El huracán Marina

Por Redacción

Si sólo fuera cuestión de un concurso de popularidad, de una especie de “reality show” que sirviera para que alguien disfrutara de un momento pasajero de celebridad mediática, la evolución sorprendente de la campaña electoral brasileña no motivaría inquietud. Según las encuestas de opinión, la presidenta actual Dilma Rousseff podría triunfar en la primera vuelta del 5 de octubre, pero en la segunda sería derrotada por un margen bastante amplio por la ambientalista Marina Silva, quien merced a la muerte de su compañero de fórmula Eduardo Campos en un accidente aéreo, a mediados de agosto, se vio convertida en candidata presidencial del Partido Socialista Brasileño. Por razones que tienen menos que ver con sus propuestas que con su novelesca historia personal, desde aquel momento Marina es la estrella más brillante del firmamento político de su país. Es evidente que el espectáculo brindado por el ascenso fulgurante de una exempleada doméstica, de fe evangélica, que aprendió a leer a los 16 años y acompañó al recordado ecologista asesinado Chico Mendes en su lucha contra los enemigos del medioambiente amazónico, ha encantado a muchísimos brasileños que, hartos de la “vieja política”, quieren algo nuevo, de ahí el entusiasmo desatado por la irrupción de Marina. Con todo, si bien no cabe duda alguna de que dista de ser una dirigente del montón, el que sea tan diferente de los demás no quiere decir que resulte ser capaz de afrontar con éxito la multitud de problemas estructurales que están frenando el desarrollo de nuestro vecino. Mal que les pese a los simpatizantes de la candidata socialista y de lo que simboliza, las telenovelas son una cosa y la política es, o debería ser, otra muy distinta. Por cierto, gobernar un país de 200 millones de habitantes que tambalea al borde de una recesión profunda que, de producirse, depauperaría a muchos que en los años últimos se incorporaron a la clase media, requerirá mucho más que una personalidad atractiva y buena voluntad. Si bien Marina dice estar a favor de una estrategia económica que podría calificarse de moderada, no parece tener ideas muy claras sobre lo que le gustaría hacer para solucionar los problemas más urgentes y, de todos modos, no contaría con la ayuda de equipos técnicos experimentados, lo que la expondría al riesgo de verse rodeada de improvisados oportunistas, desgracia ésta que suele darse con frecuencia en países de instituciones precarias. Asimismo, en las semanas últimas, Marina se ha manifestado dispuesta a modificar sus puntos de vista por motivos electoralistas, como hizo al dejar de proponer que se construyan más reactores nucleares para decir que, como corresponde a un ecologista, apostaría a la energía eólica, lo que hace sospechar que, de alcanzar el poder, privilegiaría su propia imagen por encima de los engorrosos detalles prácticos. Como no pudo ser de otro modo, el desafío planteado por Marina ha asustado a Dilma y a su apadrinador, Luiz Inácio “Lula” da Silva, el que acaba de advertirles a sus compatriotas que les convendría pensar dos veces antes de votar por una partidaria de lo que llama “la no política”. A la luz de la trayectoria del expresidente que, antes de su propio triunfo, tenía una reputación aún más alarmante que la ostentada en la actualidad por la “Lula con pollera” que amenaza con poner fin al largo predominio del Partido de los Trabajadores, la actitud que ha asumido parece irónica, pero la comparten no sólo los comprometidos con el statu quo sino también aquellos que creen que, dadas las circunstancias, lo que Brasil necesita es un gobierno menos intervencionista. Mientras tanto, Dilma, Lula y otros integrantes de la denostada vieja guardia mantienen cruzados los dedos y esperan que Marina resulte ser una estrella fugaz que, luego de haber encandilado a la mayoría durante un par de meses, termine apagándose al darse cuenta el electorado de que no estaría en condiciones de gobernar con solvencia. Es de suponer que a esta altura a Dilma le gustaría más basar su campaña en sus propios logros, y los conseguidos por el PT desde el inicio de su prolongada gestión a comienzos del 2003, que en las presuntas deficiencias de su adversaria principal, pero parecería que el malhumor imperante en Brasil la ha puesto tanto a la defensiva que cualquier intento de hablar de una década ganada le sería contraproducente.

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