La confianza presidencial

Por Redacción

Las imágenes de Bolivia, con 23 días de masivas manifestaciones y más de 50 cortes de ruta en todo el país reclamando desde subas inmediatas de salarios a la renuncia del presidente, muestra una realidad que parece instalarse en América Latina. Las “lunas de miel” poselectorales son casi inexistentes y la estabilidad política depende menos de la economía, de los ciclos ideológicos e incluso del apoyo en las urnas. La clave parece pasar hoy por una dimensión más compleja y frágil: la capacidad de mantener la confianza social en contextos de incertidumbre y volatilidad.

El caso boliviano es quizás el más extremo y el que podría tener consecuencias institucionales más graves, pero sigue el patrón de otros, como los de Chile y Uruguay, donde mandatarios elegidos con importante apoyo hace apenas unos meses muestran una inestabilidad creciente, producto de expectativas exageradas alentadas en campaña, impaciencia social, impacto de shocks externos, fragmentación política y desconfianza creciente en las instituciones.

Esta semana se difundió el primer informe de 2026 del programa de aprobación presidencial del observatorio Pulsar/UBA, basado en 159 encuestas en mandatarios de América y Europa, que revela una región atravesada por mandatos aún vigentes, pero prematuramente debilitados. Presidentes que sobreviven más de lo que entusiasman. “Gobiernos que administran desgaste antes que expectativas”, señala, donde las encuestas de aprobación presidencial dejaron de ser indicadores de entusiasmo para convertirse en una medida de “supervivencia política” de las administraciones.

El informe destaca que la situación del chileno José Antonio Kast ofrece una señal de época. El líder derechista llegó al poder con un contundente mandato de cambio, pero en apenas dos meses comenzó a repetir la misma curva descendente que sufrió su antecesor izquierdista Gabriel Boric, con índices de aprobación por debajo del 30% y un cambio forzado de gabinete.

 A pesar de las diferencias ideológicas, el fenómeno expone la “trampa del mandato del cambio”: la sociedad chilena espera transformaciones inmediatas en seguridad, inmigración y costo de vida prometidos en campaña, pero la velocidad de la política rara vez coincide con esta impaciencia social. Otros presidentes de signo progresista, como el uruguayo Yamandú Orsi o el brasileño Inacio Lula da Silva, también muestran signos de importante desgaste.

Pero es en Bolivia donde esa crisis de confianza adquirió la dimensión más peligrosa para la estabilidad democrática. El gobierno conservador de Rodrigo Paz enfrenta el escenario más delicado desde su llegada al poder con protestas y violencia callejera, escasez de combustible y alimentos y pedidos de renuncia que configuran una situación de alta fragilidad institucional.

Si bien las movilizaciones son impulsadas por el MAS de Evo Morales, organizaciones indígenas y sindicatos que desde el principio plantearon una oposición radical, el trasfondo económico potencia la crisis. Las reformas impulsadas por Paz (reducción de gasto estatal, eliminación de subsidios y privatizaciones) impactaron en una sociedad acostumbrada durante años a esquemas asistenciales. Aquí el conflicto ya excede la disputa política tradicional y pone en tensión la gobernabilidad.

El caso argentino asoma en este contexto como singular, donde Javier Milei logra sostenerse con niveles de aceptación cercanos al 40% después de un año de ajuste fiscal severo, que en otros momentos históricos hubiera generado un derrumbe inmediato, destaca Pulsar. Sin embargo, otras encuestas de mayo muestran que esta resiliencia puede estar en riesgo: muchos sectores empiezan a cruzar el “umbral de dolor económico” ante las restricciones por endeudamiento, la pérdida de poder adquisitivo y una creciente informalidad. Si bien el oficialismo parece mantener a su núcleo duro de votantes, las internas y los escándalos de corrupción opacan los avances económicos y socavan los apoyos de los sectores moderados al presidente.

Como señalan los datos de Pulsar, pareciera que para mantener la estabilidad a los presidentes en América Latina ya no les alcanza con ganar elecciones con amplitud ni ordenar la economía: necesitan una gran capacidad para reconstruir y sostener la legitimidad ante sociedades agotadas, polarizadas y cada vez más desconfiadas.

El caso de Bolivia ilustra quizás con la mayor crudeza lo que ocurre cuando ese vínculo entre el poder y la confianza ciudadana comienza a romperse. 


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