Está en el aire

Redacción

Por Redacción

Carlos, mi vecino, ya no usa bastón. A los 88 años logró recuperarse de un dolor en las piernas que unas semanas atrás lo tuvo a maltraer. Ahora avanza sin miedo, firme. Recorre su balcón a paso lento. Manipula una especie de cortina de enrollar y, en lugar de una persiana, baja un tender en el que colgará la ropa dentro de un rato. Antes se queda con la mirada fija, seis pisos hacia abajo. Sonríe. Me muero de intriga por saber qué estará viendo. ¿Serán los chicos que no paran de gritar en el jardín de infantes? ¿Habrá alguna mina desnudándose? Aun a riesgo de ser visto, me asomo para descubrir qué es lo que mira. Estornudo. Nos miramos. –¿Nacho, qué tal? –saluda Carlos. –Bien, bien. Me estaba fijando de dónde venía el ruido. –¿Te querés venir a tomar algo? El vecino mide poco menos de un metro noventa, es robusto y aún tiene bastante pelo. Cada tanto lo veo salir con los palos golf o arreglado como para una cita. El portero del edificio dice que Carlos toma clases de inglés y –chismoso– añade con una sonrisa: “¡El viejo es tremendo! ¡Se agarra cada minita! Nada de jovatas, todas pendejas. Toma la pastillita y listo, es un avión”. El departamento del vecino tiene tres habitaciones y un living amplio con sillones. Nos sentamos, destapa una cerveza, sirve dos vasos y brindamos. La charla va tomando ritmo hasta que empieza a contar cosas más personales. Orgulloso, habla un rato largo de un hijo suyo que a fines de los 90 se fue a vivir a Barcelona y, acto seguido, recuerda a la mujer que amaba: “Fue mi compañera de vida pero hace unos años que ya no está”. –¿La extraña? –le pregunto. –Fijate que ayer, en la tele, vi “El curioso caso de Benjamin Button”. –Ah, sí, la película de Brad Pitt. –Sí, ésa, la del rubio pintón. –Claro. ¿Y por qué me cuenta eso? –Bueno, en un momento el tipo dice que estamos destinados a perder a la gente que amamos y se pregunta de qué otra manera sabríamos cuán importante son para nosotros. –… –Soy un agradecido de la vida. Creo que tener una actitud positiva no va a resolverme todos los problemas, pero sí les va a molestar a muchas personas. Así que vale la pena el esfuerzo. Carlos se para y va hacia la cocina. Vuelve enseguida con la cuarta botella de cerveza. Me acuerdo de los chismes del portero del edificio pero no digo nada. Hay algo que me intriga más: –¿Le puedo hacer una pregunta? –Dale, cuál es la segunda. –¿De qué se reía hace un rato? –El amor está en el aire y yo estoy respirando.

Juan I. Pereyra @pereyranacho


Carlos, mi vecino, ya no usa bastón. A los 88 años logró recuperarse de un dolor en las piernas que unas semanas atrás lo tuvo a maltraer. Ahora avanza sin miedo, firme. Recorre su balcón a paso lento. Manipula una especie de cortina de enrollar y, en lugar de una persiana, baja un tender en el que colgará la ropa dentro de un rato. Antes se queda con la mirada fija, seis pisos hacia abajo. Sonríe. Me muero de intriga por saber qué estará viendo. ¿Serán los chicos que no paran de gritar en el jardín de infantes? ¿Habrá alguna mina desnudándose? Aun a riesgo de ser visto, me asomo para descubrir qué es lo que mira. Estornudo. Nos miramos. –¿Nacho, qué tal? –saluda Carlos. –Bien, bien. Me estaba fijando de dónde venía el ruido. –¿Te querés venir a tomar algo? El vecino mide poco menos de un metro noventa, es robusto y aún tiene bastante pelo. Cada tanto lo veo salir con los palos golf o arreglado como para una cita. El portero del edificio dice que Carlos toma clases de inglés y –chismoso– añade con una sonrisa: “¡El viejo es tremendo! ¡Se agarra cada minita! Nada de jovatas, todas pendejas. Toma la pastillita y listo, es un avión”. El departamento del vecino tiene tres habitaciones y un living amplio con sillones. Nos sentamos, destapa una cerveza, sirve dos vasos y brindamos. La charla va tomando ritmo hasta que empieza a contar cosas más personales. Orgulloso, habla un rato largo de un hijo suyo que a fines de los 90 se fue a vivir a Barcelona y, acto seguido, recuerda a la mujer que amaba: “Fue mi compañera de vida pero hace unos años que ya no está”. –¿La extraña? –le pregunto. –Fijate que ayer, en la tele, vi “El curioso caso de Benjamin Button”. –Ah, sí, la película de Brad Pitt. –Sí, ésa, la del rubio pintón. –Claro. ¿Y por qué me cuenta eso? –Bueno, en un momento el tipo dice que estamos destinados a perder a la gente que amamos y se pregunta de qué otra manera sabríamos cuán importante son para nosotros. –... –Soy un agradecido de la vida. Creo que tener una actitud positiva no va a resolverme todos los problemas, pero sí les va a molestar a muchas personas. Así que vale la pena el esfuerzo. Carlos se para y va hacia la cocina. Vuelve enseguida con la cuarta botella de cerveza. Me acuerdo de los chismes del portero del edificio pero no digo nada. Hay algo que me intriga más: –¿Le puedo hacer una pregunta? –Dale, cuál es la segunda. –¿De qué se reía hace un rato? –El amor está en el aire y yo estoy respirando.

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