La pesadilla ferroviaria del gobierno
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Puntano, 66 años. Abogado. Radical. Cara huesuda, cruzada con firmeza por arrugas largas, tajos. Cara de hombre cansado. De ese cansancio que les imprimía Graham Greene a sus novelas tramadas al calor de la Guerra Fría, esas “caras que de tan cansadas que parecen estar, son puros reflejos al acecho”. Manos largas, gestualidad suave. A Leandro Despouy, auditor general de la Nación (AGN) desde los agrios días de Eduardo Duhalde presidente, no le gusta hablar en primera persona de su gestión. Ausencia del “yo”, presencia del “nosotros”. Y ese “nosotros” –la AGN–, en línea con su deber, es un digno escollo a la prepotencia con que ejerce el poder el gobierno nacional.
Los términos en que Despouy fue advirtiendo sobre la corrupción en que se sustenta la política de subsidios al sistema de transporte y sus fatales consecuencias se integran a las páginas más destacadas de la historia del país en la lucha contra el ejercicio miserable del manejo del Estado. En ese marco, el informe que en el 2008 elaboró sobre el calamitoso estado del servicio ferroviario que ejercía TBA en líneas del conurbano bonaerense fue una luz cuyas señales el kirchnerismo en el poder no quiso descifrar. Así llegó la sangre, la muerte en Once. Y hace poco, en Castelar. Y así, al desenmascarar la trama de intereses que impiden evitar tragedias, Leandro Despouy y sus “nosotros” son la pesadilla ferroviaria del kirchnerismo.
En diálogo con “Debates”, Leandro Despouy reflexionó sobre lo que bien podría definirse como entramados culturales muy negativos que de alguna manera rigen la vida de los argentinos.
–Aquí, aun cuando sepamos que algo malo puede pasar, esto no implica que ese algo no acontezca. La conciencia, la idea, la representación de ese algo grave no es suficiente para tratar de evitarlo. Esta cultura está muy arraigada en la sociedad y se traslada al manejo del Estado –señala.
–En este marco, el informe nuestro del 2008 es emblemático de esa cultura –reflexiona Leandro Despouy. Y acota:
–¿Qué palabra define al informe? Precisión, fundada en argumentos técnicos sólidos sobre lo que estaba en juego, lo inexorable que estaba por delante si no se removían los engranajes que motivaban la decadencia del servicio ferroviario.
Leandro Despouy evita hablar del kirchnerismo. O de Cristina. O del gobierno. Habla de “ellos”. O de “comportamiento estatal”, o sea “ellos” en tanto encarnación en el manejo del poder.
–De cara al informe, tuvieron un comportamiento, cuando no opaco, de desprecio. Esa opacidad tiene que ver con una complicidad con los incumplimientos de las empresas concesionarias de líneas férreas. En fin, la cultura del incumplimiento –sostiene.
Pero de las reflexiones de Leandro Despouy inexorablemente emerge un dato que habla de otra conducta habitual en la práctica del poder de “ellos”.
–Sucedido lo trágico (N. de la R.: el accidente de Once), el informe de la AGN del 2008 se transforma en enemigo. Porque, además, la Justicia que interviene en el caso lo asume como un elemento para la investigación. Y, como el informe era indiscutible, hay que atacar al que lo firma. Invalidarlo, sacarlo. Y así (N. de la R.: en enero de este año) intentan sacarme de la Auditoría a partir del argumento de que, como era miembro de un partido opositor –la normativa establece que la AGN debe estar en manos de la oposición–, vencidos los ocho años de gestión y dado que el partido radical no había enviado la nota necesaria para ratificar la confianza para que siguiera en el organismo, al momento del accidente hacía dos años y medio que yo no era el auditor legal. Por lo tanto, los informes que nosotros habíamos elaborado en los dos años y medio anteriores para ellos no tenían valor –señala Leandro Despouy.
Rabioso el planeta K de tanta nostalgia setentista con la que se mueve en el poder, poco faltó para que lo acusaran de “agente del imperialismo”. O “esbirro de la CIA”. Recuerda:
–Me invitan a hablar con la Comisión Parlamentaria Mixta, con mayoría oficialista. Como yo insistía en que nuestro informe debía ser tratado, reflexionado por el Parlamento, creí que, bueno, me llamaban para eso. Pero no, ahí me dicen: “Mire, usted es un presidente trucho de la Auditoría. Si se quiere ir, bueno, váyase porque es trucho, todo lo que ha hecho es trucho. Pero, bueno, si el radicalismo quiere, lo podemos indultar. ¿Cómo es posible que usted, que reclama comportamientos éticos, sea un presidente trucho?”, me dicen. No era teatro, era una presión directa incluso bajo la advertencia de que tenía que devolver los salarios cobrados en esos dos años y medio. Pero lo más grave era el traslado automático que hacían para invalidar el informe porque decían: “Si fue elaborado por una Auditoría conducida por un ‘trucho’, el informe no tenía valor”. Querían llevarme puesto. Esta vez apretaban más, pero el tema venía de lejos, de los informes sobre cuestiones energéticas, sobre la gestión de Jaime en la Secretaría de Transporte, de lejos, lejos…
La cosa se pondría peor: a fines del 2012 Despouy advirtió nuevamente de que el sistema de trenes y subte se encontraba en estado de “emergencia nacional” y sostuvo que el servicio estaba “en medio de un volcán donde pueden producirse accidentes graves”. Pocos meses después se produciría la tragedia de Castelar.
Leandro Despouy se recuesta sobre el respaldo de un viejo sillón de cuero que viene del sótano de la formación del Estado nacional.
–Sí, nos querían llevar puestos desde hacía tiempo. Pero esta vez hubo dos cuestiones claras. Una, la oposición respondió homogéneamente. Dos: la calle, la gente, nos decían “resistan, resistan” y también los medios, que advirtieron sobre la razón de la ofensiva. ¿El gobierno? Bueno, dijo “regularicen la situación”. Si me sacaban, caía la imagen de la AGN, era un dato fundacional con independencia de que yo quedara como un farsante. Pero ganó la transparencia de lo que hacemos, la gente, los medios, nos defendieron. Incluso los medios oficialistas no se atrevieron a invalidarnos, porque quedó claro que esta Auditoría no es un apéndice del poder de turno. Antes el Congreso veía a la Auditoría como un contubernio entre fuerzas políticas. No fue fácil, pero lo logramos. El poder sabe que aquí no pasará –remata Despouy.
Y ese “no pasará” suena a la Dolores Ibárruri del 36 en aquel Madrid que eran dos Madrid a cara de perro.
Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Transporte y desarrollo
(Continúa en la página 26)