Ya empezó el segundo tiempo
Terminadas las “primarias”, ha comenzado la campaña auténtica de cara a las elecciones legislativas del 27 de octubre. Como dijo hace poco el gobernador cordobés José Manuel de la Sota, “falta jugar el segundo tiempo del partido”. Aunque se prevé que al Frente para la Victoria oficialista le aguarda una nueva derrota, los dirigentes opositores saben que no les convendría en absoluto subestimar la capacidad de reacción de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus militantes ya que, como nos han recordado una y otra vez, no se sienten cohibidos por las reglas propias de la democracia “burguesa”. Los preocupados por lo que podría llegar a hacer un gobierno que nunca ha vacilado en poner los recursos del Estado nacional al servicio de sus candidatos o en procurar desprestigiar la Corte Suprema de Justicia, y que para más señas es capaz de hacer virtualmente cualquier cosa a fin de ensuciar a sus adversarios, dan por descontado que el intendente de Tigre, Sergio Massa, será el blanco preferido de los ataques de los guerreros oficialistas. Por cierto, no sorprendería que en las semanas próximas se concretaran nuevos episodios oscuros que lo afecten, como el que le tocó vivir pocos días antes de las primarias cuando un prefecto naval se metió en su casa para robar información. Tampoco sorprendería que hubiera muchos hechos de violencia, escraches organizados por kirchneristas y más locales incendiados. Hay tanto en juego desde el punto de vista de Cristina y sus dependientes que con toda seguridad harán uso de todas las armas, legítimas o no, que encuentren en su arsenal. Como sucedió en 1997 cuando el entonces presidente Carlos Menem, en medio de una debacle electoral que presagió el fin de casi diez años de hegemonía política, trató de morigerar el impacto subrayando que un candidato suyo se había impuesto en la localidad jujeña de Perico, Cristina pudo enorgullecerse de la buena elección que hizo el FpV en la Antártida, que es un distrito aún más atípico con un electorado minúsculo, pero que a su juicio fue una proeza notable, una que los medios gubernamentales se encargaron de subrayar. Si sólo fuera cuestión de una táctica proselitista, la negativa de la presidenta a admitir que acaba de sufrir una derrota penosa no motivaría mucha preocupación, pero parecería que realmente cree que, pase lo que pasare en octubre, le será dado continuar gobernando como si todavía contara con el respaldo del 54% del electorado. De ser así, los dos años finales de su período en el poder serán sumamente turbulentos, con más cacerolazos multitudinarios, muchos paros obreros “activos” y protestas sectoriales en gran escala. Puede que, luego de pensarlo, Cristina opte por modificar su actitud desafiante, pero también es posible que siga resistiéndose a reconocer que, si bien a veces un gobierno democrático se ve constreñido a tomar medidas puntuales que sólo cuentan con la aprobación de una minoría, hacerlo sistemáticamente sería suicida, sobre todo en un país de instituciones tan precarias como las nuestras. Por razones personales y porque el esquema de poder caudillista que se da lo impulsa, la presidenta se ha aislado del resto del país. Como ocurre con cierta frecuencia en tales circunstancias, Cristina está rodeada de individuos que anteponen su relación con la jefa a la eficiencia gubernamental y que no soñarían con molestarla llamando la atención a las deficiencias de su gestión. Aunque algunos kirchneristas se han animado a decir que acaso sería mejor atribuir la derrota experimentada por el oficialismo a sus propios errores y que por lo tanto debería someterse a una “autocrítica”, otros la imputan a nada más que un malentendido, quejándose por la falta de propuestas concretas de la oposición sin preguntarse si los resultados adversos de las primarias tuvieran más que ver con la conducta de la presidenta y otros vinculados con el gobierno, que con los eventuales méritos de los opositores más destacados. Es que para los kirchneristas, la presunta mediocridad de la oferta opositora no puede ser motivo de consuelo. Por el contrario, el que la mayoría abrumadora les haya dejado saber que preferiría una alternativa confusa y poco atractiva al “modelo” reivindicado con sinceridad aparente por Cristina debería preocuparles aún más.
Terminadas las “primarias”, ha comenzado la campaña auténtica de cara a las elecciones legislativas del 27 de octubre. Como dijo hace poco el gobernador cordobés José Manuel de la Sota, “falta jugar el segundo tiempo del partido”. Aunque se prevé que al Frente para la Victoria oficialista le aguarda una nueva derrota, los dirigentes opositores saben que no les convendría en absoluto subestimar la capacidad de reacción de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus militantes ya que, como nos han recordado una y otra vez, no se sienten cohibidos por las reglas propias de la democracia “burguesa”. Los preocupados por lo que podría llegar a hacer un gobierno que nunca ha vacilado en poner los recursos del Estado nacional al servicio de sus candidatos o en procurar desprestigiar la Corte Suprema de Justicia, y que para más señas es capaz de hacer virtualmente cualquier cosa a fin de ensuciar a sus adversarios, dan por descontado que el intendente de Tigre, Sergio Massa, será el blanco preferido de los ataques de los guerreros oficialistas. Por cierto, no sorprendería que en las semanas próximas se concretaran nuevos episodios oscuros que lo afecten, como el que le tocó vivir pocos días antes de las primarias cuando un prefecto naval se metió en su casa para robar información. Tampoco sorprendería que hubiera muchos hechos de violencia, escraches organizados por kirchneristas y más locales incendiados. Hay tanto en juego desde el punto de vista de Cristina y sus dependientes que con toda seguridad harán uso de todas las armas, legítimas o no, que encuentren en su arsenal. Como sucedió en 1997 cuando el entonces presidente Carlos Menem, en medio de una debacle electoral que presagió el fin de casi diez años de hegemonía política, trató de morigerar el impacto subrayando que un candidato suyo se había impuesto en la localidad jujeña de Perico, Cristina pudo enorgullecerse de la buena elección que hizo el FpV en la Antártida, que es un distrito aún más atípico con un electorado minúsculo, pero que a su juicio fue una proeza notable, una que los medios gubernamentales se encargaron de subrayar. Si sólo fuera cuestión de una táctica proselitista, la negativa de la presidenta a admitir que acaba de sufrir una derrota penosa no motivaría mucha preocupación, pero parecería que realmente cree que, pase lo que pasare en octubre, le será dado continuar gobernando como si todavía contara con el respaldo del 54% del electorado. De ser así, los dos años finales de su período en el poder serán sumamente turbulentos, con más cacerolazos multitudinarios, muchos paros obreros “activos” y protestas sectoriales en gran escala. Puede que, luego de pensarlo, Cristina opte por modificar su actitud desafiante, pero también es posible que siga resistiéndose a reconocer que, si bien a veces un gobierno democrático se ve constreñido a tomar medidas puntuales que sólo cuentan con la aprobación de una minoría, hacerlo sistemáticamente sería suicida, sobre todo en un país de instituciones tan precarias como las nuestras. Por razones personales y porque el esquema de poder caudillista que se da lo impulsa, la presidenta se ha aislado del resto del país. Como ocurre con cierta frecuencia en tales circunstancias, Cristina está rodeada de individuos que anteponen su relación con la jefa a la eficiencia gubernamental y que no soñarían con molestarla llamando la atención a las deficiencias de su gestión. Aunque algunos kirchneristas se han animado a decir que acaso sería mejor atribuir la derrota experimentada por el oficialismo a sus propios errores y que por lo tanto debería someterse a una “autocrítica”, otros la imputan a nada más que un malentendido, quejándose por la falta de propuestas concretas de la oposición sin preguntarse si los resultados adversos de las primarias tuvieran más que ver con la conducta de la presidenta y otros vinculados con el gobierno, que con los eventuales méritos de los opositores más destacados. Es que para los kirchneristas, la presunta mediocridad de la oferta opositora no puede ser motivo de consuelo. Por el contrario, el que la mayoría abrumadora les haya dejado saber que preferiría una alternativa confusa y poco atractiva al “modelo” reivindicado con sinceridad aparente por Cristina debería preocuparles aún más.
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