Abismo fiscal y tope de deuda: una vuelta en calesita

Redacción

Por Redacción

Darío Tropeano (*)

Desde hace un tiempo venimos escuchando en los medios de comunicación acerca de las situaciones límite que se estarían viviendo Estados Unidos respecto del abismo fiscal (la necesidad de aumentar impuestos y recortar gastos) y el límite de deuda pública. Precisemos conceptos y ampliemos el escenario. Durante los primeros días del año el Congreso de aquel país llegó a un acuerdo fiscal con un aumento de impuestos que alcanza apenas al 2% de los más ricos, centrando sus efectos en los sectores bajos y medios de la población. El principal incremento de impuestos ha sido sobre el trabajo, es decir, sobre los salarios en sus distintos niveles. La renta sobre los salarios de los trabajadores estadounidenses abarca la menor porción del PBI desde la Segunda Guerra Mundial. Simultáneamente, en el 2012 las ganancias empresarias –deducidos impuestos– han representado la mayor porción del PBI en la economía de este país, justamente desde la Segunda Guerra. Se trata, sin duda, de un verdadero proceso de redistribución de la riqueza mediante una concentración acelerada que acentúa la desigualdad social. El acuerdo también implica una reducción del gasto público, fundamentalmente sobre el sistema de salud y de pensiones, cuando en realidad el gasto público social de Estados Unidos es uno de los más bajos de los países desarrollados (fuente: OCDE ). La reducción sistemática de impuestos al sector corporativo y a las porciones más ricas de la población en el período Bush, la expulsión de empleos al exterior en búsqueda de mano de obra barata y el aumento de gasto militar (Estados Unidos dispone de una cifra superior a las 90 bases militares de distinto tamaño en el mundo, ¿para qué?) son las causas principales del déficit fiscal. Es necesario hacer notar que la reducción de gastos que convalidó el Congreso asciende a 1,3 billones de dólares en diez años o, lo que es lo mismo, un año y medio de presupuesto militar de Estados Unidos a valores actuales. Pero, además de la “cantinela” del déficit fiscal, en estas horas asistimos a la solicitud exagerada del presidente Obama y de la Reserva Federal al Congreso para que apruebe un aumento en el tope de deuda. Se trata de la posibilidad de incrementar el endeudamiento de Estados Unidos, que ya superaría los 16 billones de dólares. A tal nivel de descontrol ha llegado la deuda nacional que se ha propuesto acuñar monedas de platino por valor de un billón de dólares para respaldar la deuda pública. Se trata de un verdadero disparate que evidencia con todo desparpajo la absoluta falta de respaldo de la moneda norteamericana. Paradójicamente, y dado que los principales bienes y servicios a nivel mundial se cotizan en dólares y Estados Unidos es de lejos el mayor deudor del mundo, además del imperio militar más importante, no tiene mayores problemas para endeudarse. Toma deuda al 1% anual –cuando la inflación real en aquel país quintuplica esa cifra–, por lo cual la colocación de sus bonos del tesoro –deuda– no es problema actual. ¿Por qué, entonces, este “montaje” desesperado de ajuste fiscal –sobre los salarios y derechos sociales– y pedido de aumento de deuda? Pues se trata de restringir aún más los espacios ganados por el Estado de bienestar, restringir el costo laboral y reencaminar la rentabilidad empresaria. En el caso del endeudamiento, la necesidad de seguir bombeando dinero a los grandes bancos quebrados de Estados Unidos explica ese pedido impulsado públicamente incluso por el presidente de la Reserva Federal, el banco central privado de aquel país. La historia económica nos dice que con mayor ajuste no hay posibilidad de superar la larga recesión que afronta el país del Norte, que no puede ser ocultada con los índices parciales y confusos que habitualmente se nos indican desde los medios globales de comunicación. En realidad, estas cuestiones resultan “una vuelta en calesita” (frase entendida coloquialmente como un juego infantil, pueril y de mínimo riesgo) en relación con los 227 billones de dólares de productos derivados (títulos sin respaldo físico, meras especulaciones sobre valores futuros, como lo explicáramos el 17/12/12 en “La batalla de Nueva York”). Sólo cuatro megabancos de aquel país (Citi, JP Morgan, Bank Of America y Goldman Sachs), privilegiados con la desregulación financiera aprobada por el expresidente Clinton, tienen en sus carteras cerca de 227 billones de bonos derivados (fuente: contraloría monetaria estadounidense) sin respaldo alguno, en los que se involucra, además, el dinero de sus ahorristas. Se trata de una cifra que supera largamente el PBI de todo el mundo. Esta verdadera bomba financiera obliga a mantener bajos los tipos de interés de la deuda de Estados Unidos y a salvar a los bancos mediante la continua emisión monetaria por parte de la Fed, que coloca deuda al Estado y rescata a bancos quebrados para evitar un colapso de la economía mundial, cuyas consecuencias serían impredecibles. La presión al Congreso para aprobar un nivel superior de endeudamiento público tiene directa vinculación con la pretensión de la Reserva Federal de realizar una nueva emisión monetaria masiva (denominada Q3) para adquirir bonos del tesoro de Estados Unidos y de los bancos globales expuestos a la insolvencia. Mientras tanto, los grandes tenedores de bonos en dólares (países, empresas, inversores) se inquietan y liquidan parte de sus inversiones en esta moneda hacia otras divisas, metales o títulos diversos. Ésta es la verdadera amenaza financiera que pesa sobre Estados Unidos y toda su economía, ya que su moneda, el verdadero estandarte de su poder global –junto al militar–, se halla en muy grave peligro. (*) Abogado. Docente de grado y posgrado en la Facultad de Economía de la UNC


Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora