Hormiguitas, el merendero familiar de Nahuel Hue

Un simple ejemplo de gente que quiere ayudar a sus vecinos, a los que menos tienen. El esfuerzo y la solidaridad no alcanzan, pero tampoco bajan los brazos.

Julieta Anaya y su hija Abril sostienen el merendero donde se brinda un plato de comida y contención. Foto: Alfredo Leiva

Julieta Anaya y su hija Abril sostienen el merendero donde se brinda un plato de comida y contención. Foto: Alfredo Leiva

En la casa de Julieta Anaya no hay lujos. Todo es sencillo. En la cocina están las dos ollas de aluminio relucientes que la mujer usó para preparar la carbonada, que fue el almuerzo de decenas de familias del barrio Nahuel Hue y alrededores. Esta vez, entregaron 147 raciones.

Julieta se toma un descanso. Está cansada. Desde hace dos años y medio cocina en su hogar para las personas de su barrio que necesitan un plato de comida caliente.

La inquietud por ayudar surgió de manera casual por 2019. Sus hijos le plantearon si sus amigos podían venir a la casa a tomar la leche. Julieta accedió. Tiene seis hijos y siempre disfrutó de los niños.

Se corrió la voz por las calles del barrio y los amigos se multiplicaron. Semanas después, Julieta resolvió que los sábados los chicos tomen la merienda. La demanda creció. Y la familia definió que tres días a la semana darían merienda y los sábados además almuerzo. Así nació el merendero familiar Hormiguitas.

Julieta comanda la cocina del merendero que está en los cruces de las calles Luckman y Dos Islas. Foto: Alfredo Leiva

En ese momento, la mujer trabajaba como empleada administrativa y su esposo en la construcción, porque es albañil.

Julieta recuerda que ponían una mesa larga que ocupaba toda la cocina de la vivienda que es pequeña. La casa de madera está ubicada en el cruce de las calles José Luckman y Dos Islas, en el barrio Nahuel Hue.

Llegó la pandemia, causada por el nuevo coronavirus, y la demanda se desbordó al ritmo del desempleo y la pobreza. Julieta y su esposo resolvieron que había que reforzar la ayuda.

Dice que el año pasado llegó a cocinar hasta 6 días a la semana en plena pandemia. “Cocinaba hasta los domingos”, relata. Recuerda que se formaban filas de hasta 2 cuadras frente a su casa para poder recibir una ración de comida.

Valora el apoyo de Raquel Pérez y su esposo, que pusieron en marcha en ese momento una olla solidaria, con la ayuda de amigos. Raquel justamente le prestó las ollas.

Unas 147 raciones de comida realiza cada día Julieta para los vecinos que necesitan. Foto: Alfredo Leiva

Cuenta que llegó a tener 240 personas anotadas de los barrios El Frutillar, 29 de Septiembre, 2 de Abril, Nuestras Malvinas y Nahuel Hue que concurrían a buscar comida.

Pero Julieta se quedó sin trabajo. Para colmo, había pedido un préstamo para pagar la conexión al gas natural domiciliario y el gasista que había contratado murió. Así que la ilusión de tener gas en su vivienda este invierno se derrumbó. Le quedó la deuda y nadie le reconoce lo que pagó.

Además, lucha todos los días contra una enfermedad que desde principios de 2019 no la deja tranquila. Ya superó 3 cirugías. Pero tiene una voluntad de acero.

Y a pesar de que el panorama se complicó bastante, la familia resolvió seguir adelante. La Red Solidaria y otras organizaciones sin fines de lucro la ayudan a sostener el merendero porque valoran su esfuerzo desinteresado. Pero no alcanza. La Municipalidad aporta un puñado de módulos alimentarios que Julieta entrega religiosamente a las familias que lo necesitan.

La mujer asegura que la familia compra la carne, que ella multiplica de manera milagrosa. Pero cada vez es más escasa. Los precios subieron tanto que se hace muy difícil.

Julieta y su esposo compran además la garrafa de gas y las verduras cuando no alcanzan las donaciones.

La semana pasada, estaba angustiada. Ya no tenía carne. Y quedaban unos pocos zapallos y papas. Tampoco había cebollas.

Julieta brinda su corazón y su cocina a las personas de los barrios del Alto. Foto: Alfredo Leiva

“Cocinamos tres veces por semana, pero ya no nos da el presupuesto”, lamenta. Cada garrafa de gas le cuesta 650 pesos y gasta tres por semana. Por eso, dejó de lado los listados. Entrega comida hasta donde alcanza. “Estamos muy cansados, pero no podemos parar. Ahora más que nunca se necesita ayudar”, sostiene.

Julieta es una mujer de fe. La sostiene en los momentos de debilidad. También, su corazón solidario. Tiene el apoyo de su esposo, Luciano Huenchupan, de sus hijas, Abril y Rocío, y de sus hijos, Mauro y Juan, que elabora el pan casero para entregar junto con las raciones de comida.

Ahora, está preocupada porque se viene el invierno y todavía no instalaron la salamandra en la casa, que ampliaron con mucho esfuerzo. Faltan las terminaciones, porque cuando llueve el agua se filtra. Pero no está dispuesta a aflojar. Ni ella ni su familia.

Raquel Pérez y su esposo colaboran en la cocina de Las Hormiguitas. Gentileza

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