El día en que todos fuimos negros

Por Redacción

El martes 4 de noviembre de 2008 no sólo pasará a la historia por la elección de un nuevo presidente de Estados Unidos en medio de una aguda crisis financiera global sino porque marcó el fin de la larga lucha -ya soñada por Martin Luther King- de los negros por lograr el pleno ejercicio de sus derechos civiles en este país.

La afluencia masiva de votantes -aquí el voto no es obligatorio- y el gigantesco esfuerzo de registro de electores que montaron los dos principales partidos estadounidenses, sumados al inusitado entusiasmo de la juventud, que generalmente había sido apática en los últimos años, fueron otras características de esa jornada histórica.

Al concluir el día, tras conocerse la victoria del senador Barack Obama, todos nos sentimos un poco negros. O, mejor dicho, mulatos, la mezcla de blancos y negros que tiene en su sangre el senador triunfante.

Fue particularmente emocionante ver en las colas de votación a hombres y mujeres de raza negra llorar abiertamente ante las cámaras de televisión por haber conquistado el derecho a sufragar libremente por un candidato que invitaba a la unidad del país. Y por sentir que se abría una nueva etapa histórica para los descendientes de esclavos que, por siglos, habían sufrido toda clase de humillaciones -inclusive los tristemente célebres linchamientos públicos, que se practicaron hasta bien entrado el siglo pasado- para lograr su reconocimiento como ciudadanos de primera clase en la democracia estadounidense.

A golpe de votos quedaba atrás la ignominiosa época de los baños, los restaurantes y hasta las fuentes públicas de agua reservadas «for colored only» (sólo para personas de color) que marcó la peor etapa del racismo estadounidense y se convirtió en vergüenza para la primera democracia del mundo, un sistema que llegó a discriminar a los negros hasta en los regimientos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial, en la de Corea y en la de Vietnam.

El 20 de enero próximo el mulato Obama ocupará el salón Oval de la Casa Blanca como otro presidente más. Y Estados Unidos demostrará que sigue siendo el país de las oportunidades en el que todo es posible. Una democracia aún imperfecta pero democracia al fin; tal vez por esto mismo la más admirable del mundo.

 

Rodolfo A. Windhausen

(*) Periodista argentino radicado en Estados Unidos


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