Hombres de vírgenes varias
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Católicos, muy católicos. Quizá no de misa, de cumplir con la liturgia que define más el clero terrenal que la creencia. Y creyentes, muy creyentes de la Virgen. La Virgen en todas sus apariciones. Expresiones. Variedades. Devoción y entrega que muestran en sus uniformes vía medallas. De oro. De plata. La Virgen de Luján. –Sí, sí, Nuestra Señora de Luján, Patrona de la República Argentina y de Gendarmería Nacional –dice el gendarme a este diario mientras un viento si no helado muy parecido y la lluvia se descuelgan sobre el edificio Centinela. Luego habla largo rato sobre cuánto encomienda la vida de su familia y la de él a Nuestra Señora de Luján. Y el periodista recuerda al mesiánico general Juan Carlos Onganía cuando, puesto a presidente, ratificó de rodillas frente a la imagen de la Virgen de Luján, en Luján, que este país era occidental y cristiano. Lo primero, neutro a la hora de opinar. Lo segundo, fiero de criticar en tiempos de ese general que, como todos los generales, llegaba al poder para “salvar la Patria”. En general la dejaban maltrecha. Pero sí, los gendarmes y prefectos protagonistas del “gorrazo” que melló el poder kirchnerista se aferraron a sus vírgenes a la hora de chillar contra la injusticia de la que el poder los hizo blanco. De Caacupé. Stella Maris. De Fátima. Del Rosario. De Itatí. De Lourdes. Y la Virgen Desatanudos, la más joven incorporación que en materia de vírgenes han hecho muchos argentinos. Vírgenes en stickers pegados a los celulares. O en las mochilas. Incluso en los mates. En las pequeñas radios con que se informaban del devenir del proceso que habían puesto en marcha. Son hombres jóvenes en general. Prima la generación intermedia. Quedan muy pocos, a lo sumo algunas docenas, que estuvieran en actividad aquella noche gruesa que tiene impronta gruesa en la vida del país: el 24 de marzo del 76. Sólo en algún veterano anida en términos de mal recuerdo cuando el Ejército mandaba en Gendarmería. O la Armada en Prefectura. –Nos ninguneaban –dice Miguel, un gendarme norteño que entrado en años está retirado desde un tiempo que sólo puede precisar el recibo de sueldo que no tiene en mano. Pero ahora, en la noche del lunes, no tiene el recibo. Y vino desde Crucecita “a darles un palmazo a los pibes… valientes los pibes que están haciendo esto”. Miguel sólo reconoce a dos generales como buenos jefes de Gendarmería: Julio Alsogaray y Dalla Tea. –Alsogaray, un señor. Le mataron un pibe en Tucumán, era montonero. Y Dalla Tea otro señor, un intelectual. El periodista le cuenta que en 1964, siendo jefe de la Gendarmería, a Julio Alsogaray le tocó movilizar el arma contra el Ejército Guerrillero Popular. Un movimiento guerrillero que, liderado por el periodista Mascetti, nació y murió a la velocidad de un rayo. Y le cuenta que cuando varios de los guerrilleros cayeron en manos de la Gendarmería Alsogaray viajó a Salta. Conversó con ellos. Mandó a comprarles ropa. Y a uno de ellos, hoy veterano y pediatra en Córdoba, le cuestionó la mala calidad de los cigarros que fumaba. Luego, a comprar otros de mejor calidad. Y cuando conversó con aquellos rendidos foquistas, tras escucharlos, aquel general fieramente antiperonista, tanto que había pasado cuatro años de cárcel durante aquel régimen, comentó: –Mis hijos piensan como ustedes. Miguel escucha. Orilla los 80. –Puta, qué historia… Luego, Miguel y el periodista hablaron del otro general que mandó a Gendarmería en tiempos furiosos: Dalla Tea. Murió tiempo atrás. Sin ocultar sus largas y aún secretas conversaciones con los líderes de Montoneros. Aun cuando mandaba la muerte. –Puta, qué historia –remata Miguel mientras invita a comer un lomito en un tugurio de la avenida Castilla donde los camiones se agrupan prusianamente esperando su turno para entrar al puerto. “El lugar donde comienza el país”, dijo Carlos Pellegrini. Hombres de gestualidad sencilla son los gendarmes y prefectos. Amables. Mirada directa. Corpachones. Predominan los norteños y litoraleños. Manos regordetas. Ausencia de calvicie. Y la familia, siempre la familia. Y siempre la Virgen, claro.
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