Diagnóstico cierto

En una etapa como la actual, el presidente deberá crear un "consenso" nuevo. Los anteriores fueron inútiles.

Por Redacción

Si bien no se trata de una opinión desinteresada, el ex presidente Carlos Menem tiene razón cuando insiste en que la causa principal de la debilidad rayana en la parálisis que caracteriza al gobierno aliancista y que tantos problemas le ocasionó al renunciar el ministro de Economía, Jose Luis Machinea, consiste en la falta de conducción y que «si no hay conducción, no hay gobernabilidad». Asimismo, aunque podría argüirse que al presidente Fernando de la Rúa no le cabe otra alternativa que la de fingir tomar en serio los puntos de vista del cacique radical Alfonsín y sus partidarios, el mero hecho de que no haya conseguido marginarlos es evidencia de su propia incapacidad. Si De la Rúa tuviera una personalidad más fuerte, ya hubiera conseguido imponer la disciplina en las filas de la UCR, reduciendo al mínimo la influencia de su locuaz antecesor que, a esta altura, debería estar desempeñando un papel político decorativo comparable con aquel de la baronesa Margaret Thatcher en el Reino Unido, es decir, el de una figura casi histórica acaso venerada por los miembros de su propio partido sin que por eso los correligionarios le permitan incidir mucho en las decisiones de sus líderes actuales. No es que los conservadores británicos sean ingratos, es que, lo mismo que todos los políticos significantes del mundo democrático, comprenden muy bien que no hay nada más peligroso para un jefe de gobierno que tener que convivir con un «caudillo carismático» cuyo ciclo ya ha terminado y que, por no ocupar un cargo ejecutivo, no se siente del todo responsable por las consecuencias de sus intervenciones.

No es una cuestión de estilo sino de convicciones firmes y de confianza en sí mismo. Pues bien: a De la Rúa le encanta creerse un hombre del «consenso». A comienzos de su gestión afirmaba que gobernar a través de un consenso sería una «nueva forma de hacer política», concepto éste que repitió una vez más al inaugurar las nuevas sesiones ordinarias del Congreso de la Nación. Pero sólo se trata de un lema sin sentido real. Puesto que la Argentina está perdiendo terreno frente al resto del mundo desde hace muchas décadas, a De la Rúa debería serle evidente que modificar radicalmente el consenso vigente debería ser una de las prioridades de cualquier gobierno deseoso de emprender la tarea gigantesca de impulsar un período prolongado signado por el crecimiento económico, de progreso social y de vigor cultural. Como el mismo Menem se dio cuenta a inicios de su propia gestión, respetar el «consenso» equivale a comprometerse con el statu quo, es decir, con el fracaso, opción ésta que ningún líder podría considerar digna.

De la Rúa fue tomado por sorpresa por la renuncia de Machinea que no tardó en declararse víctima del clima autodestructivo que impera en el seno del gobierno. El principal responsable de esta realidad innegable fue, claro está, el presidente, y es de esperar que la experiencia le haya enseñado que el país no puede funcionar adecuadamente cuando el Poder Ejecutivo está encabezado por un hombre que no disimula su necesidad de contar con alguien – o, en su defecto, un «consenso» – que le diga lo que tendría que hacer. He aquí el motivo por el cual reemplazar a Machinea le resultó tan complicado que se vio obligado a intentar «reestructurar» el gobierno en su conjunto, lo cual era una forma de confesar que el esquema vigente a partir de diciembre de 1999 era básicamente defectuoso.

El estado del país luego de poco más de un año de gobierno aliancista es tan lamentable precisamente porque el Poder Ejecutivo no está aglutinado en torno a un «proyecto» coherente y sus integrantes, lejos de formar un equipo, se han dedicado a aprovechar las oportunidades en beneficio de sus líneas internas particulares bajo la impresión de que el gabinete constituye una suerte de minicongreso o asamblea estudiantil. No hay que decir que la causa básica de esta anomalía consiste en la voluntad peregrina de De la Rúa de soslayar sus responsabilidades so pretexto de estar buscando el «consenso» salvador. Por supuesto, no lo encontrará así. En una etapa como la actual, una de las funciones fundamentales del presidente es crear un consenso nuevo porque los anteriores bien se han desactualizado, bien han resultado ser inútiles.


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