Es la política…
El blindaje que el gobierno consiguió en términos de opinión pública hasta marzo de este año estuvo anclado políticamente en la luna de miel del 54% y en el operativo “gastemos hasta las vacaciones”, que casi nadie que pudo quiso desaprovechar. Ahora suben los precios, faltan artículos, el parate productivo se siente, los aumentos de salarios están por debajo de la línea de la inflación y no se puede acceder al refugio natural de los argentinos, el dólar. Hasta marzo, el bolsillo fue el encargado de mantener a raya los fantasmas que comenzaban a presagiar un año difícil en materia económica; ahora, una cosa potencia la otra. Cuando se destapó la olla, la realidad de la inflación fue lo primero que sintieron quienes jugaron su suerte a vivir el presente y comprobaron que los ingresos ya no alcanzaban tanto como antes para cubrir los gastos familiares. Probablemente el gobierno haya percibido el malhumor y por ese motivo dio marcha atrás enseguida con la “sintonía fina” de la quita de los subsidios a las tarifas de servicios públicos y organizó las gestas de soberanía por Malvinas y por YPF. En este último caso, el ingrediente económico tuvo que ver con la factura de importación de energía del último año, a la que los expertos dicen que llevó la política en vigencia de la administración kirchnerista. Los dólares gastados por esa canilla fueron la excusa para cerrar cada vez más el mercado cambiario, que desde noviembre está en cuarentena. De los controles impuestos a las importaciones y a los particulares, que se han exacerbado durante los últimos días, se han dicho muchas cosas sobre compensaciones de productos o sobre cupos nunca reconocidos. Pero lo duro es que, al ser indiscriminados, han afectado el ingreso de bienes de capital que hubiesen servido, por ejemplo, para fabricar productos de exportación. Sin embargo, la paranoia parece haberle ganado a lo estrictamente económico, ya que el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, suele decir a quienes lo visitan que la razón esencial del cierre cambiario es política ya que, según él, “la historia dice que con divisas en el Banco Central no nos van a voltear”. Además, los dos resonantes casos judiciales que acosan al gobierno tienen que ver con el uso de dineros públicos; en el caso Schoklender, a partir de casas construidas para la Fundación Madres, en una materia donde el control estatal brilló por su ausencia. La situación del vicepresidente de la Nación es mucho más vidriosa, ya que no sólo tiene sobre sus espaldas un probable tráfico de influencias sino, ahora, una imputación por enriquecimiento ilícito, el único delito del Código en el que hay que probar que no ha sido así. Todo se está haciendo cada vez más difícil para todos. En primer lugar, porque se comprueba que hay quienes están dispuestos a fugar divisas aun pagando el despropósito de hasta seis pesos por dólar. Pero, además, para el propio gobierno, que pierde reflejos a más no poder. Ninguno de estos hechos, hoy todos en fila, seis meses atrás hubiera hecho mella en la imagen presidencial. Pero hoy sí y el problema número uno es la incertidumbre por el estado de la economía, lo que no permite que pasen como antes todos los demás lastres. Ante el derrape actual, y como es consecuente con la tesis de la subordinación de lo económico a lo político, el gobierno, en todo caso, debería consentir, siguiendo la frase de Bill Clinton, que “es la política, estúpido”, la que está manejando hoy de modo inadecuado la economía. (*) Director periodístico de DyN
HUGO GRIMALDI (*)