El decálogo del profesor activo

Marcelo Antonio Angriman*

Durante largas décadas se vivió la clase de Educación Física como un espacio donde se realizaban una serie de movimientos pautados y predecibles, con el corolario de un juego o deporte.


Un paréntesis o recreo extra, en medio de asignaturas como matemáticas, lengua, sociales o naturales, que sí eran trascendentes para al futuro de cualquier persona.


De dicho modo, la educación física fue la cenicienta y el profesor un ermitaño que se encerró en la cueva del patio o del gimnasio a hacer aquello que sabía, de la manera en que se lo habían enseñado.
La vertiginosa realidad actual, revolución tecnológica mediante, ha aumentado los índices de sedentarismo y obesidad a límites nunca antes vistos, con la posibilidad cierta según la OMS, de que las nuevas generaciones tengan una esperanza de vida menor a la de sus padres. Así hoy en nuestro país, seis de cada diez personas hacen del letargo un culto. Argentina es uno de los 20 países en que la gente menos se mueve.
De allí que propongo este “decálogo del profesor activo”, que no sólo depende del docente, sino también de las instituciones que lo forman y del sistema en el que luego se desempeñará.


Un decálogo es un conjunto de normas o consejos ‘que, aunque no sean diez, son básicos para el desarrollo de cualquier actividad’, tal como señala el Diccionario de la RAE. Los puntos que a mi entender devienen insoslayables para generar un cambio son:

1) Formación teórica:


Que las casas de estudios donde se forman educadores físicos machaquen hasta el hartazgo sobre las bondades del movimiento desde lo físico, biológico, mental y social. Ya Kurt Lewin (1890-1947) enseñaba que “no hay nada más práctico que una buena teoría”.

2) Argumentación:


No alcanza solo con la teoría, el educador debe saber convencer con conocimiento científico profundo y argumentación acabada.

3) Credibilidad del docente:


A ello, debe adicionarse que el profesor encarne el movimiento como algo natural en su propia vida. El discurso sin vivencia por parte de quien lo propone (ya sea dentro o fuera de la clase), hiere de muerte al mensaje.

4) Transversalidad:


La actividad física y sus beneficios tienen una densidad tal, que pueden atravesar la historia, la música, el dibujo, la geografía, la matemática, la lengua, el cine, en fin la vida entera.

5) Creatividad:


Buscar los puntos de contacto con otras asignaturas y desarrollar estrategias conjuntas, exige de inteligencia y de trabajo interdisciplinario. Talleres donde se trabaje el movimiento y el conocimiento, pueden ser propuestas fascinantes para niños y adolescentes.

6) Valores:


La actividad física en sus distintas formas y por su carácter vivencial, ayudan a desarrollar la solidaridad, la tolerancia, el respeto a las normas y el sentido de pertenencia.

Modificar la concepción de la educación física, jerarquizarla, puede hacer de la interdisciplina un espacio transformador, sustentable y divertido que genere hábitos.

A título de simple ejemplo, que pasaría si en un momento del año se realizara una bicicleteada en colaboración con una entidad de bien público y en cuya preparación se estudiara a Marie Curie, primera científica en ganar el Premio Nobel que era una enamorada de las bicis; se escuchara “Bycicle” de Queen y se analizara su letra; se hiciera un proyecto de ciclo vía para la Ciudad y reconocieran señales viales; se buceara en por qué en Holanda se utiliza dicho medio de transporte en forma intensiva, se investigara las ventajas desde la ecología y se discutieran las consecuencias morales, jurídicas y médicas del dopaje de Lance Armstrong. Si además se fomentara que los padres e hijos compartieran salidas, seguramente se estarían reforzando lazos y trabajando la integralidad de una persona.
En la medida que la actividad física se reduzca a una repetición mecánica de movimientos, donde no influye la inteligencia y el sentir de la persona, ésta será reducida a una simple máquina.

Hoy se sabe que con la actividad física se estimula la producción de endorfinas, serotonina, dopamina que fertilizan nuestras neuronas y disminuyen la posibilidad de depresión o stress.

Es hora que el sistema educativo salga del ostracismo y encare estas cuestiones con más determinación, buscando alternativas concretas que movilicen a los alumnos.

Este tipo de propuestas precisan del acompañamiento institucional y de una sensibilidad especial del cuerpo directivo que les permita ver mucho más allá del hoy. En apoyo de dicha postura, hoy todos tenemos un deber genérico de prevención contemplado en el CCYC (Art. 1710 y ss.) y hasta leyes de lucha contra el sedentarismo.

Si no se reacciona a tiempo los niños y adolescentes de hoy, serán analfabetos del movimiento a futuro, con múltiples factores predisponentes para contraer enfermedades cardiovasculares o derivadas de la excesiva quietud.

Ver la crisis como una oportunidad, es clave. Los datos fríos piden a gritos la intervención de los institutos de formación, del sistema educativo, de los padres y de los profesores activos.

Todavía el tren espera en la estación… aunque algunas campanadas preanuncian su partida.


(*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física. Docente Universitario.


Exit mobile version