“Preocupación por la inseguridad en la Argentina”
La sensación creciente de inseguridad en la Argentina parecería revelar que el destino cercano de nuestra sociedad es caer en una situación de disolución, descontrol y de violencia, que podría evitarse si se apelara a la aplicación efectiva de la doctrina justicialista, que es una cosmovisión humanista y cristiana que se nutre de los principios de solidaridad y justicia social. Diagnóstico: si tenemos en cuenta que la mayoría de las personas ha sufrido directamente o conoce a alguien que fue víctima de inseguridad en hechos cada vez más cruentos, nos encontramos inmersos en una sensación de falta de seguridad, o sea, de vivir con el miedo permanente a enfrentarnos a un cuándo, dónde y cómo nos tocará vivir nuestra propia experiencia temida, o sea, en un estado de estrés que ya hemos naturalizado como permanente en nuestras vidas. Así la población en general se previene comprando alarmas, rejas y armas, o contratando seguridad propia y encerrándose en barrios privados, mientras aumenta las precauciones para salir o regresar de sus casas con la pérdida de libertad que tales actitudes implican. La sospecha generalizada de corrupción policial, judicial y política sobre el encubrimiento del narcotráfico y de connivencia con los delincuentes han generado un sentimiento de desprotección del individuo que desconfía de la efectividad y voluntad del Estado para protegerlo, que afecta paradójicamente más gravemente aun a las capas sociales más bajas. A pesar de esfuerzos y acciones de algunos políticos en reforzar efectivos y móviles policiales, el número y frecuencia de los hechos de violencia recrudece, por lo que se verifica que en la lucha contra el delito se está perdiendo la batalla, lo cual queda reflejado en las encuestas de opinión sobre la preocupación principal de la gente, y ocupa uno de los primero lugares. Causas de la inseguridad: entre las que son probables podríamos citar la falta de ejemplaridad cuando vemos que en el propio gobierno personajes acusados de corrupción no sufren la acción de la Justicia, sino que para colmo de males nos representan en el exterior, en misiones de homenajes a personas ilustres como fue el caso de la concurrencia del vicepresidente actual al funeral de Mandela. Cuando crímenes aberrantes sospechados de ser a causa de drogas quedan sin resolución y nuestros dirigentes viven en mansiones y ostentan niveles de vida que no podrían justificar, parecería reflejarse aquello de que “da lo mismo un chorro que un gran profesor” o “da lo mismo el que labura, que el que vive de los otros o está fuera de la ley”, escrito por el genial Santos Dicépolo. La falta de valores de la sociedad actual que resulta permisiva con la corrupción se evidencia cuando se expresa con “roba pero hace”, en vez de hace pero roba, o la empatía con el arquetipo de Isidoro Cañones, contradiciendo el orgullo que conllevaba la frase “pobre, pero honrado”. Cabe un importante espacio de reflexión a la pérdida de la cultura del trabajo, que puede atribuirse a múltiples causales como la desocupación endémica y la desarticulación de la figura del aprendiz representada en cada taller mecánico donde un adolescente lavaba motores o un hijo acompañaba a su padre a la changa del domingo, existiendo una trasferencia natural de las habilidades de los oficios de una generación a otra que generaron medidas que aun con un propósito noble han tenido efectos secundarios como el clientelismo político y el abandono de los jóvenes al ocio, las malas compañías y las drogas en aras de la “protección” del menor. “Para el peronismo no hay más que una sola clase de hombres: los que trabajan”. (Juan D. Perón) También es importante la falta de horizontes por la pérdida de la perspectiva de ascender en la escala social que quedó plasmada en la expresión “mi hijo el doctor”, que simbolizaba la idea de que con esfuerzo y dedicación era posible mejorar la situación económica y social de la familia. Pablo Segovia DNI 5.083.808 Regina
Pablo Segovia DNI 5.083.808 Regina