“En 1994 se terminaron los guapos. Alfonsín y Menem lo hicieron”

Por Redacción

La reforma de la Constitución de 1994 dejó a las provincias periféricas un sabor agridulce. Por un lado se logró incluir un artículo que dice que las riquezas del subsuelo son propiedad de las provincias; por otro, la eliminación del Colegio Electoral y la elección directa de los senadores, que muchos celebraron como un triunfo de la democracia, asestaron dos golpes mortales al federalismo. Hasta esa reforma, las provincias, todas, sabían que cada cuatro años adquirían protagonismo y poder. Al presidente lo elegía un colegio electoral formado por electores de todas y cada una de las provincias. En ese momento los candidatos a presidente debían negociar con cada una de ellas y asumir compromisos si querían obtener los votos para ser elegidos. A partir de 1994, al presidente lo eligen entre tres provincias: Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, las demás no pesan electoralmente; muchísimo menos las patagónicas, que tienen una muy baja densidad poblacional y, por lo tanto, pocos votos. La razón de ser de la existencia de dos cámaras legislativas es muy simple: una representa al pueblo y la otra, hasta 1994, representaba a las provincias. Desde 1994 a los senadores, que antes los designaban las legislaturas provinciales, los eligen los ciudadanos en forma directa; por lo tanto hay muchas probabilidades que los senadores no representen al gobierno provincial sino a la oposición al gobierno de esa provincia. A partir de 1994, la existencia de dos cámaras no tiene ninguna razón de ser, ya que ambas representan lo mismo. Pero desde la visión del centralismo y el bipartidismo que imperaban en ese momento, la situación pasa a ser óptima: a un gobernante le alcanza con quedar bien con los ciudadanos de esas tres provincias para asegurarse la gobernabilidad y, eventualmente, la reelección. En este contexto hay que inscribir la actual disyuntiva sobre si a las provincias periféricas les conviene o no plantarse abiertamente en la vereda de enfrente del gobierno nacional, cualquiera fuera el signo, o si es más conveniente establecer una relación de mutuo acuerdo y respeto. En el actual contexto de campaña se escucha a muchos candidatos decir que “estarán en la vereda de enfrente del gobierno nacional” y esas consignas las lanzan en un tono de violencia que no se condice con la función de representantes que deberán asumir. En 1994 se acabaron los guapos, eso hay que entenderlo. En el actual estado de cosas, y mientras no se cambie nuevamente esa parte de la Constitución, es más productivo negociar y consensuar, que gritar y patalear. Para aquellos legisladores que no tienen responsabilidades de gobierno en sus provincias es muy fácil asumir estas actitudes, ya que no están comprometidos con el funcionamiento del gobierno, pero rápidamente quedan gritando solos y una a una se les cierran todas las puertas. Para ser guapo hay que tener espaldas y un buen caudal de votos que lo respalden, el cual debe ser lo suficientemente importante como para asustar; de lo contrario, sólo será el hazmerreír del gobierno nacional, que se limitará a aislarlo y ponerlo debajo de la alfombra. Está claro que ser absolutamente incondicional, al punto de transformarse en un apéndice del gobierno nacional, tampoco sirve. En este sentido, y a pesar de que la propaganda mediática de campaña diga lo contrario, la actitud de los legisladores del MPN ha sido la de marcar un disenso respetuoso y firme cuando lo que estaba en discusión no convenció; el caso, tal vez, más paradigmático haya sido el de la polémica Resolución 125 donde votaron en contra del mandato de la Casa Rosada, con lo que se dio una clara señal de independencia de criterios. El federalismo de concertación ha demostrado, hasta ahora y a pesar de sus detractores, ser mucho más redituable para la provincia del Neuquén que el modelo anterior. ¿Es esto debilidad? No, es estrategia. Lic. Gabriel Flores, DNI 12.818.274 Neuquén

Lic. Gabriel Flores, DNI 12.818.274 Neuquén