Arquitectura escolar: ¿atrapada sin salida?
De hecho existe un divorcio entre las expectativas y preocupaciones de los ingenieros y arquitectos planificadores y constructores de esos edificios, por un lado, y las de los pedagogos, sanitaristas, museólogos, archivólogos y directivos de hospitales, cárceles, escuelas, museos, archivos y megaconstrucciones, basadas en la dinámica de su funcionamiento, por otro lado, en punto al diseño de las respectivas plantas arquitectónicas.
La experiencia cotidiana demuestra este aserto en todas las jurisdicciones de nuestro país, más allá de la variedad de escalas de construcción de las que se trate.
Lo cierto es que planificadores y diseñadores formados como ingenieros y arquitectos pesan más, de hecho, a la hora de la toma de decisiones en esta materia que los especialistas cuando los hubiere de hospitales, cárceles, escuelas, museos, archivos y gestores culturales académicamente formados.
En materia de construcción de esos tipos de edificios pesa, entre nosotros, la cultura arquitectónica heredada del siglo XIX, subsistente hasta mediados del XX, luego de la cual fue superada por tendencias anárquicas o improvisadoras que proliferaron en todas partes.
En base a los cambios culturales decimonónicos, el siglo siguiente trajo definitivamente la incorporación de la iluminación, la ventilación y la calefacción de edificios como factores de peso a la hora de concebir y diseñar las plantas edilicias. Luego apareció otro factor: la circulación al interior de los edificios. Y finalmente la ambientación.
Teoría, tecnología e innovación permanente tuvieron un desarrollo paralelo en los principales centros desarrollados del mundo. Sin embargo, entre nosotros no se reflejó ese progreso en la formación teórica de los universitarios, de los técnicos superiores, ni mucho menos en las concepciones y encuadres culturales y sociales en las que aquellos cambios debían encontrar su razón de ser. Por ejemplo, si uno cree que un niño no es tan importante como un adulto, o si lo considera un ser incompleto, es lógico que lo deposite en construcciones que pueden ser muy sólidas o no, muy seguras o no-, pero que fundamentalmente son hostiles, agresivas y expulsoras en el plano psicofísico.
La fragmentación académica que nos caracteriza, enemiga acérrima del trabajo interdisciplinario racionalmente fundado, refleja el autoritarismo de las concepciones vigentes en materia de obras públicas. Una muestra del mismo es la persistencia de hecho de una concepción ya desterrada en la teoría, como es la de que los edificios «encierran» lo que se halla
en su interior, lo cual es lo mismo que decir que los edificios son contenedores o recipientes de cosas, aunque esas cosas en principio sean seres vivientes y para colmo ¡personas!
Una concepción de progreso histórica proveniente del norte europeo industrial promovía la construcción de grandes edificios escolares, de varias pisos, grandes ventanales y escaleras, con planteos formales que tuvieron presencia, irradiación y permanencia por largo tiempo, tanto en aspectos estéticos de estilos, monumentalidad y grandiosidad, coincidentes con la existencia de estados-nación poderosos y ricos (en Europa).
Sin embargo, las personas que en ellos entrarían se tornaban cada vez más pequeñas. El efecto de la mega escala era deprimente espiritual y psicológicamente. No nos olvidemos que en esos tiempos Max Weber y Kafka escribían sobre el fenómeno de la burocracia, algo tan reductor y humillante de la dignidad.
Mientras los edificios eran cada vez más altos, la educación se tornaba un derecho universal, de modo que las plantas también se extendían hacia los lados para contener más cantidad de personas. Cada vez había más escolares y la grandeza de las naciones europeas también se medía por la grandiosidad de la organización edilicia escolar.
Pero las escuelas se construían gigantescas no sólo por el crecimiento demográfico y la promoción de la educación laica, sino también porque con la mega escala se connotaba la imagen grandiosa y poderosa de los Estados europeos, pese a que sus territorios eran más chicos que muchas provincias argentinas.
La elevación de las construcciones y su expansión horizontal, por medio de aulas y pasillos inmensos, llevaban a una mayor distancia respecto de sus usuarios, a un alejamiento, a una reducción de la escala humana, a una depresión del yo frente a la materialidad artificial que lo cercaba.
Dentro de las aulas ese alejamiento, ese extrañamiento, se replicaba en forma similar, aunque ya en nada se parecía al existente en la Edad Media y la Moderna. Los maestros y los profesores hablaban sentados desde un escritorio instalado sobre una tarima, de modo que a la distancia física se unía una distancia simbólica muy marcada y pregonada como necesaria y conducente.
Eran los tiempos de los positivistas, cuando se consideraba al niño como un ser inacabado, como un proyecto de adulto; cuando se hablaba de la escuela como preparación para la vida futura, a diferencia de la actualidad ya que por entonces todo era un diferimiento del presente. El presente del niño y del joven era duro, y si no lo era debía serlo, para que adquirieran el aprecio por lo bueno, que vendría del futuro.
Hoy el mundo es otro, las cosas, la vida, los seres humanos, los contenidos simbólicos, todo es distinto. Sin embargo, de hecho persisten prácticas institucionales que deberían haber sido sepultadas por el tiempo. Entre ellas, la de la concepción más utilitarista, mezquina, onerosa e improductiva que recorre el diseño de los edificios escolares lo que aquí más nos importa.
Sobre la base del principio de la necesaria y deseable complementación entre educación y arquitectura en el punto a los edificios escolares y su dinámica, podemos decir que nuestras escuelas son lo más parecido a cárceles que se pueda imaginar, cuando no por la forma sí por su funcionalidad.
Por supuesto, no abonamos las tesis de invertir todo o producir el caos para arribar a la felicidad, por ejemplo derribando hospitales, cárceles y escuelas. Pero sí sería recomendable que la arquitectura escolar tuviera más puntos de contacto con materias humanistas.
Ese verticalismo siempre descendente y la insatisfacción y mortificaciones de los usuarios de esas y otras construcciones no pueden ser superados por planteos demagógicos y asamblearios, en los que cada uno pueda pedir que la planta del edificio a construir tenga esto o aquello, de modo que porque «lo hicimos entre todos», «democráticamente», el resultado será perfecto.
Simplemente queremos focalizar la atención en que las escuelas no deben ser cárceles, jaulas ni containers, ya que el ambiente escolar es una variable de gran peso en la tarea de transformar las condiciones de la educación actual.
CARLOS SCHULMAISTER (*)
Especial para «Río Negro»
(*) Profesor de Historia
Villa Regina