El día de los autogolpistas

Por Redacción

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido parecen creer que muy poco ha cambiado en la Argentina desde comienzos del siglo pasado, razón por la que previeron que tarde o temprano el «gobierno popular» que encabezan se vería amenazado por golpistas al servicio de intereses espurios vinculados con la oligarquía terrateniente. Aunque ya no hay golpistas, a menos que se tomen por tales a los militantes peronistas movilizados por los intendentes del conurbano bonaerense que a fines del 2001 ayudaron a voltear al presidente Fernando de la Rúa, los Kirchner los ven en todas partes: en el campo, en las rutas y, huelga decirlo, en los barrios menos deprimidos de la Capital Federal. Como un Don Quijote redivivo, el matrimonio gobernante embiste contra estos golpistas fantasmales con furia sin darse cuenta de que lo único que logra es debilitarse cada vez más. Los Kirchner no son conscientes de que es así, pero para cualquiera que no comparta su extraña forma de interpretar la realidad es evidente de que se las han ingeniado para aislarse de buena parte del país: según encuestas recientes apenas el 20% aprueba la gestión de Cristina y el 33% piensa bien de su marido.

Mientras que se celebraban protestas ruidosas a lo largo y ancho del territorio nacional, Néstor Kirchner, acompañado por los ministros y secretarios del gobierno que le son más fieles -Julio De Vido, Ricardo Jaime, Nilda Garré, Alicia Kirchner y Florencio Randazzo- se fue a Plaza de Mayo convocado por el piquetero Luis D'Elía donde le dio una bienvenida bulliciosa una muchedumbre no muy grande conformada mayormente por «luchadores sociales» pagos. Se trataba de un episodio penoso protagonizado por alguien que parece imaginarse en vísperas de una batalla final que con toda probabilidad perderá, lo que es un tanto ridículo porque escasean los que quieren que el país se hunda en una gran crisis institucional de desenlace incierto.

Según el intendente socialista de Rosario, Miguel Lifschitz, «nos vamos acercando al precipicio y nadie hace nada» porque el gobierno no tiene «capacidad de reacción». Tiene razón en cuanto a la peligrosidad de la situación, pero se equivoca cuando dice que el gobierno es incapaz de reaccionar. El problema es que hasta ahora todas sus reacciones han sido contraproducentes. Atrapado medio gobierno en el «relato» heroico confeccionado por los kirchneristas, actúa como si estuviera luchando contra una horda de golpistas, de ahí la orden de reprimir que llevó a la detención de Alfredo De Angeli y 18 ruralistas más por la Gendarmería. Sería difícil pensar en una decisión más provocativa: en seguida, los cortes de ruta se multiplicaron y las entidades del campo no tuvieron más alternativa que la de reanudar el paro por algunos días: de lo contrario, se hubieran visto desbordadas por completo.

Para echar más nafta al fuego, D'Elía -un personaje que desempeña un papel central en el esquema kirchnerista-, se dio el lujo de aludir al artículo 21 de la Constitución conforme al cual «todo ciudadano argentino está obligado a armarse en defensa de la Patria y de esta Constitución», señalando de este modo que nada le encantaría más que ver estallar una guerra civil entre «las organizaciones populares, sociales, gremiales, políticas y todos los hombres de buena fe», es decir, los que piensan como él, y el resto del país. Es de esperar que los Kirchner no tomen tan en serio su propia retórica que accedan a la demanda de D'Elía, ya que si optaran por permitir a los piqueteros oficialistas armarse con algo más que los palos que suelen usar contra «los oligarcas» el país no tardaría en caer por el precipicio cuya proximidad asusta a Lifschitz. Pero la verdad es que a esta altura no sorprendería del todo que, so pretexto de que oponerse a su gobierno es anticonstitucional, desataran una ola anárquica de represión que daría pie a una convulsión aún mayor, y mucho más sanguinaria, que la producida por el golpe civil que puso fin a la gestión del gobierno de la Alianza. Es urgente, pues, que la presidenta recuerde a su marido que desde diciembre pasado no es más que el líder de una facción política y que se ponga a defender la Constitución alejándose de individuos como D'Elía que quieren que su gestión termine de la peor manera concebible.