De escándalos y blasfemias
Por Carlos E. Olmos (*)
Es curioso comprobar a lo largo de la historia el comportamiento del hombre y sus diversas reacciones frente a opiniones, ideologías o interpretaciones que no coincidan con la propia opinión, ideología o manera de ver las cosas.
Esto puede adquirir un matiz inusitado cuando se ven amenazados los intereses personales o de sector, las estructuras partidarias, ideologías políticas, estructuras religiosas, espacios de poder, etc.
Las actitudes consiguientes del hombre pueden ser de diálogo, búsqueda de consenso, debate, confrontación, indiferencia o también de repudio, exclusión, reprensión, agresión o persecución, amenaza y hasta incluso la confabulación de la misma muerte contra el «peligroso agresor», o aquel que se supone es un «obstáculo» en el camino.
El autoritarismo intolerante y despótico se inclina hacia estas últimas expresiones de rechazo. Está cegado por el poder y no acepta otra manera de ver las cosas. Está autoconvencido de poseer la «verdad absoluta» en algunos, cuando no en todos los órdenes de la vida.
Son ciertamente evidentes los esfuerzos que la Iglesia Católica, principalmente desde su etapa posconciliar, ha manifestado en la búsqueda del diálogo con el mundo y sus diversas realidades a través del magisterio del Papa y los obispos y de un cambio sustancial de la vida pastoral que ha surgido desde las mismas bases.
En este último tiempo la Iglesia Católica argentina, junto con otras iglesias y sectores sociales, ha sido generadora y promotora de importantes espacios de diálogo para responder a la crisis político-económica y social que recorre el país.
Sin embargo, resultan paradójicas y contradictorias las reacciones de autoridades eclesiásticas (arzobispo Jorge Bergoglio y obispo Héctor Agüer) y grupos de católicos que, por distintas causas, se han manifestado públicamente con discursos o con hechos de violencia en «defensa de la fe cristiana».
Todo esto me hizo recordar una frase que leí hace muchos años pero quedó grabada en mi memoria: «Cristo no necesita defensores sino testigos».
Tales reacciones sólo lograron avivar la polémica, darles publicidad mediática a los temas y generar en la gente, una vez más, una imagen de iglesia intolerante y autoritaria con escasa autocrítica. Decía un cantautor argentino: «Nunca se meta ni pase por juez de problema ajeno. El rancho suyo está lleno de cosas por arreglarse».
Y no se trata de asumir un silencio cómplice o de optar por la indiferencia, sino de comprender que previo a buscar graves faltas, pecados y blasfemias en los demás es preciso descubrir las que hay dentro de nuestra Iglesia Católica para poder sanarlas de raíz y evitar futuros escándalos: abusos de menores, violencia psicológica, malversación de fondos, pactos con el poder de turno, disposiciones sobre doctrina moral, etc.
De manera similar, la reciente prédica del ministro de Seguridad de nuestra provincia también se orienta a denunciar a los enemigos que no piensan de igual manera, demonizando a la opinión pública y a la libre expresión de algunos sectores de la sociedad.
En defensa de la ortodoxia y la «fe oficialista», que en lugar de crucifijo llevan el clásico «PIN» del MPN, se encuentran «demonios» por todos lados.
Uno de los caminos para preservarnos del «maligno» será entonces «educar» a cientos de jóvenes que ingresan en la fuerza policial, muchos sin auténtica vocación y para obtener un sueldo asegurado y obra social para su familia. Ellos deberán enfrentarse en combate apocalíptico (cruel y cobarde actitud por parte de quienes los exponen permanentemente) a los «blasfemos» que no respetan el orden, la paz y la «confianza» que los «salvadores» vienen a instaurar en su nuevo reino, sin aceptar que hacia dentro mismo del gobierno también hay graves situaciones escandalosas.
Desde algunos sectores de la Iglesia y del gobierno se utiliza la misma actitud: silencio y complicidad frente a los escándalos internos, intolerancia y autoritarismo cuando se pone en juego el poder y la estabilidad.
Es preciso y necesario para las instituciones, movimientos y grupos sociales que los principales responsables y referentes nos ayuden a mirar hacia dentro mismo de cada una de ellas para reorientar sus energías, fomentar y acrecentar lo mejor que cada una puede darle al conjunto de la sociedad.
Hay muchas personas con grandes virtudes y capacidades que sueñan algo diferente, algo nuevo, libre de todo vicio de corrupción, ambición de poder, autoritarismo e injusticia. Muchos que cada día y desde sus lugares de trabajo, militancia, participación, apuestan a terminar con los «escándalos y blasfemias» cotidianos.
La sociedad seguirá descreyendo de las instituciones y su discurso hasta que sus referentes no se expresen como auténticos protagonistas de un cambio sincero que ayude a instaurar la justicia y la paz para todos.
(*) Párroco de Ciudad Parque Industrial
Jaime de Nevares