas blancas.

Las playas de Las Grutas son, desde siempre, una tentación. El mar cálido para los estándares patagónicos, los acantilados que regalan reparo del viento y esa sensación de verano largo que invita a quedarse un día más. Pero la experiencia no se agota en el casco urbano. A pocos kilómetros, la costa se abre en abanico y esconde rincones donde el paisaje sorprende y el tiempo parece desacelerar.

Desde la villa portuaria de San Antonio Este, a sólo 65 kilómetros por la Ruta Nacional 3, se accede a algunas de las playas más singulares del litoral rionegrino. Escenarios que combinan naturaleza en estado puro, silencio y una belleza que no necesita artificios.


La Conchilla, un manto que cruje bajo los pies


La arena dorada desaparece bajo miles de caracoles blanqueados por el sol. Antes de llegar a la aldea pesquera aparece La Conchilla, una playa que impacta desde lejos por su color. No es arena lo que domina el paisaje, sino un manto espeso de valvas de moluscos, erosionadas por el viento y el sol hasta adquirir un tono blanco lechoso que encandila.

La Conchilla. Miles de valvas blanqueadas por el sol forman una alfombra crujiente que sorprende a cada paso.

En realidad, se trata en gran parte de caparazones de almejas púrpuras, amiantis purpurata, una especie típica de la zona que nace violeta intenso y, con el paso del tiempo, muta hacia rosados suaves y blancos. Al caminar, las conchillas menos erosionadas delatan su historia cromática y suman un estímulo visual constante.

El oído también entra en juego: cada paso provoca un crujido delicado, como de cristales finos rompiéndose, que se transforma en una melodía particular cerca del agua. El ambiente es familiar y tranquilo, ideal para pasar el día sin sobresaltos. Su enorme extensión asegura siempre espacio disponible, incluso en pleamar.

La consigna acá es clara: disfrutar sin alterar. Para preservar este manto único, no se permite circular con vehículos sobre la costa.


Punta Perdices, el Caribe Patagónico


El azul intenso del mar contrasta con una costa blanca que parece salida de una postal tropical. Desde el Mirador Norte de la aldea pesquera, el camino conduce a Punta Perdices, una de las playas más fotografiadas de la región. El apodo de “Caribe Patagónico” no es exagerado: el mar adopta tonos turquesa profundos y la costa, tapizada de conchillas blanqueadas, multiplica los contrastes.

La marea transforma el paisaje dos veces al día y regala dos playas distintas en un mismo lugar. La magia está en quedarse a mirar.

Acá el paisaje cambia dos veces por día. Con la marea alta, el mar lo cubre casi todo; cuando se retira, deja al descubierto una playa infinita que invita a caminar sin rumbo fijo. La brisa corre libre, llevando perfumes de arena caliente, vegetación baja y salitre. Todo es amplitud, silencio y textura.

Es Patagonia, no Caribe, aunque de lejos lo parezca. Y esa mezcla, el color inesperado y la identidad sureña, es lo que vuelve a Punta Perdices inolvidable. Como en toda la zona, el cuidado del entorno es fundamental: no se permite transitar con vehículos sobre las conchillas y cada visitante debe llevarse sus residuos.


Punta Villarino, entre lobos marinos y barcos gigantes


Arena dorada, silencio y un mar que acompaña sin imponerse. Ideal para pasar el día lejos del ruido y cerca de lo esencial.

La costa se curva y, de pronto, aparecen ellos: los lobos marinos, dueños del lugar. En las playas del muelle, allí donde la costa dibuja una curva amplia y la vista se pierde, emerge Punta Villarino. El atractivo principal no está sólo en el paisaje, sino en la vida que lo habita: una numerosa colonia de lobos marinos descansa sobre la arena y se convierte en un espectáculo permanente. Guardas ambientales cuidan que no se perturbe su tranquilidad.

Para llegar hay que atravesar la extensa franja costera del mirador sur del muelle. Como en otros puntos de la zona, la arena está cubierta de conchillas que forman pequeños médanos crujientes, delicados como porcelana.

Punta Villarino. Lobos marinos, barcos mercantes y una costa infinita: la postal combina naturaleza salvaje y actividad portuaria en un equilibrio único del sur.

Durante el verano, el contraste se vuelve aún más potente: enormes buques mercantes de bandera internacional amarran en la terminal marítima concesionada por Patagonia Norte para cargar peras y manzanas del Alto Valle, destinadas al mundo. Naturaleza y actividad portuaria conviven en una postal poco habitual.


Lo que podés encontrar en estas playas


  • Playas que parecen de otro mapa
    La costa sorprende desde el primer vistazo. Playas cubiertas de caracoles blancos, aguas transparentes y tonos turquesa que, a contraluz, remiten más al Caribe que a la Patagonia. El paisaje engaña: el viento, la amplitud y la luz recuerdan dónde estamos, pero la postal queda grabada.
  • El valor del silencio
    Lejos de los grandes centros turísticos, acá el tiempo se mueve distinto. No hay bocinas ni multitudes. El sonido dominante es el del mar y el crujir de las conchillas bajo los pies. Es un destino ideal para bajar un cambio, leer sin apuro, caminar sin rumbo y dejar que el día avance solo.
  • Sabores que llegan directo del mar
    La identidad portuaria se vive también en la mesa. Vieiras, ostras, mariscos frescos y pesca del día forman parte de una gastronomía sencilla, honesta y profundamente ligada al entorno. Comer en San Antonio Este es, también, una forma de entender el lugar.
  • Naturaleza en primer plano
    El contacto con la fauna es cotidiano y natural. Lobos marinos descansando en la costa, aves playeras que dibujan coreografías sobre la arena, pingüinos que aparecen sin aviso. No hay que buscar demasiado: la naturaleza se muestra sola, sin estridencias.
  • Pesca con espíritu patagónico
    Para quienes practican la pesca deportiva, el puerto ofrece escenarios privilegiados. Más que una actividad, es una experiencia que combina paciencia, paisaje y conexión con el entorno. Acá, la aventura no se mide en capturas, sino en momentos.

Cómo llegar a San Antonio Este


El punto de partida más común es la ciudad de Las Grutas. Desde allí, debes tomar la Ruta Nacional 3 hacia el sur, en dirección a San Antonio Oeste. El recorrido por la Ruta 3 es de aproximadamente 65 km, un tramo que puede tomar alrededor de una hora dependiendo de las condiciones del tráfico.

Entre conchillas, médanos suaves y la presencia constante de los lobos marinos, la Patagonia muestra su versión más pura.

A medida que avanzas por la Ruta 3, te adentrarás en una zona de vegetación escasa y paisajes áridos, típicos de la región patagónica. Recorriendo un poco más, la costa nos encandilará con su blanco imposible, que se repetirá luego, en Perdices. Porque falta para el destino finalHasta ahora lo que se vio fue «La Conchilla», un balneario para agendar y visitar con tiempo.

La ruta seguirá e ingresará en la pequeña aldea. El camino que conduce a nuestra playa es el que lleva al Mirador Norte. Se atravesará el parador Serena y, tras otro tramo, se podrá ver el ingreso al lugar.

El camino hacia la playa incluye un trayecto que debe realizarse con precaución. No se permite el acceso de vehículos a la zona de conchillas y es importante que los turistas respeten las normas de conservación ambiental.


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