El mundo de Putin

IVAN KRASTEV (*) Project Syndicate

Occidente ahora está viviendo en el mundo de Putin. Esto no se debe a que Putin tenga la razón o, incluso, a que él sea más fuerte, sino que esto ocurre porque él está tomando la iniciativa. Putin es “audaz”, mientras que Occidente es “cauteloso”. No obstante que los líderes europeos y estadounidenses reconocen que el orden mundial está experimentando un cambio dramático, ellos no pueden llegar a captar dicho cambio en su totalidad. Los líderes continúan abrumados por la transformación de Putin, desde su papel de presidente ejecutivo de Rusia, Inc., a su actual papel de líder nacional impulsado ideológicamente que no se detendrá ante nada para restaurar la influencia de su país. La política internacional puede basarse en tratados, pero funciona sobre la base de expectativas racionales. Si esas expectativas resultan estar equivocadas, el orden internacional vigente se derrumba. Eso es precisamente lo que ha ocurrido durante el curso de la crisis ucraniana. Hace apenas unos meses, la mayoría de los políticos occidentales estaba convencida de que, en un mundo interdependiente, un revisionismo sería demasiado costoso y de que a pesar de la determinación de Putin en cuanto a defender los intereses de Rusia en el espacio postsoviético él no recurriría a la fuerza militar para hacerlo. Ahora está claro que estaban dolorosamente equivocados. Acto seguido, después de que tropas rusas ocuparan Crimea, los observadores internacionales, en su gran mayoría, asumieron que el Kremlin iba a apoyar la secesión que apartaría Crimea de Ucrania, pero también que el Kremlin no iría tan lejos como para llegar a anexar Crimea a la Federación Rusa. Esa creencia, también, demostró ser totalmente errónea. En este momento, Occidente no tiene idea de lo que Rusia está dispuesta a hacer, pero Rusia sabe exactamente lo que Occidente hará y –lo que es aún más importante– también sabe qué es lo que Occidente no hará. Esto ha creado una asimetría peligrosa. Por ejemplo, cuando Moldavia solicite ser miembro de la Unión Europea, Rusia puede desplazarse para anexar la región moldava de Transnistria, que es una región separatista donde las tropas rusas han estado estacionadas durante dos décadas. Y Moldavia ahora sabe que, en caso de que eso suceda, Occidente no va a intervenir militarmente para proteger su soberanía. En lo que respecta a Ucrania, Rusia ha dejado claro que espera obstruir las elecciones presidenciales de mayo; éstas son las elecciones que los líderes occidentales esperan que vayan a consolidar el cambio en Ucrania y que al mismo tiempo conviertan las negociaciones constitucionales del país en un acto inicial en la obra del establecimiento de un nuevo orden europeo. Rusia prevé que Ucrania se irá a convertir en algo parecido a Bosnia –es decir, en un país radicalmente federalizado compuesto por unidades políticas donde cada una se adhiera a sus propias preferencias económicas, culturales y geopolíticas–. En otras palabras, mientras que técnicamente se preservaría la integridad territorial de Ucrania, la parte oriental del país tendría vínculos más estrechos con Rusia que con el resto de Ucrania –de forma similar a la relación que existe entre la República Srpska de Bosnia y Serbia–. Esto crea un dilema para Europa. Aunque una federalización radical podría permitir que Ucrania permanezca intacta mientras atraviesa por la actual crisis, lo más probable es que en el largo plazo esto vaya a condenar al país a la desintegración y el fracaso. Como lo demostró la experiencia yugoslava, la descentralización radical funciona en teoría pero no siempre en la práctica. Occidente se enfrentará a la incómoda tarea de rechazar soluciones en el espacio postsoviético que promovió hace dos décadas en la antigua Yugoslavia. Confrontado con el revisionismo de Rusia, Occidente parece estar comportándose como el borracho en el cuento de las llaves perdidas, donde ese proverbial borracho busca sus llaves perdidas bajo un farol porque ahí es donde se encuentra la luz. A pesar de que sus supuestos han sido invalidados, los líderes occidentales se esfuerzan por elaborar una respuesta eficaz. En Europa las estrategias que han surgido –entre ellas, trivializar la anexión de Crimea o considerar que Putin está loco– son contraproducentes. La UE oscila entre el extremismo retórico y el minimalismo en sus políticas. Aunque algunos han recomendado, de manera desacertada, una ampliación por parte de la OTAN en el espacio postsoviético, la mayoría de los países se está limitando a apoyar sanciones simbólicas, como las prohibiciones de visado que afectan a alrededor de una docena de funcionarios rusos. Sin embargo, esto podría aumentar paulatinamente la presión sobre las elites rusas que no fueron sancionadas para que éstas demuestren su lealtad a Putin y posiblemente incluso provocar una purga de los elementos más pro-occidentales en la clase política de Rusia. De hecho, nadie cree realmente que las prohibiciones de visados vayan a marcar diferencia alguna. Estas prohibiciones se impusieron porque fue la única acción sobre la cual los gobiernos occidentales pudieron ponerse de acuerdo. Cuando se trata de Ucrania, tanto los líderes occidentales como el público en general en los países occidentales se encuentran con un estado de ánimo de decepción preventiva. La opinión pública occidental hastiada por toda un década de pensamientos esperanzadores y expectativas excesivas –desde los relativos a las “revoluciones de colores” en el mundo postsoviético a aquellos vinculados con la primavera árabe– en la actualidad ha optado por escuchar solamente las malas noticias. Y éste es un riesgo real, porque el futuro del orden europeo depende en gran medida de lo que ocurra a continuación en Ucrania. Ahora está claro que la guerra de Crimea no retornará a Kiev, pero también que el aplazamiento de las elecciones del próximo mes significará el fin de Ucrania en la forma en que la conocemos. Es responsabilidad de Occidente persuadir a Rusia para que apoye las elecciones –y es también su responsabilidad garantizar que las reformas constitucionales necesarias se vayan a decidir en Kiev no en Dayton–. (*) Presidente del Centro de Estrategias Liberales de Sofía y miembro permanente en el Instituto para las Ciencias Humanas (IWM) en Viena


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