Detrás de los festejos

Por Carta de lector

Javier Genoud

DNI 17506130

GENERAL ROCA

Cada vez que una celebración termina con personas ingresando a una guardia hospitalaria, la pregunta no debería ser cuántos fueron, sino por qué seguimos aceptando que esto ocurra como si fuera parte inevitable de festejar. No se trata de demonizar la alegría, el deporte o los encuentros populares. Celebrar es una de las expresiones más nobles de una comunidad.

Lo preocupante es cuando una parte de la sociedad ha perdido la capacidad de distinguir entre celebrar y descontrolarse; entre disfrutar y poner en riesgo la propia vida o la de los demás. Detrás de cada ingreso al hospital hay mucho más que una estadística. Hay médicos, enfermeros, camilleros y personal de salud que deben redoblar esfuerzos mientras otros pacientes esperan atención por situaciones que nada tienen que ver con una noche de festejos.

Hay familias que pasan de la emoción a la angustia en cuestión de minutos. Hay recursos públicos que vuelven a destinarse a atender consecuencias que, en gran medida, podrían haberse evitado. Quizás el problema más profundo sea cultural. Vivimos en una época donde muchas veces se confunde la libertad con la ausencia de límites, la diversión con el exceso y la euforia con la irresponsabilidad. Esa confusión no nace una noche determinada: se construye lentamente, cuando dejamos de enseñar que toda libertad lleva asociada una responsabilidad.

También sería un error creer que esta realidad se resuelve únicamente con más policías, más controles o sanciones más duras. La verdadera transformación comienza mucho antes: en la educación, en la familia, en el ejemplo de los adultos, en los valores que transmitimos y en la capacidad de una comunidad para comprender que vivir en sociedad implica pensar también en el otro. Una sociedad madura no es la que deja de festejar.

Es la que aprende a hacerlo sin convertir la celebración en una carga para el sistema de salud, en una preocupación para las familias o en un riesgo para terceros. Tal vez el mayor desafío no sea organizar mejores operativos de seguridad. Tal vez sea necesario reconstruir una cultura donde la alegría vuelva a estar asociada al encuentro, al respeto y al cuidado mutuo.-


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