Ante una nueva etapa

Por Redacción

Si bien la presidenta Cristina Fernández de Kirchner fue reelegida con el 54% de los votos y se ha comprometido una multitud de veces a seguir por el mismo rumbo que le permitió triunfar, muy pocos prevén que su segundo período en el poder será menos conflictivo que el primero. Por el contrario, sus simpatizantes no hacen ningún esfuerzo por ocultar su voluntad de aprovechar a pleno la victoria electoral de la presidenta para derrotar y, en cuanto puedan, humillar a quienes consideran no como adversarios sino como enemigos. Además de las inevitables disputas internas –según se informa, ya ha perdido confianza en el compañero de fórmula que ella misma designó, sin perder el tiempo celebrando nada parecido a una primaria, de suerte que a Amado Boudou podría esperarle una ordalía similar a las sufridas por sus antecesores Daniel Scioli y Julio Cobos–, Cristina parece decidida a concentrarse en lo que algunos llaman la “batalla cultural”, acaso por entender que una ofensiva en este frente serviría para distraer la atención de la gente de asuntos más concretos, en especial los relacionados con el ajuste. No sólo se trata de poner en su lugar a aquellos medios periodísticos que en ocasiones se permiten cuestionar la verdad oficial, sino también de obligar a otros presuntos influyentes a sumar sus voces al coro kirchnerista, razón por la que los encargados del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) acaban de enviar una circular a los investigadores para ordenarles mantener “una unidad de discurso”. Según la lógica de la fracción peronista actualmente en el poder, es deber de quienes perciben fondos públicos alinearse con el gobierno, planteo éste que, desde luego, es típico de regímenes totalitarios y por lo tanto resulta incompatible con la democracia. Pues bien: para que un gobierno sea “fuerte”, le es necesario contar con algo más que un nivel alto de aprobación popular, mucho dinero y una mayoría legislativa. A menos que un mandatario se vea acompañado por equipos idóneos, no podrá instrumentar los cambios que cree deseables y por lo tanto no le será dado hacer valer el poder político y económico que ha sabido conseguir. Desgraciadamente para Cristina, a juzgar por lo que le ha ocurrido a Aerolíneas Argentinas, los integrantes de La Cámpora, la agrupación encabezada por su hijo Máximo Kirchner que parece destinada a desempeñar un papel clave en su segundo mandato, no parecen poseer talentos administrativos, deficiencia que procuran compensar haciendo gala de su “lealtad” hacia la persona de la presidenta y su fervor ideológico neosetentista. Así las cosas, cuantos más sean los “espacios” que logre ocupar La Cámpora en la administración de Cristina, más débil será el gobierno y más propenso a cometer errores realmente garrafales. Puesto que todo hace pensar en que en los meses próximos proliferarán las dificultades económicas, algunas de origen externo pero muchas atribuibles a los defectos del “modelo” que se improvisó en medio del caos que siguió al colapso de la convertibilidad, sería positivo que la presidenta se preparara para enfrentarlas con algo más que eufemismos como “sintonía fina” o “redireccionamiento de los subsidios”. Ya antes de la muerte de Néstor Kirchner el gobierno nacional se había hecho notorio por su falta de transparencia pero, a partir de octubre del año pasado, se hizo más cerrado aún. A diferencia de los mandatarios de países mejor organizados que el nuestro, Cristina raramente consulta con quienes no comparten sus propios puntos de vista, ya que prefiere rodearse con personas conocidas, a menudo santacruceñas, o con sus familiares. No es la primera vez que algo así ha sucedido, pero la presidenta parece depender todavía más que Carlos Menem de la ayuda de comprovincianos, familiares y viejos amigos, una modalidad que por cierto no contribuye a hacer que el gobierno resulte más eficiente o, es innecesario decirlo, menos corrupto. Puede que sea natural que una mandataria que acaba de verse “plebiscitada” se haya convencido de que no tiene por qué preocuparse por tales detalles, pero por desgracia abundan los motivos para prever que su segundo mandato le resultará mucho más problemático de lo que fue el primero y que por lo tanto le convendría intentar mejorar la calidad de los equipos gobernantes.


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