Brasil exhausto

Por Redacción

LUIZ FELIPE LAMPREIA (*) Project-Syndicate

Las demostraciones que sacuden a la sociedad brasileña, habitualmente tranquila y relajada, canalizan un sentimiento generalizado: ¡ya basta! Pero, excepto en el caso de los agitadores profesionales, no hay odio en las protestas callejeras. En su lugar, lo que existe es una especie de cansancio impaciente. Los brasileños están cansados de ser tratados brutalmente por el transporte público en las zonas metropolitanas del país; de los hospitales espantosos; de los escándalos de corrupción y están particularmente cansados de la inflación, que ha regresado como una temida enfermedad para erosionar una vez más el poder adquisitivo de la gente y amenazar con el regreso de millones de personas a la pobreza, de la que habían escapado hace tan poco. Es difícil estar en desacuerdo con los manifestantes. Sin embargo, hay muchos motivos económicos por los que preocuparse debido al efecto de las demostraciones. Desde la implementación en 1994 del Plano Real, que redujo la inflación a niveles manejables, Brasil logró avances económicos y sociales extraordinarios. Los presidentes Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva ocuparon la presidencia durante ocho años cada uno. Durante esos períodos lograron un rápido crecimiento económico con estabilidad de precios y una sólida posición fiscal. Su éxito elevó a una porción significativa de los brasileños pobres a la clase media y logró que Brasil se convirtiera en un destino atractivo para los inversores extranjeros. Sin embargo, la situación actual está creando expectativas negativas. Para desalentar las protestas, el gobierno de la presidenta Dilma Rousseff ha lanzado varias estratagemas –subsidiar los precios de los combustibles y reducir los impuestos sobre la electricidad, los automóviles y los electrodomésticos– y ha intentado ocultarlas de forma tal que permitan a las autoridades afirmar que la inflación continúa bajo control. Sin embargo, todo Brasil siente el impacto sobre los precios. Si la meta de inflación oficial pierde credibilidad, el aumento de los precios se acelerará aún más. El problema subyacente es que el modelo de crecimiento brasileño, que permitió a 35 millones de personas ingresar a la clase media durante la última década, está al borde del agotamiento. El máximo beneficio de la reducción del desempleo, la suba del salario mínimo real y la ampliación del crédito –que crearon una fuerte alza en el consumo debido al rápido aumento del ingreso real (ajustado por inflación) para gran parte de la población– ya fue cosechado. De hecho, el consumo está disminuyendo y una encuesta reciente llevada a cabo por la Confederación Brasileña de Asociaciones Comerciales y de Negocios indica una disminución del 6,2 % para este año. En marzo, los niveles de endeudamiento de los hogares treparon al sin precedente 44% de los ingresos. Es probable que se verifique un crecimiento más lento y aumentos más modestos de los salarios reales, lo que invertirán las expectativas optimistas de los hogares. Mientras tanto, para la nueva clase media brasileña, los mayores ingresos han implicado mayores pagos de impuestos y, por lo tanto, un creciente sentimiento de derecho a mejoras en los niveles de vida. Muchos están especialmente resueltos a luchar por más y mejores bienes públicos frente a las inapropiadas prioridades de gasto del gobierno, que incluyen estadios de fútbol y otros faraónicos proyectos de construcción. De hecho, el poder adquisitivo de los brasileños podría reducirse aún más, debido a la depreciación del real frente al dólar. Si el gobierno no ajusta la política fiscal, el tipo de cambio generará más presión inflacionaria debido al aumento en los precios de los bienes importados. La alternativa –un alza en las tasas de interés– socavaría tanto el consumo como la inversión productiva. ¿Qué falló? Hasta hace poco los brasileños disfrutaban un rápido crecimiento de su PBI, pleno empleo, ingresos crecientes, diversos beneficios de asistencia social y reconocimiento internacional. El gobierno juró que la crisis mundial no alcanzaría al país. Ahora, el crecimiento del PBI se desacelera, la inversión cae, el déficit presupuestario se amplía y las cuentas externas se debilitan. Un problema es que la insuficiencia de la infraestructura brasileña, que en gran medida refleja y decisiones oficiales deficientes durante los últimos diez años, obstaculiza directamente un mayor crecimiento de la producción y el comercio. Por ejemplo, las autoridades priorizaron un proyecto de ferrocarriles de alta velocidad que ya ha excedido varios presupuestos y aún no supera la etapa de planificación. Mientras tanto, el sistema de ferrocarriles existente es tan precario que resulta imposible viajar en tren desde Río de Janeiro a São Paulo, Belo Horizonte o Brasilia. El sistema de salud pública es una película de terror. Con raras excepciones, las escuelas primarias y secundarias no preparan correctamente a los estudiantes para la universidad. El gobierno de Vilma Rousseff enfrenta perspectivas sombrías. El lento crecimiento se ha visto acompañado por una pérdida de competitividad que condujo a masivas importaciones de bienes chinos, por ejemplo, y a una reacción proteccionista contraproducente. Los ambiciosos proyectos de inversión pública avanzan lentamente, cuando lo hacen, o son proyectos equivocados. Y ahora los brasileños han salido a la calle a exigir cambios. Como dijo el economista y expresidente del Banco Central del Brasil, Alfonso Celso Pastore, “Rousseff y sus ministros sencillamente no creen en las recetas ortodoxas”. El problema es que no parecen tener una alternativa viable. (*) Exministro de Relaciones Exteriores del Brasil (1995-2001). Vicepresidente del Centro Brasileño de Relaciones Internacionales (Cebri) y presidente del Consejo de Asuntos Internacionales de la Federación de Industrias de Río de Janeiro (Firjan).