Bolsas vacías

Redacción

Por Redacción

Aunque la evolución del índice Merval, con sus subas esperanzadoras y sus bajas desconcertantes, sigue fascinando a los entendidos, cuyos intentos de relacionarlo con el mundo real suelen tener mucho en común con las divagaciones de los aficionados a la astrología, la mayoría sabe que en verdad importa muy poco. Este no sería el caso si las vicisitudes de la Bolsa de Valores local reflejaran con cierta precisión lo que sucede en la economía nacional, pero ocurre que es demasiado pequeña como para servir de caja de resonancia. Para colmo, a pesar de la voluntad de los miembros de la Comisión Nacional de Valores de salvarla, parece condenada a continuar achicándose en el futuro, hasta que finalmente se esfume por completo. No es que los funcionarios se caractericen por su optimismo. Según el titular de dicha comisión, Carlos Weitz, la Bolsa está en vías de extinción, razón por la cual será contratada una consultora extranjera para que le recete algunos remedios capaces de mantenerla con vida. En opinión de Weitz, habrá que «hacer una movida muy profunda» para rescatarla, comentario que sugiere que es consciente de que el mercado de capitales de Buenos Aires podría tener los días contados.

Si resultara así, la causa de su muerte no consistiría en el estado nada satisfactorio de la economía, sino en la aceleración de un proceso que está obligando a los administradores de todas las Bolsas del mundo a prepararse para hacer frente a cambios que antes les hubieran parecido inconcebibles. Es que todo hace pensar que la edad de las Bolsas tradicionales está acercándose rápidamente a su fin. Por cierto, a esta altura el destino de la Bolsa de Valores porteña dependerá menos de la salud de la economía argentina que del porvenir de un proceso de «consolidación» que está afectando a todas las plazas bursátiles del planeta. A juicio de algunos, gracias a la irrupción de Internet y a la «globalización», estamos por entrar en una época en la que la mera idea de un mercado de capitales nacional será considerada absurdamente anticuada. Es posible que este planteo sea un tanto prematuro, pero dista de ser arbitrario. En Europa, las Bolsas menores de centros económicos tan poderosos como Milán y Madrid pesan cada vez menos, e incluso las plazas más importantes, como las de Frankfort y Londres, están en vísperas de cambios antes inconcebibles al multiplicarse los intentos ya de fusionarlas con otras, ya de comprarlas. Hasta los gerentes de la bolsa de valores de Nueva York, la más grande del planeta, se sienten inseguros: aunque la amenaza planteada por el Nasdaq, el mercado en el que se negocian las acciones de alta tecnología, ha disminuido en el curso de los meses últimos debido al desplome reciente de su índice, esto no quiere decir que el futuro no pertenezca a los mercados «virtuales».

En efecto, de intensificarse las tendencias actuales, muy pronto será posible que cualquiera con acceso a una computadora o teléfono celular debidamente «inteligente» compre y venda acciones o títulos en cualquier lugar del mundo en cualquier momento, lo cual supondría en efecto la conformación de una gran bolsa mundial que, por estar en todas partes, no tendría su sede oficial en ninguna. La transformación así supuesta no preocuparía a los inversores argentinos más aguerridos, los cuales, para disgusto de los tradicionalistas, ya se han acostumbrado a operar a través de Wall Street, destino hacia el cual ha migrado el mercado de títulos públicos nacionales, además, huelga decirlo, de aquél de las acciones de las entidades sucesoras de las empresas públicas privatizadas más significantes. De haberse producido este fenómeno veinte o treinta años atrás, las secuelas podrían haber sido calamitosas, pero a raíz del progreso explosivo de las comunicaciones electrónicas, ya es escasa la diferencia entre manejar una cartera accionaria aquí y hacerlo en las antípodas. Sea como fuere, al eliminarse las trabas a los movimientos de capitales, ya no es factible impedir que los financistas operen en los mercados que les parezcan más convenientes, razón por la cual la consolidación de una Bolsa universal sería una consecuencia lógica de la «globalización» que, a pesar de las protestas airadas de sus adversarios, está resultando ser mucho más que una abstracción.


Aunque la evolución del índice Merval, con sus subas esperanzadoras y sus bajas desconcertantes, sigue fascinando a los entendidos, cuyos intentos de relacionarlo con el mundo real suelen tener mucho en común con las divagaciones de los aficionados a la astrología, la mayoría sabe que en verdad importa muy poco. Este no sería el caso si las vicisitudes de la Bolsa de Valores local reflejaran con cierta precisión lo que sucede en la economía nacional, pero ocurre que es demasiado pequeña como para servir de caja de resonancia. Para colmo, a pesar de la voluntad de los miembros de la Comisión Nacional de Valores de salvarla, parece condenada a continuar achicándose en el futuro, hasta que finalmente se esfume por completo. No es que los funcionarios se caractericen por su optimismo. Según el titular de dicha comisión, Carlos Weitz, la Bolsa está en vías de extinción, razón por la cual será contratada una consultora extranjera para que le recete algunos remedios capaces de mantenerla con vida. En opinión de Weitz, habrá que "hacer una movida muy profunda" para rescatarla, comentario que sugiere que es consciente de que el mercado de capitales de Buenos Aires podría tener los días contados.

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