Más de 40 años asesorando a productores: “La fruticultura no va a morir, pero marcha hacia un nuevo equilibrio”
El Ingeniero Agrónomo Enrique Calzona recorrió durante más de 40 años distintos escenarios de la fruticultura regional. Llegó desde La Plata buscando una oportunidad, se formó al lado de referentes históricos de la actividad y hoy sigue asesorando chacras con la misma convicción: en el campo, los detalles hacen la diferencia. Analiza los cambios profundos del Alto Valle, la pérdida de productores, la necesidad de reconversión y el desafío de incorporar tecnología para sostener una actividad que considera imprescindible.
Ingeniero agrónomo Enrique Calzona. Foto: Andrés Maripe
Cuando Enrique Calzona llegó al Alto Valle tenía poco más de 30 años y una valija cargada de expectativas. Había estudiado Ingeniería Agronómica en La Plata, pero sabía que para crecer profesionalmente debía encontrar un lugar donde pudiera aplicar sus conocimientos y, sobre todo, aprender de una realidad productiva concreta.
“No me interesaban las condiciones climáticas del norte ni de la provincia de Buenos Aires. Acá encontré otra posibilidad”, recuerda. La llegada fue casi una casualidad: una conocida de su entonces novia, oriunda de General Roca, le ofreció quedarse en la casa de su madre mientras buscaba trabajo. Fueron nueve meses de búsqueda hasta que apareció una oportunidad que marcaría su carrera.
El ingeniero Lisandro Costa lo vinculó con la Cooperativa Fruticultores Unidos Vista Alegre (FUVA), donde comenzó sus primeros pasos profesionales. Sus años iniciales transcurrieron entre San Patricio del Chañar y distintas zonas productivas del Valle, incorporando una mirada que luego sería fundamental para su trayectoria: entender la chacra desde adentro.
Más adelante ingresó a la empresa McDonald, donde trabajó junto al ingeniero Isidro Burgard, gerente de producción en ese momento. “Me fui formando al lado de él durante cinco años”, explica. Aquella etapa fue una verdadera escuela práctica, en una época en la que la fruticultura regional todavía tenía otra estructura, con mayor presencia de productores independientes y una fuerte interacción entre técnicos y chacareros.
«Alfredo (Palmieri) conocía mucho todo el Valle, tenía mucha relación con España e Italia y era muy generoso con lo que sabía».
Enrique Calzona, ingeniero agrónomo, asesor frutícola.
Con el paso del tiempo, una nueva crisis de la actividad llevó a Calzona a tomar otro camino: el asesoramiento privado. Fue entonces cuando comenzó una extensa etapa junto a Martha Rosauer, primero como asesor y luego como una pieza clave en la conducción productiva. “Con ella aprendí un montón de cosas que la facultad no te enseña. No solamente era la parte técnica, también manejar personal, entender los tiempos y las dificultades de la gente que trabaja en la chacra”, destaca.
Ese aprendizaje fue determinante para una profesión que, según sostiene, no puede limitarse a una recomendación técnica desde una oficina. “La fruticultura se hace caminando el monte”, resume.
Un Valle que cambió profundamente
Calzona fue testigo privilegiado de la transformación del Alto Valle. Durante muchos años acompañó recorridas técnicas junto a Alfredo Palmieri, uno de los grandes referentes de la fruticultura regional, con quien compartió una época donde existía un intercambio permanente entre productores, empresas y asesores.

“Alfredo conocía mucho todo el Valle, tenía mucha relación con España e Italia y era muy generoso con lo que sabía. Era un grupo donde nadie ocultaba nada, había mucha intercomunicación entre colegas que hoy se perdió”, recuerda.
Para el ingeniero, una de las mayores modificaciones de las últimas décadas fue el cambio en la composición del sector. “Cuando empecé, hace 40 años, era un 70% de la producción en manos de productores y un 30% de empresas. Hoy se invirtió el número”, explica.
La desaparición progresiva del productor tradicional es, para Calzona, uno de los fenómenos más preocupantes. Muchas chacras dejaron de producir, otras fueron alquiladas por empresas y algunas se transformaron en barrios o quedaron abandonadas.
“Hay gente que pasa por la chacra a ver si consigue algo porque está cerca del petróleo, pero no quiere trabajar en la actividad. El trabajo de chacra es duro: en invierno tenés temperaturas bajas y en cosecha podés estar con 45 grados. No es fácil”.
Enrique Calzona, ingeniero agrónomo, asesor frutícola.
“Muchos hijos no siguieron con la actividad del padre. Algunas chacras se erradicaron, otras pasaron a hacer pasturas y otras quedaron directamente afuera del sistema”, señala.
A esto se suma un nuevo escenario económico y laboral: la influencia de Vaca Muerta y la dificultad creciente para conseguir trabajadores. “Hay gente que pasa por la chacra a ver si consigue algo porque está cerca del petróleo, pero no quiere trabajar en la actividad. El trabajo de chacra es duro: en invierno tenés temperaturas bajas y en cosecha podés estar con 45 grados. No es fácil”, describe.
La tecnología como camino de supervivencia
Para Calzona, la fruticultura que viene será necesariamente más tecnificada. La incorporación de herramientas modernas ya no es una opción sino una condición para mantenerse competitivo.

Uno de los ejemplos más claros es el uso de drones para aplicaciones fitosanitarias, una tecnología que comenzó a utilizar en los últimos años. “Con un dron en una hora podés hacer cinco hectáreas. Con una pulverizadora tenés muchas más trabas: una goma, una rotura, viento, traslados. Aprovechar la oportunidad de aplicación es fundamental”, explica.
Según su visión, la tecnología no debe pensarse solamente como una forma de reducir mano de obra, sino como una herramienta para mejorar la eficiencia. “El objetivo es que una persona pueda tener un mayor rendimiento, si antes hacía una fila, que pueda hacer dos o tres, lo que se traduce en mayor productividad”, plantea.
Sin embargo, advierte que la incorporación tecnológica debe estar acompañada por una transformación cultural. “Muchas veces falta entender que hacer mejor las cosas permite mejorar el resultado. Hay una parte cultural que todavía tenemos que cambiar”, afirma.
“El éxito o el fracaso de una chacra pasa por el control de gestión”
En su mirada profesional, más allá de las variedades, las máquinas o las inversiones, hay un factor que define el resultado de una explotación: el seguimiento permanente. “Yo pienso que el éxito o el fracaso de una chacra va por el control de gestión”, sostiene.

Calzona explica que una tarea mal realizada puede tener consecuencias durante varios años. La poda, por ejemplo, no es simplemente cortar ramas. “Lo que cortás hoy va a formar una brindilla, después una yema floral, después una fruta. Ese proceso dura cuatro años. Si hacés una mala poda, podés tener cuatro años para recuperarlo”, advierte.
“Las cosas bien hechas o mal hechas económicamente cuestan lo mismo, pero los resultados son totalmente distintos”.
Enrique Calzona, ingeniero agrónomo, asesor frutícola.
Por eso insiste en la importancia de la capacitación y del acompañamiento técnico. “Las cosas bien hechas o mal hechas económicamente cuestan lo mismo, pero los resultados son totalmente distintos”, resume.
La reconversión, una materia pendiente
Uno de los temas que más preocupa al ingeniero es la velocidad de reconversión del Valle. Considera que muchos productores entendieron la necesidad de cambiar, pero las condiciones económicas hicieron difícil avanzar. “Estamos atrasados. Lo ideal sería que todos los años una empresa tenga un porcentaje de superficie en reconversión. Acá pasaron 20 años y muchas plantas no se tocaron”, analiza.
El nuevo modelo apunta a plantaciones más densas, con menor necesidad de mano de obra y mayor productividad. “Hoy buscamos distancias más compactas. La idea es facilitar el manejo y economizar horas hombre”, explica.
“Para hacer una plantación moderna, con riego mecanizado y malla, podés estar arriba de 60 o 70 mil dólares por hectárea. Después tenés tres o cuatro años hasta empezar a recuperar”.
Enrique Calzona, ingeniero agrónomo, asesor frutícola.
Pero el costo inicial sigue siendo una barrera. “Para hacer una plantación moderna, con riego mecanizado y malla, podés estar arriba de 60 o 70 mil dólares por hectárea. Después tenés tres o cuatro años hasta empezar a recuperar”, señala.
Por eso considera que los mecanismos de financiamiento deberían contemplar los tiempos reales de la producción frutícola. “Un año de gracia no alcanza para una plantación que tarda años en entrar en producción”, remarca.
Un futuro con menos productores, pero con oportunidades
A pesar del diagnóstico crítico, Calzona mantiene una mirada esperanzada sobre el futuro de la actividad. “La fruticultura del Valle no va a morir”, asegura. “Se va a seguir achicando hasta encontrar un equilibrio”.

Según su análisis, convivirán grandes empresas con productores chicos eficientes, capaces de adaptarse y trabajar con mayor escala o mejores herramientas. “El productor que se mantiene es el que pudo sumar hectáreas, mejorar tecnología y manejar mejor sus costos. El que empezó a retroceder, después es muy difícil volver”, explica.
También destaca que la región conserva ventajas productivas importantes: conocimiento acumulado, infraestructura, calidad de suelo y una tradición frutícola que todavía permanece. “El Valle tiene una historia enorme. Hay que cuidar ese conocimiento y acompañar a quienes siguen apostando”, afirma.
Después de más de cuatro décadas recorriendo chacras, Calzona continúa haciendo lo que eligió desde el comienzo: caminar los montes, observar, conversar con productores y buscar soluciones desde la realidad cotidiana. Aún hoy mantiene lazos con productores con los que trabaja desde hace más de 30 años, a quienes agradece el camino recorrido en conjunto.
“No me gusta estar detrás de los papeles. Me gusta ir al campo, ver cómo están haciendo las cosas, hablar con la gente. Ahí es donde realmente se aprende”, concluye.
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Cuando Enrique Calzona llegó al Alto Valle tenía poco más de 30 años y una valija cargada de expectativas. Había estudiado Ingeniería Agronómica en La Plata, pero sabía que para crecer profesionalmente debía encontrar un lugar donde pudiera aplicar sus conocimientos y, sobre todo, aprender de una realidad productiva concreta.
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