Eva y el tomismo

Por Redacción

“Entre el genio y el pueblo, para el caso entre Perón y sus seguidores, Eva solía decir –y no es casual– que no existía ni podía existir nada más. Sólo especificaba que lo que ella más deseaba era que en su propia presencia pudiera ‘el pueblo’ captar la presencia misma del líder; por eso absorbió de él ropajes morales, funciones y carismas. ”Todo eso, que aquí parece vago y abstracto pero que estaba bien arraigado en Eva –y era consciente y perfectamente estructurado en los hombres que intentaron dar forma su innata fuerza–, remitía a un imaginario antiguo, a una visión del hombre y del mundo que hunde sus raíces en el universo ideal de la cristiandad, a la que no es casualidad que se remitiera Eva continuamente. Pero se trataba de una cristiandad que desde mucho tiempo atrás estaba trabada en la lucha con las ideologías seculares en majestuoso avance. Esas ideologías no sitúan ya en el centro del universo a la comunidad, sino al individuo. En la comunidad ven un contrato racional, lo que constituye el presupuesto de la política, y no un orden natural en el que la política aparezca como una actividad artificiosa. Para gobernar la comunidad esas ideologías confían en la ley positiva, no en la autoridad moral encarnada en un poder dotado de un aura divina. En esa idea de cristiandad, que se expresa en la vehemente reacción tomista ante el liberalismo, cuya vanguardia integraban diferentes religiosos que fueron turnándose en su entorno, Eva reunía todas las características. En ella, éstas eran inconscientes e instintivas, como no podían dejar de serlo en una mujer que carecía de formación cultural; pero resultaban enteramente afines a las que también tenía el ‘pueblo’ que ella imaginaba y que, al fin de cuentas, demostró que sí existía, aunque no era todo el pueblo como Eva pretendía”. (Loris Zanatta en “Eva Perón. Una biografía política”; Sudamericana, 2009, pág. 433)