Crecen las penurias cotidianas en Venezuela

Por Redacción

GUSTAVO CHOPITEA (*)

Para los consumidores venezolanos la vida diaria es una aventura cada vez más difícil. Porque la economía de Venezuela está destrozada por los “bolivarianos”. Como consecuencia de ello, importar es un penoso “via crucis” de resultados inciertos. Las razones del caos económico venezolano son conocidas. Los controles de precios y las distorsiones –y rezagos– de todo tipo que ellos provocan; el dispendio populista como política permanente; la consiguiente sequía en materia de divisas de libre disponibilidad; la caída notable de la producción petrolera de la empresa estatal; el exceso de deuda externa, utilizada para financiar gasto corriente; los errores de cálculo respecto de la apuesta realizada sobre la evolución del precio del oro, que conforma el 70% de las reservas venezolanas, cuyo precio ha caído desde comienzos de año; el gigantesco caos administrativo generado por la incompetencia en la gestión de la cosa pública; la prodigalidad enfermiza en el gasto y la ausencia evidente de profesionalismo en el manejo de los asuntos públicos son las principales, pero no las únicas, razones de lo que ocurre. A diferencia de la Argentina, donde los funcionarios públicos esconden la verdad y la desfiguran con la conformidad de los más altos niveles de gobierno, en Venezuela las cifras son oficiales y reflejan –relativamente bien– lo que sucede. El Banco Central de Venezuela acaba de entregar a su propio gobierno, a fines de agosto pasado, la prueba de lo que sucede y genera la desventura de la gente. La leche común, alimento básico, no existe en el 81,5% de los comercios venezolanos visitados. El aceite no está en los anaqueles del 86,6% de los negocios encuestados. Y la margarina no aparece en el 65% de los lugares de venta. En promedio, el nivel de escasez en el rubro de los alimentos es del 19,2%. Esto quiere decir que una de cada cinco veces que alguien trata de comprar algún alimento, no lo encuentra y debe regresar a su casa con las manos vacías. O tiene que seguir buscándolo, dilapidando así su escaso tiempo útil. En el 70,8% de los establecimientos comerciales no hay, desde hace rato, papel higiénico. Ni una hoja. En el 42%, no hay ceras. En el 28%, no aparecen las compotas. Y en el 19% no hay jabón. Una situación, queda visto, horrible para quienes viven en Venezuela. Particularmente en sus centros urbanos. Como, en los hechos, no hay sino 2.000 millones de dólares de reservas líquidas, ellas se asignan con cuentagotas. Con una insoportable burocracia, que requiere toda suerte de certificaciones previas, antes de aprobar nada. Sólo el certificado de que lo que se desea importar no se produce localmente está tardando unos cuatro meses en emitirse. Y posibilitando oportunidades para la corrupción, como es obvio. Además, esta situación obliga a los deudores venezolanos por importaciones a vivir en el incumplimiento, lo cual, al ser un fenómeno extendido, genera el aumento (precautorio) de los precios de aquellos alimentos cuyo destino final sea Venezuela. Los aumentos de precios tienen, por lo demás, rezago respecto de una inflación desbocada, que está por encima del 30% anual. Esto descapitaliza vertiginosamente a muchos si no se cubren con algún aumento adicional de los precios, que “traslada” ese riesgo a los consumidores, que terminan siendo exprimidos, como “pato de la boda”. Cambiariamente, la situación de Venezuela es bastante mala. Las reservas totales del país caribeño son apenas unos 21.900 millones de dólares. Una caída del 26%, respecto del mismo momento, el año pasado. Los pagos de los intereses (el servicio) de la deuda externa han aumentado, de un año a otro, un astronómico 345%. En el activo, las cosas también preocupan. El precio de las barras de oro, que constituyen el 70% de las reservas del Banco Central, en lugar de subir, ha bajado. Y fuertemente. Con esta situación, no es entonces extraño que las importaciones totales venezolanas hayan caído un 14% respecto del año pasado. Para muchos venezolanos la vida diaria es una suerte de purgatorio. ¿A quién se lo deben? A los bolivarianos, obviamente. Empezando por el padre de este horror fantasioso e irracional: Hugo Chávez. Y siguiendo por Nicolás Maduro, que carece de la capacidad necesaria para enfrentar con éxito la situación que hemos descripto. Mientras tanto, el descontento crece y la oposición lo está capitalizando, según indican las más recientes encuestas. Sacar a Venezuela del pantano económico es una tarea ciclópea, no apta para quienes carecen de la dimensión necesaria para llevarla a cabo. Mientras tanto, en materia de política exterior, Venezuela ya no puede “adornar” a todos los que hasta no hace mucho recibían su siempre interesado apoyo. Con esto, el “clientelismo” fácil ha comenzado a desaparecer. (*) Analista Internacional del grupo Agenda Internacional.