El problema de fondo

Mientras la población no recupere la confianza en el país, ninguna medida oficial, por más habilidosa que fuera, puede tener el efecto deseado.

Redacción

Por Redacción

Desde hace varios años tanto el gobierno -primero el de Carlos Menem y después el encabezado por Fernando de la Rúa- como el resto del país están esperando la tan deseada «reactivación» de la economía, pero hasta ahora no han surgido indicios de que el crecimiento esté por reanudarse, lo cual es lógico porque en los meses últimos el panorama político no ha dejado de oscurecerse, sembrando cada vez más «malhumor» a lo ancho y lo largo del territorio nacional. Aunque la incorporación al gobierno de Domingo Cavallo ha servido para estimular nuevas expectativas, éstas no han sido suficientes como para eliminar la sensación de incertidumbre imperante y existe el riesgo de que la buena voluntad estimulada por la actividad febril del «superministro» se agote antes de que ponga manos a la obra. Si esto ocurre, la crisis no tardará en entrar en una fase muy peligrosa.

De todos modos, mientras la ciudadanía no recupere su confianza en el futuro de la Argentina, seguirá siendo escasa la posibilidad de que la economía reencuentre el camino del crecimiento: por motivos comprensibles, los consumidores en potencia preferirán no arriesgarse gastando y los empresarios se limitarán a intentar capear el temporal hasta que amaine. En este contexto, ninguna medida oficial, por habilidosa que fuera, puede tener el efecto deseado. Como está confirmando la experiencia en escala decididamente mayor de la segunda economía del mundo, la japonesa, que no responde frente a medidas keynesianas desesperadas porque la gente se aferra al pesimismo, el desánimo constituye un obstáculo al progreso que puede resultar mucho más imponente que los supuestos por una mala política laboral o una tasa de cambio rígida. Para colmo, la depresión psicológica colectiva así supuesta propende a alimentarse de sí misma al tomar la población toda nueva racha de malas noticias por evidencia de que su desconfianza dista de ser caprichosa, por basarse en hechos reales aunque muchos de ellos son en última instancia producto de su estado de ánimo.

Romper este círculo vicioso debería ser el objetivo principal de todos los integrantes de la clase política nacional pero, si bien algunos parecen entender que se deben por lo menos un examen de conciencia o, si se prefiere, «autocrítica» por su actuación en el pasado, otros, luego de permitirse un breve alarde de entusiasmo por la «unidad nacional» cuando la crisis amenazaba con dejar al país sin gobierno, siguen estando más interesados en intentar aprovechar las circunstancias en su propio beneficio. Por ser la política una actividad competitiva por antonomasia, tal actitud puede considerarse natural, pero para que el país supere sus problemas actuales más graves será preciso que los «dirigentes», trátese de políticos profesionales u otros, decidan concentrarse menos en denunciar las muchas lacras existentes y más en proponer soluciones viables. Por cierto, no contribuyen en absoluto al bienestar del pueblo aquellos individuos que se especializan en asegurarnos que la crisis argentina es consecuencia no de los errores puntuales cometidos por sucesivas generaciones de políticos, sino del reemplazo en el mundo entero del estatismo a ultranza de otros tiempos por el capitalismo liberal, porque de ser así el país no tendría remedio alguno.

Sean buenas o malas las medidas que se han propuesto tomar ya los miembros del gobierno actual, ya sus eventuales sucesores, no brindarán los resultados esperados a menos que el grueso del país confíe en el futuro común. Es que un gobierno mediocre en un país razonablemente optimista siempre logrará mucho más que otro brillante en un país que ya se sienta derrotado. Si bien hasta ahora la gestión de De la Rúa no ha sido sobresaliente, dista de haber sido tan atroz como haría pensar el estado actual del país, anomalía que podría atribuirse a los resultados confusos de las elecciones de 1999, los cuales desembocaron en un gobierno ya minoritario que pronto tendría que alejarse de su propia base de sustentación, combinados con una herencia histórica que ha hecho de la Argentina un país en que la mayoría abrumadora se siente tan defraudada por el destino, que se opondría a cualquier gobierno actualmente concebible.


Desde hace varios años tanto el gobierno -primero el de Carlos Menem y después el encabezado por Fernando de la Rúa- como el resto del país están esperando la tan deseada "reactivación" de la economía, pero hasta ahora no han surgido indicios de que el crecimiento esté por reanudarse, lo cual es lógico porque en los meses últimos el panorama político no ha dejado de oscurecerse, sembrando cada vez más "malhumor" a lo ancho y lo largo del territorio nacional. Aunque la incorporación al gobierno de Domingo Cavallo ha servido para estimular nuevas expectativas, éstas no han sido suficientes como para eliminar la sensación de incertidumbre imperante y existe el riesgo de que la buena voluntad estimulada por la actividad febril del "superministro" se agote antes de que ponga manos a la obra. Si esto ocurre, la crisis no tardará en entrar en una fase muy peligrosa.

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