“La política requiere

En su reciente libro “Usos del pasado”, Claudia Hilb reflexiona, entre otros temas, sobre el descarte que los grupos armados hizo de la política como método de resolución del conflicto, negación que se pagó caro.

Por Redacción

entrevista: A Claudia Hilb, especialista en violencia política

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

— Con su libro “Usos del pasado. Qué hacemos hoy con los setenta”, usted engrosa una mirada crítica a la lectura que, desde la izquierda y sus vecindades, se viene haciendo de lo sucedido en los ´70: Beatriz Sarlo, Hugo Vezzetti, Graciela Fernández Meijide, Ricardo Leis. ¿Hay ya una corriente revisionista sobre el tema?

— No le pongo nombre. Simplemente se profundiza la interpelación crítica sobre lo sucedido. Yo me exilio a finales del ´76. Tenía 20 años. Y en Francia, donde me formé, no tardé mucho en interrogarme sobre lo poco fecundo para conocer la verdad de lo que estaba sucediendo; era colocar la reflexión en un solo lado… hablar del Mal de la dictadura, de la derecha, etcétera, pero no interpelarnos sobre cómo desde el Bien se había abonado ese Mal.

— ¿En tanto interpelación, o sea reflexión en tránsito, qué dificultades se presentaban?

— Como señalo en el prólogo: teníamos -con muchos otros exiliados latinoamericanos que estaban en Francia- percepciones de lo sucedido y de lo que estaba sucediendo en nuestros países. Pero también teníamos déficits de palabras con las cuales pensar esas percepciones. No había vacío de conformación de ideas, pero había que, digamos, organizarlas.

— ¿Qué expresa toda esa -digamos- dialéctica?

— La dimensión cruda, terrible, de lo acontecido y que seguía aconteciendo en esos términos.

— A lo largo de su libro, el desprecio por la política está, de una manera u otra, presente como un determinante de las causas de lo sucedido. ¿En aquellos años sintió que era una causa excluyente?

— En el marco de la interpelación que uno se hacía se fue conformando que el desprecio por la política de la que habían hecho gala las organizaciones armadas, debía ser reflexionado en términos de punto de partida para avanzar en búsqueda de respuestas. No era un desprecio coyuntural. Debía ser reflexionado como una determinante estructural -y así lo trabajo en mis publicaciones-, de toda aquella forma de pensar el modo de resolver los asuntos humanos bajo la forma de modelar la “arcilla humana”, que es la forma en que reflexioné lo hecho por el régimen cubano. Modelar lo humano para adecuarlo al ideal de lo que se quiere lograr.

— ¿Ingeniería donde no cabe la ingeniería?

— Podría ser…

— En línea a su reflexión, la ausencia de política no es un fracaso puntual. ¿Es cultura en la historia argentina?

— Yo no reflexiono el tema desde esa perspectiva, que en todo caso no excluyo como mirada. Pienso el tema desde un punto de vista más indisociable: no pienso que hay un momento de fracaso político de la guerrilla y un momento de fracaso militar de la guerrilla, sino que la concepción de la política con que se partió rumbo a la lucha armada, se fundó desde el vamos en el desprecio de la política en tanto lugar donde se tramitan conflictos que no tienen una resolución absoluta. Porque este es el sentido de la política en sentido democrático…

— ¿Un sentido que fue estorbo para los grupos armados?

— Lo reflexionaron desde ese prisma, por supuesto. No se instalaban en la lucha pensando que la política era -yo en mi libro lo llamo “ámbito deseado o adecuado”- para resolver el conflicto. Y digo que mucho menos si computamos que en el designio, en los planes de las organizaciones armadas, estaba el convencimiento de construir una sociedad en la que el conflicto social era historia, sería superado. Una utopía, sí. Pero ese convencimiento implicaba que la política misma habría sido superada.

— Cabe la conjetura, en todo caso el interrogante contrafactual: ¿qué hubiese sucedido si la guerrilla toma el poder?

— Bueno, yo también me formulo esa pregunta… sí, sí: ¿qué se hubiese construido desde ese convencimiento de superación o de lo inútil de la política?

— ¿Y que se responde?

— Una aproximación a una respuesta es reflexionar en qué devinieron las grandes revoluciones triunfantes en nombre de la izquierda y basadas en la idea de construir un todo, modelar la vida como se modela con la arcilla… bueno, la reflexión conduce a agarrarse de los pelos. Eso es China, la Revolución Rusa, la cubana. Las tres terminaron en ejercicios de poder excluyentes en su dominación y persiguiendo todo lo que les era diferente, lo que no encuadraba en el proyecto. Mire… hay algo que la política no puede evitar si quiere llamarse política: la alteralidad. La alteralidad como enfermedad, excrecencia, etcétera, es algo “gusano” para el caso cubano. Esto pasó y pasa… ordenar la vida social, lo humano negando la naturaleza de la alteralidad, lo distinto, el conflicto.

— En otros términos, ¿esa ingeniería niega esencias de lo ontológico del ser?

— La negación hace a lo ontológico. Y desde una perspectiva antinatural, en consecuencia: porque de hecho, y lo dice la historia, todo la historia por así decir el conflicto; siempre vuelve en lo que hace al ámbito de lo humano. Es estéril aspirar a eliminarlo.

— Pero eso también es propio del nazismo y el fascismo, ¿o no?

— ¡Por supuesto, hace a sus fundamentos! Y es notable ver la cadena de significantes con que en los regímenes totalitarios se define a lo distinto: Cuba, con sus “gusanos”, los nazis con “ratas” para los judíos o incluso “serpientes”. Es decir, roedores, feos, sigilosos, portadores de infecciones, etcétera.

— Aquí, el nacionalismo católico apeló a lo mismo de cara a los judíos y franjas enteras de inmigrantes europeos…

— La cuestión es inyectar miedo en la sociedad.

— Beatriz Sarlo sostiene que hacia el interior de una parte de la Argentina, el asesinato del General Aramburu no necesitaba explicarse. Para sus autores, se explicaba en sí mismo desde la historia de Aramburu. ¿Cómo reflexionar este acto en tanto atajo para resolver una cuestión que hacía al orden de lo político?

— No soy una especialista del caso Aramburu, que por otra parte me parece que tuvo una instrumentación que todavía no está muy clara en sus alcances. En todos mis trabajos yo no procuro una condena angelical de la violencia, ya sea la violencia más instrumental y racionalizada, y la espontánea. Yo no escribiría un libro diciendo que estuvo mal ponerle una bomba a Hitler para matarlo. Probablemente hubiese celebrado la muerte y después me hubiese puesto a pensar cómo escribir sobre eso. Reitero, no pretendo hacer una condena general de la violencia. Es decir, yo, puesta a juzgar, tengo que juzgar ese acto. Pero lo puedo juzgar después, no lo puedo justificar a priori… En línea a esto hay una falacia que hace a la tortura. Para justificarla, se habla de la colocación de una bomba en un colegio, de la detención de quien puso la bomba y de si hay que torturarlo o no para saber dónde está la bomba y así desactivarla. Yo no puedo juzgar nunca a priori ni a favor de la violencia, ni la tortura. Pero, puesta ante el caso, veré qué hago con mis valores, con los valores en pugna en ese momento.

— Tema fiero…

— Muy fiero…

Martín Heer