“La política se
fue del partido

Larriqueta considera que la dirigencia política no toma en cuenta al afiliado a los partidos, una conducta que contradice la necesidad de construir un sistema político vigoroso que reemplace al movimientismo.

Por Redacción

entrevista: Daniel Larriqueta, economista, radical

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

–¿Por dónde está discurriendo el sistema político argentino?

–Por desfiguraciones de lo que es la política… precariedad o, si se quiere, desaparición de los partidos políticos, que son el espacio donde se encarnan sueños, proyectos; se forjan y cohesionan ideas, identidades sobre lo público, su manejo… sobre todo lo que nos es común para organizarnos y vivir en comunidad.

–Y su partido, la UCR, ¿qué es en todo este licuado?

–Una historia importante, una voluntad de lucha, de poder, mucho por reflexionar y un espacio que debe encontrar ideas movilizadoras, para lo cual hoy trabajamos muchos radicales desde planos inmediatos a la Convención Nacional que lidera.

–Y de cara a las parlamentarias de octubre, ¿cómo está el radicalismo?

–No bien en la Capital Federal, grave. Ausente en el conurbano, muy grave. Bien en el resto de la provincia de Buenos Aires. Quizá ganemos en Córdoba. Y ganamos en Mendoza, Santa Fe, Corrientes, Catamarca, probablemente Santa Cruz y en algunos otros distritos.

–¿Qué estamos pagando –por así decir– en materia de sistema político en relación con la decadencia de éste?

–No reflexione mi respuesta en términos de patología de la política nacional; en todo caso, se trata de mi mirada. En relación con esa decadencia hay un juego de causa-efecto muy estricto: los orígenes movimientistas de nuestras dos mayores fuerzas políticas, radicales y peronistas. Yo he trabajado este tema en dos de mis libros, “La Argentina renegada” y “La Argentina imperial”, donde digo –y permítaseme la ironía– que los peronistas bajaron de los trenes y los radicales de los barcos. El radicalismo nació expresando mucho de lo formativo que le dio la Generación del 80 a la organización del Estado y sus obligaciones como aparato, los derechos que otorgó, la inmigración que alentó. Es decir, el radicalismo nació más como un movimiento que interpretó toda esa movilidad que como un partido con estructuración ideológica consistente. Para hacer política tuvo que expresar todo lo que se denominaba “Argentina atlántica” en términos de la masividad que adquiría la mudanza que signaba a la sociedad argentina a partir de 1880, cómo se transformaba en una sociedad cosmopolita, abierta, con mucho de liberal. El peronismo, por su parte, encara otra raíz cultural. Es más tradicionalista, nace con mucha impronta de la sociedad anterior a la inmigración, con fuertes raíces en los espacios del interior del país impregnados de conservadurismo, un interior muy reactivo a la inmigración, espacios donde aún hoy el ejercicio del poder institucional tiene mucho de conservador y una fuerte gravitación de la Iglesia Católica en la vida cotidiana, en las reglas sociales aún hoy. Y así nació el peronismo como movimiento. Pero ahora lo que requiere el país para modernizar definidamente su sistema político es superar lo que queda de todo este pasado movimientista de unos y otros, inyectarle partidos políticos al sistema político.

–En línea con este razonamiento y por la duración del movimientismo, ¿por qué no definir como patología esa persistencia?

–Porque fue una consecuencia de un proceso natural de desarrollo político, una resultante que se irá superando incluso a fuerza de los desafíos, porque no hay democracia sin partidos políticos… a no ser que los argentinos nos negáramos a vivir en democracia, cosa que descarto a pesar de los déficits de nuestra democracia.

–¿Por dónde definir las diferencias entre movimiento y partido? Portantiero decía que eran emociones distintas.

–Sí. El movimiento es un estado de ánimo, una referencia que incluso puede ser lejana, un aglutinamiento que se produce en determinado momento aun admitiendo que se prolongue en la historia, es masivo. En cambio, el partido es una organización más pequeña.

–No tanto: ustedes los radicales dicen tener dos millones de afiliados y los peronistas tres…

–Todo ficción, mucha ficción en esos números. Lo concreto, sí, es que el Partido Socialista Francés, fuerza que conozco muy bien, tiene 120 afiliados, pero son afiliados que cotizan en el accionar del partido, van a sus reuniones programáticas, debaten y votan en internas para elecciones internas para autoridades, para candidatos electorales. No hay dedo como acá. No hay patrones del partido: hay intereses en común en tanto una sociedad de la cual todos los afiliados son dueños porque todos aportan al mantenimiento de la estructura… incluso, si el afiliado no tiene dinero, aporta horas trabajo. ¡Eso es un partido político!

–En tanto partido sin propietarios, sin personalismos, ¿cree que este tipo de partido le interesa a la dirigencia política argentina?

–No, claro. Lo he escrito incluso. No les gusta en nada que el afiliado controle al dirigente, mucho menos cuando un dirigente, en nombre del partido, está en la función pública. Tampoco que el afiliado opine o reclame sobre la línea política del partido; no hay retorno en la relación desde una inquietud que, con todo derecho, eleve un afiliado.

–¿Cómo ejemplificar en la vida del partido la ausencia de importancia del afiliado?

–Por ejemplo, en el financiamiento. Como el afiliado aquí no cotiza, aquí los partidos no tienen ni para pagar el teléfono. Bueno… a la hora de la plata los dirigentes van en procura de los empresarios para que aporten sabiendo, claro, el dirigente que este aporte implica que, de llegar al poder, bueno, el empresario le requerirá algunas retribuciones.

–Al correr al afiliado de su interés, ¿cabe inferir que el dirigente corre también a la gente, que en todo caso, siguiendo a Lenin, la política tiene sentido en la gente?

–La dirigencia es renuente a meterse y meterse en la gente. Reuniones aquí o allá, pero todo siempre bien preparado como para que nada se salga de madre, lo reten, lo cuestionen.

–Lula dice que lo peor que le puede pasar a un político es que en silencio la gente lo mire a los ojos como diciéndole “me estás mintiendo”…

–Y sí, claro. Recuerdo cómo casi pierde la vida Raúl Alfonsín en Río Negro, ahí, bajo nieve intensa, rumbo a juntarse con la gente de un pueblo pequeño. ¿Sabe lo que le interesa al grueso de los dirigentes?

–No.

–Los medios, lo mediático… aparecer y aparecer en los medios aunque no tenga legitimidad y aun bajo riesgo de que la gente no bien los ve los saca porque ya sabe todo lo que van a decir esos dirigentes.

–El habitual “¡sacame mañana, sacame mañana por donde sea!”, el pedido que muchos políticos le hacen minuto a minuto a su gente de prensa…

–Y para no desarrollar ninguna idea, simplemente para estar en la agenda. Muchos políticos existen por los medios pero a la hora de los votos son inexistencia. Yo he escrito en “La Nación” que el político tiene una “tarea consular”: palpar en contacto directo lo que la gente dice de él, sin mediaciones de ninguna naturaleza. No, no hay crítica a los medios, pero no es menos cierto que la política se fue de los partidos a los medios.