A reírse de los bronces
El humor político tiene una larga historia en Argentina. “Debates” no despliega en estas páginas un tratado ni un intento de ensayo complejo sobre el tema; simplemente pretende destacar su rol en tiempos electorales, en momentos en que el humor no parece ser la característica principal de los candidatos y más bien se registra una crispación que acerca cualquier ironía a la ofensa directa. De hecho, hace años que el humor político no tenía tan escasa presencia en la televisión y otros medios masivos, aunque subsiste en la gráfica, en las redes sociales y en ámbitos callejeros.
carlos torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
–Es bueno, muy bueno, reírse de nosotros, de los bronces. Nos creemos tan bronces que es bueno que nos pongan como lo que no somos: bronces.
Entre carcajadas, esto dijo Carlos Pellegrini una tarde de muy principios de siglo cuando la revista “Caras y Caretas” estampó su caricatura en el marco de los dimes y diretes que terminaron con la sociedad que formó el Estado argentino: los que mantuvo con Julio A. Roca. Un cuarto de siglo decisivo que concluyó con un portazo de “El Gringo” Pellegrini en 1902. Ese día de aquel año, “El Gringo” caminaba por Florida rumbo a Viamonte –donde vivía– cuando alguien le alcanzó la revista. Flaco y puro bigote, con Roca espiándolo detrás de una puerta.
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El periodista maneja entre Roca y Cipolletti. Lo aburre la sarta de tangos llorones que escucha por una FM. Cambia. Y agarra una reflexión de un colega que despliega un oyente:
–Mire, ¿sabe en qué se parecen algunos diputados y senadores a una tortuga trepada a un poste muy alto, de ruta?
–No…
–En que esa tortuga somete a los primeros a una pregunta: “¿Cómo llegó hasta ahí?”. Luego los somete a varias reflexiones: “¡No puedo creer que esté ahí!”, “¡Alguien la ayudó a estar ahí!”. Luego usted deduce: “¡No puede hacer nada útil ahí!” y entonces llega a una conclusión humana, solidaria, muy humana: “¡Hagamos el bien: evitemos que ciertos animales suban al poste” –dice y remata:
–Honestidad intelectual: no es mío, lo leí en la web… pero es bueno, eh…
Sí, es bueno. Pero, como señaló hace algunos años en Buenos Aires ese vasco ingenioso llamado Fernando Savater, “lo que distingue a la democracia es el portón ancho que tiene, entra todo… y, como dicen ustedes, los argentinos, ¡agarrate Catalina!”.
Pompeya, un paredón. A metros de donde Horacio Accavallo supo tener una compraventa.
“En Argentina no se permite robar: Lázaro Báez canceló las autorizaciones”, dice un grafiti. Y otro, en la recova sobre Alem: “Milani, jugate por los derechos humanos: ¡rajate!”.
Obispado amarrete el de General Roca. De tanto en tanto blanquean el paredón lateral de la catedral, en la calle Mitre. Blanqueado rápido, aguado. Simulador. Y de tanto en tanto, en el lapso de ese de tanto en tanto, aflora un grafiti. Lo estamparon en el 91 unos pibes roquenses. Iba al hueso de la estética del ex del STJ Víctor Sodero Nievas, entonces candidato a gobernador por el martirizado PJ rionegrino: “Sodero Nievas va a la peluquería a leer revistas”, rezaba. Y sí… en la capucha de Sodero Nievas define más el estilista que lo propio.
Pibes del tradicional Nacional de Buenos Aires cruzan avenida de Mayo. En la vereda del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se cruzan con María Eugenia Vidal, segunda de Mauricio Macri.
–¡Che, esa mina es conocida! –dice uno.
–Sí, labura con Macri, siempre está en la tele… no sé cómo se llama –dice otro y el grupo se da vuelta para mirar a la funcionaria.
–Sí, siempre aparece. ¿Vieron? Tiene cara de galletita cómica… Sonrisas… esas que se ríen –agrega otro y el grupo se dispersa entre Rivadavia y diagonal Norte.
Una pareja joven elige televisor en Juramento y Cabildo. Hace zapping ante varios modelos. En una de las pantallas el secretario de Comercio Guillermo Moreno aparece en su estado natural: gritando. Para el caso, su blanco es la reunión de accionistas de Papel Prensa. Ella reflexiona:
–Este hombre tiene algo de Chaplin, el Chaplin en “El dictador”… los bigotitos, histérico, siempre gesticulando, hiperkinético, gritón, los ojos de aquí para allá… Que me perdone Carlitos, pero ¿no te parece? –dice ella y mira al marido, absorto.
–¡Pobre Carlitos, qué comparación!
“Colorado, con la aparición de Massa quedaste blanco”, directa alusión –estampada en la Estación Victoria del Ferrocarril Mitre– al golpe que significó para De Narváez la candidatura a diputado nacional del intendente de Tigre.
En Nucha un corresponsal europeo –recién llegado al país– se reúne con dos colegas argentinos. Estará tres años aquí. Deambula por Buenos Aires buscando respuesta a un interrogante aún sin resolver.
–Mirá –reflexiona uno de los argentinos después de media hora de sesudas explicaciones–, entenderlo nunca lo vas a entender. Pero para intentarlo vale lo de un colega muy inteligente, Martín Caparrós: “El peronismo es algo así como la línea 60: es una sola pero te puede llevar a cualquier parte”.
–¿Y qué es la línea 60? –preguntó el corresponsal. Entonces, otra ronda de café y explicaciones.
Jueves de hace tres semanas. Hace rato que la noche es noche. Julio Bárbaro sale caminando junto a “Río Negro” de la Biblioteca Nacional. En la esquina de Austria y Las Heras la gente reconoce a Julio. Saludos aquí y allá. Muchos “¡Muy bien, Bárbaro!”, “¡Me gusta mucho lo que dice!”. Y una señora le pregunta:
–Usted que sabe mucho, señor, ¿qué les pasa a nuestros políticos?
–¡Ah, señora! Les pasa que no saben ni siquiera congelar sangre para hacer morcilla –y la señora ríe. Luego Julio organiza una respuesta más responsable. Y la señora le estampa un beso.
Pero hay otra señora esperando el turno en lo que se iba pareciendo a una clase pública.
–Usted disculpe, don Bárbaro, pero tengo miedo… no sé… a mi edad he visto tanto… Tengo miedo de que un día se agarren éstos de La Cámpora con los de Moyano… no sé, miedo…
–Mire, señora, si La Cámpora se mete con los de Moyano los de La Cámpora quedan todos embarazados –responde Julio y matiza frío con ironía.
La reunión en Nucha sigue días después.
–Les agradezco que me ayuden a desnaserme en política argentina –dice el corresponsal extranjero.
–¡Desasnarme, desasnarme! –lo corrige uno de sus colegas argentinos.
–¿Cómo es la provincia de Santa Cruz? Todos me hablan de Santa Cruz…
–Era, era. Era una provincia con estepas, cordillera, ríos, mar y etcétera, etcétera. Con el kirchnerismo se transformó en una gran bóveda, la bóveda donde están los restos de Néstor Kirchner, o sea la bóveda mayor, abierta a todo público. Luego las bóvedas negadas a todo público: la bóveda con la mosca de Lázaro Báez, la bóveda con la mosqueta de los K… Bóvedas, todo bóvedas. Eso es Santa Cruz –dice uno de los periodistas argentinos y el colega europeo ríe y ríe. Y pregunta:
–¿Y qué es “mosca”? ¿Y “mosqueta”? Y otra cosa: ¿qué puedo leer para saber qué es un, un… acá está: “un cabecita negra”? –dice mientras revuelve en su libreta.
Entonces la reunión en Nucha amenaza con ser larga, muy larga.
Por la vereda cruza el senador Ernesto Sanz, radical. Seguro candidato a presidente de la Nación. Hombre del partido de “la mística creadora”, como lo definía un bronce de esas huestes: Gabriel del Mazo. El partido del “¡carrerito desgraciado!”, como definió Leandro N. Alem a su sobrino “El Peludo” Yrigoyen, hijo de un vasco con tropa de carros y carretas.
De la otra vereda llegan mujidos de vacas y sonoridades roncas de toros. Es La Rural, en plena exposición. Todo un coro que ratifica la sentencia sarmientina:
–Este país se hizo a caballo, vaca y bosta.
(Continúa en la página 28)
(Viene de la página 27)