El dinero se va
Si los peronistas aún creyeran en lo de “combatir el capital”, estarían frotándose las manos para festejar su triunfo ya que el enemigo se ha puesto en fuga. Según acaba de informarnos el Banco Central, en el tercer trimestre huyeron 8.443 millones de dólares estadounidenses, llevando el total para los primeros nueve meses del año a 18.350 millones y el de la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a 67.300 millones, un monto suficiente como para financiar todo un programa socioeconómico. Por lo demás, la sangría reciente hubiera sido llamativamente mayor si no fuera por las medidas preventivas, algunas decididamente heterodoxas, que tomó el gobierno a fin de frenarla, ya que los responsables principales no fueron las grandes empresas sino los miles de personas que se abalanzaron sobre las casas de cambio para comprar billetes verdes. Se trata, pues, de un síntoma de la desconfianza que sienten muchos que, sin ser ricos, han querido defenderse contra una eventual sorpresa ingrata invirtiendo en lo que desde hace décadas es la moneda de referencia nacional, la que suele usarse para todas las transacciones importantes a pesar de los intentos de una larga serie de gobiernos por desaconsejarlo. Ni siquiera ha incidido en el ánimo de la gente la grave crisis fiscal en que se ha sumido Estados Unidos. Tampoco la han impresionado los vaticinios de quienes advierten que tarde o temprano el dólar perderá una parte sustancial de su valor porque, dicen, los norteamericanos no tendrán más alternativa que la de reducir las dimensiones astronómicas de las deudas que se las han arreglado para acumular impulsando la inflación. Bien que mal, no hay forma se saber cuántos dólares permanecen en el país, en cajas de seguridad o “bajo el colchón”, aunque es de suponer que el grueso de los comprados últimamente no ha sido transferido a otras partes del mundo por ser cuestión de una operación engorrosa que no está exenta de riesgos. Así y todo, están fuera del alcance del gobierno nacional y, con la excepción de los que circulan en la economía negra, no contribuyen a estimular ninguna actividad productiva. Para poder aprovechar lo que debería ser un recurso muy importante, sobre todo si uno incluye los centenares de miles de millones de dólares que se encuentran en paraísos fiscales y otros lugares en el exterior desde hace mucho tiempo, el gobierno tendría que asegurar a los ahorristas que si se les ocurriera invertir sus dólares en el país no correrían el riesgo de atraer la atención de los recaudadores de impuestos, algo que por razones legítimas –ya que los blanqueos son intrínsecamente injustos– ha sido reacio a hacer, pero puesto que la alternativa consiste en resignarse a una sangría constante de dinero que el país claramente necesita, no extrañaría que lo intentara, aunque a juzgar por la experiencia nacional en esta materia sería poco probable que tuviera éxito. Siempre ha sido evidente que el país no podrá merecer la confianza de inversores internacionales que no sean meros especuladores hasta que sus propios ciudadanos, en especial los muchos que nunca soñarían con probar suerte operando en las plazas bursátiles de otras latitudes, decidan que no les conviene procurar alejar su dinero de las autoridades locales. Por desgracia construir confianza, porque es de eso que se trata, requeriría muchos años de estabilidad relativa y estadísticas confiables, además, claro está, de fe en la honestidad tanto de los gobernantes actuales como de quienes andando el tiempo podrían sucederlos. Todavía pesan en la mente colectiva los recuerdos del “corralito”, de la “pesificación asimétrica”, del canje compulsivo de los plazos fijos en títulos públicos y, desde luego, del aprovechamiento de los guarismos confeccionados por el Indec intervenido para perjudicar a los bonistas, mientras que en el exterior el que tantos hayan atribuido las convulsiones que están causando estragos en la Eurozona a la irresponsabilidad de gobiernos de cultura política supuestamente afín a la de la Argentina ha hecho todavía más difícil una eventual reconciliación con “los mercados”. En tiempos de incertidumbre como el actual es natural que se intensifique la voluntad de los adinerados de buscar refugios seguros, evitando en cuanto sea posible los países que, por su trayectoria, les parecen imprevisibles.