La otra batalla de Pepe

Por Redacción

Miguel Pepe está probado en combate. Sabe lo que es la guerra. En la mañana del 30 de mayo del 82 tenía el grado de sargento primero. Y volaba en un helicóptero que a ras del suelo transportaba a un grupo de comandos de Gendarmería Nacional detrás de las líneas británicas. La batalla terrestre por las islas era intensa. Un Sea Harrier los descubrió. Entre ese momento y el impacto de un misil en la cola del helicóptero no medió nada. La habilidad del piloto del Ejército hizo que la nave se posara ruidosa y destartalada en el suelo. Cargada de explosivos y munición, el incendio predijo la explosión. El sargento Ramón Acosta alcanzó a rescatar a un joven oficial. El comandante Jorge San Emeterio y Miguel Pepe, al suboficial Rufino Guerrero. Tenía las piernas casi seccionadas. No hubo tiempo para más. El helicóptero explotó. Entre los muertos, seis eran gendarmes. El Harrier pasó rasante. Merodeó. No necesitó batir la zona con fuego de ametralladoras para asegurarse el resultado. Se alejó. Su piloto cumplió con su deber. Pero quizá incluso rumbo a su portaaviones lo ganó una reflexión amarga. Como le sucedió a un camarada suyo que días después derribó un C 130 argentino. Desarmado, en tanto avión de transporte. “Pensé en lo estúpido y cruel de esta guerra”, confesó después ese piloto. Esa guerra que “pasó en un tiempo que no podemos entender”, dijo Jorge Luis Borges en “Juan López y John Ward”. Y, tras Malvinas, Miguel Pepe siguió en Gendarmería. Pasó los 40 años de servicio y quizá sea el efectivo más antiguo del arma. Es suboficial mayor. Estilo llano, directo. Hombre muy apreciado en el arma. El martes, tras iniciarse la protesta de sus pares, intentó distender. En función del respeto que cosecha, quizá se lo sugirieron desde la cúpula de la fuerza, sorprendida por el cariz que tomaba el proceso. Y Miguel Pepe salió a hablar con los enojados. Les dijo que no era el método, que pasaran al patio interior de la fuerza a dialogar, que todo se podía arreglar. Les habló desde su veteranía, su historia. Pero cosechó un “no, no, no” expresado con movimientos de cabeza. Y, casi al oído, un joven cabo le dijo: –No, mi suboficial mayor, esta vez no lo seguimos. Disculpe. Nos duele. Miguel Pepe paseó su mirada por el conjunto. Y, resignado, ingresó al edificio. No le valió su leyenda.