Inmigrantes en la mira
El secretario de Seguridad Sergio Berni y otros políticos, entre ellos el líder del Frente Renovador Sergio Massa, el peronista disidente Francisco de Narváez y el radical Ernesto Sanz, que quieren cambiar la ley migratoria para que sea mucho más fácil expulsar a aquellos extranjeros que delinquen en el país, están pisando un terreno minado. Si bien en principio la propuesta puede parecer razonable, quienes la plantean insinúan que la inseguridad es un problema estrechamente vinculado con la inmigración masiva de personas de otros países de América Latina, lo que dista de ser el caso. Mal que nos pese, abundan los delincuentes nativos y no hay motivos para suponer que los extranjeros sean más proclives que ellos a cometer crímenes. Según las estadísticas suministradas por los servicios penitenciarios, el 5,7% de los presos son extranjeros, un porcentaje que es levemente superior al supuesto por la cantidad de residentes de origen foráneo en el país, una diferencia que puede atribuirse a que, como sucede en el resto del mundo, entre los inmigrantes hay una proporción mayor de hombres relativamente jóvenes. Tanto Berni como quienes coinciden con él aseguran que no albergan sentimientos xenófobos, pero al subrayar que entre los detenidos por robos y otros delitos se encuentran inmigrantes ponen en riesgo la seguridad de las comunidades de bolivianos, paraguayos y chilenos que han crecido últimamente. Al agravarse la situación socioeconómica del país, temen ser víctimas de discriminación, ya que voceros de la Uocra y otros sindicatos raramente dejan pasar una oportunidad para acusar a los extranjeros de privar a sus afiliados nativos de los puestos de trabajo que a su juicio les corresponden. Asimismo, con cierta frecuencia los indignados por las deficiencias de los servicios de salud, o de los colegios públicos, las atribuyen a la presencia de inmigrantes pobres procedentes de los países limítrofes. Hay dos variantes de la xenofobia: la intelectual, por decirlo así, y la popular. La primera se ve reivindicada con su vehemencia habitual por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros oficialistas que nos advierten contra lo peligrosas que, en su opinión, son “las ideas extranjeras”, tan distintas ellas de las argentinas. El intento de hacer del conflicto con los fondos buitre y el juez norteamericano Thomas Griesa el eje de la política nacional es la manifestación más reciente de la voluntad discriminatoria de una corriente ideológica que siempre ha sido muy fuerte y que ha contribuido mucho a frenar la evolución socioeconómica del país, pero que no parece haber perjudicado demasiado a los “imperialistas” extranjeros. En cambio, la otra variante de la xenofobia, la popular, sí suele tener consecuencias ingratas para muchas personas de carne y hueso. Aunque los prejuicios son menos virulentos aquí que en otras partes del mundo debido a que son escasas las diferencias culturales entre la mayoría abrumadora de los inmigrantes recientes y el grueso de la población, inciden en la vida cotidiana de quienes no se sienten bienvenidos, a veces por motivos subjetivos que a primera vista carecen de significado. Desde su punto de vista, las declaraciones formuladas por personas como Berni son preocupantes porque, al señalar que entre los detenidos por delitos en un operativo determinado hubo muchos chilenos o colombianos, todos se sienten amenazados. No se equivocan los que dicen que, en términos generales, la Argentina se ha mantenido relativamente libre de los conflictos étnicos y religiosos que en otras latitudes están provocando catástrofes humanitarias terribles, pero no nos convendría bajar la guardia ante los brotes esporádicos de antisemitismo o de hostilidad hacia colectividades determinadas, en especial las conformadas por bolivianos o paraguayos. En tiempos difíciles, culpar al “otro” por los problemas propios es una tentación universal. Aunque a nadie en sus cabales se le ocurriría acusar a los inmigrantes de países pobres de haber provocado el default “selectivo” en el que el país ha caído, la xenofobia intelectual y la popular se alimentan mutuamente al difundir la impresión de que, si no fuera por los ataques de extranjeros supuestamente resueltos a impedir que la Argentina levante vuelo, el país no tendría que preocuparse por nada.
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