G1
Por Eduardo Basz
Khalilzad, embajador en Bagdad, John Bolton en la ONU y Paul Wolfowitz al frente del Banco Mundial. No es una mera asignación de personal en el área de las relaciones exteriores: los halcones desplegaron sus alas. La biografía de Khalilzad (de asesor de Paul Wolfowitz en los '80 a funcionario de George W. Bush en el 2000) es el itinerario del ascenso de un grupo de estrategas determinados a consolidar, profundizar y extender por todos los medios la hegemonía global de los EE. UU. Su estrategia global es coherente e impulsa ahora las acciones de Bush. La comprensión de esta agenda es fundamental para entender las verdaderas razones de la invasión de Irak en el 2003 y los acontecimientos que se desarrollan rápidamente en Medio Oriente: tanto las amenazas contra los «malvados» de Irán y Siria como las exigencias de «reformas» a viejos aliados como Egipto y Arabia Saudita.
El nombramiento de Khalilzad (todavía tiene que ser aceptado por el Senado) confirma la centralidad de Irak en esa agenda y la determinación de los EE. UU. de seguir adelante con sus planes globales, a pesar de los enormes obstáculos encontrados en el terreno iraquí. Khalilzad es considerado un protegido de Wolfowitz y del vicepresidente Dick Cheney. Nacido en Afganistán, emigró a EE. UU., donde estudió en la Universidad de Chicago (una usina de la escuela straussiana). En 1984 comenzó a trabajar en el Departamento de Estado, durante la administración Reagan, bajo las directivas de Wolfowitz. Durante este período ayudó a organizar el armamento de los mujaidines afganos (Osama ben Laden incluido, claro) que sostenían la yihad contra la URSS.
Después del colapso de la Unión Soviética en el '91, la administración de Bush padre comenzó a formular una estrategia global para consolidar el estatuto de EE. UU. como la única superpotencia del mundo: algo así como el G1. Así, el mundo pasó de los trastornos bipolares de la Guerra Fría al desenfreno unipolar contemporáneo. Fue pronunciado por primera vez en una «Orientación de Planificación de la Defensa» de 1992 redactada por Khalilzad bajo la dirección de Wolfowitz y del secretario de Defensa de aquel entonces, Dick Cheney. La «Orientación de la Defensa» exhortaba a que EE. UU., como informó «The New York Times», «no permitiera que ninguna superpotencia rival emergiera en Europa Occidental, Asia o en la antigua Unión Soviética». Cualquiera podrá notar que América Latina ni siquiera es contemplada. La «Orientación de la Defensa» llamaba a esto «la consideración dominante subyacente a la nueva estrategia de defensa regional, y requiere que nos esforcemos por evitar que cualquier potencia hostil domine una región cuyos recursos podrían, bajo un control consolidado, ser suficientes para generar un poder global. Esas regiones incluyen a Europa Occidental, el Este Asiático, el territorio de la antigua Unión Soviética y el Sudeste de Asia». De esta manera aparecen claramente identificados no sólo los nuevos enemigos sino también la firme determinación de reducir a los socios de la vieja Europa a la condición de vasallos. El plan estratégico derivaba casi «naturalmente» en el Golfo Pérsico. «En Medio Oriente y en el Sudeste de Asia nuestro objetivo general es seguir siendo el poder externo predominante en la región y preservar el acceso de EE. UU. y Occidente al petróleo de la región».
En 1995, Khalilzad describió todo esto en detalle en otra orientación estratégica con el propósito de que EE. UU. cumpliera con el nuevo destino manifiesto de convertirse en el G1: «De la contención al liderazgo global». Subrayó que ese país enfrentaba tanto oportunidades como nuevos peligros después del colapso soviético y que tenía que actuar decididamente para consolidar y extender su poderío en todo el mundo. Entre los nuevos peligros a los que se enfrentaba Washington, Khalilzad incluyó el potencial de «importantes conflictos regionales, intentos de hegemonía regional y la proliferación de armas de destrucción masiva», así como «caos y fragmentación dentro de los estados» y posibilidades que «la Nación jamás volverá a tener».
En 1998, el «Proyecto por un Nuevo Siglo Estadounidense» publicó una carta abierta a Clinton en la que advertía: «La política de 'contención' de Saddam Hussein se ha ido erosionando permanentemente» y «no podemos seguir dependiendo de nuestros socios en la coalición de la Guerra del Golfo para seguir manteniendo las sanciones. Estos acontecimientos ponen en peligro a nuestros amigos y aliados, como Israel y los estados árabes moderados, y a una parte importante del suministro de petróleo del mundo». La carta presentaba el fantasma de la adquisición iraquí de «armas de destrucción masiva», pero no mencionaba el «terrorismo». Concluía que «la única estrategia aceptable» era «remover a Saddam Hussein y a su régimen del poder». «Ese tiene que ser ahora el objetivo de la política exterior de EE. UU.». El texto iba firmado por Khalilzad y otros estrategas, muchos de los cuales se convirtieron en altos funcionarios de Bush júnior. Durante los años '90, Khalilzad también fue consultor de Unocal (una de las mayores compañías petroleras del mundo), y una de sus tareas fue negociar con el gobierno talibán los derechos para construir un oleoducto. Durante ese período, Khalilzad defendió públicamente a los talibanes.
En cuanto se hizo cargo de su puesto en el 2000, George Bush llenó su administración de estrategas favorables al predominio global. Khalilzad se convirtió en miembro del Consejo Nacional de Seguridad de Bush, como asesor especial del presidente para Asuntos del Oriente Próximo, el Sudoeste Asiático y Africa del Norte. Poco después de la invasión del 2003, fue nombrado emisario ante la oposición iraquí. El envío de Khalilzad a Bagdad (a la que pretenden convertir en la mayor embajada de EE. UU. en el mundo) afirma la importancia de la ocupación de Irak en los planes globales de Washington. Y su nombramiento, junto con el de otros neoconservadores de la línea dura, subraya la determinación de la Casa Blanca de seguir adelante con su cruzada para constituirse en el G1 del «siglo americano» .