La promesa de un nuevo comienzo
Estamos atravesando un momento auspicioso de la democracia argentina, aquel en el que la política se transforma en una invención colectiva y una construcción compartida. En el torbellino de esta transición entre un gobierno que se va yendo y fenece y otro que viene llegando y asoma corremos el riesgo de perder de vista la dimensión del cambio histórico que se está produciendo en la democracia argentina, una que trasciende a sus figuras protagónicas y las coloca como actores de una obra más amplia cuya trama aún desconocemos. La sumatoria de novedades vino en cascada a partir de los resultados de la primera vuelta electoral, el 25 de octubre; la derrota del peronismo en la Provincia de Buenos Aires, tan sorprendente como la victoria de María Eugenia Vidal, primera mujer que llega a la gobernación del primer Estado argentino; la paridad entre Scioli y Macri en la carrera final por la presidencia y el debut del balotaje, el primer debate entre los dos candidatos y la elección presidencial más competitiva de la historia, con el resultado final cabeza a cabeza –51 a 48%– que consagró al primer presidente que no viene ni del peronismo ni del radicalismo y lleva al gobierno al primer partido creado en el siglo XXI. Otras singularidades –el primer empresario en llegar a la presidencia y por primera vez un hombre nacido después de 1955, la primera vez que los gobiernos nacional, bonaerense y de la Ciudad Autónoma estarán en manos del mismo partido y la primera vez que un partido de centroderecha liberal llega al poder por los votos– completan este paisaje novedoso. Para sorpresa de todos, hay alternancia en el poder. La sociedad argentina eligió el cambio y les dijo “ya es suficiente” a quienes prometían “continuidad del proyecto” luego de doce años en el poder. No sólo se cierra el ciclo de la larga década de gobiernos kirchneristas. El ascenso del Pro al frente de una coalición electoral con el radicalismo termina de cerrar un capítulo abierto con la crisis del 2001. Las dos fuerzas nacidas de aquel naufragio del sistema político bipartidista dominado por peronistas y radicales –FpV y Pro– se colocan como pivotes de un nuevo escenario en el que están obligadas a coexistir e interactuar, se necesitan una a la otra. No sólo están en condiciones de competir y sucederse en el gobierno, sino que deben coexistir y compartir decisiones, una al frente del Ejecutivo y el gobierno de las provincias en las que vive el 45% de los argentinos, la otra con mayoría en el Senado y primera minoría en Diputados y al frente de 13 provincias. Es la diferencia entre una democracia con partido dominante y otra con sistema de partidos: en esta última hay una obligada interacción entre las principales fuerzas, que no sólo están condicionadas y obligadas a reconocerse como interlocutoras, sino también preparadas para adoptar decisiones y asumir comportamientos que de otro modo no hubieran tomado. Algo de esa interacción que cambia comportamientos y modifica estrategias empezó a verse en el debate entre Scioli y Macri y los roles que intercambiaron unos y otros disputando el contenido de las palabras “cambio” y “continuidad”. El fallido encuentro en Olivos entre CFK y MM, el más fructífero entre el jefe de Gabinete saliente y el entrante ayer y las precipitadas sesiones finales del Congreso adelantan estilos y conductas más o menos consistentes con las expectativas actuales y dejan en evidencia el camino a recorrer. Cada novedad genera reacciones reflejas, respuestas adaptativas y conductas “transformacionales”. Hay quienes prefieren seguir viendo el eterno retorno del pasado y consideran que el curso de los acontecimientos no merece revisar las propias certidumbres. Llamémoslo “el síndrome de Aníbal Fernández”. Pero todo proceso de cambio es siempre un cóctel de pasado con futuro. La composición del elenco de gobierno con el que arrancará Macri su presidencia es un buen ejemplo de ello. Recambio generacional, sangre joven, perfil técnico y criterio empresarial de gestión, equipos por encima de las individualidades y experiencia proveniente del sector privado son todas diferenciaciones respecto del gobierno saliente. Por otra parte, cuatro ministros –Rogelio Frigerio, Alfonso Prat Gay, Federico Sturzenegger y Jorge Triaca– y el jefe de Gabinete Marcos Peña son portadores de apellidos con raigambre en las elites político-dirigenciales de los últimos cincuenta años, con padres y abuelos que tuvieron alto protagonismo en la política, la economía, el sindicalismo y la diplomacia de la segunda mitad del siglo XX. ¿Desarrollistas? ¿Liberales? ¿Peronistas? ¿En qué clase de arcoíris se transformará ese color amarillo que identifica al Pro? Es un momento auspicioso de la democracia argentina, la promesa de un nuevo comienzo. Intensamente político, en el sentido en que la filósofa Hannah Arendt entendió la política como invención colectiva, como conjunto de condiciones bajo las cuales los hombres y mujeres en su pluralidad, en su absoluta distinción los unos respecto de los otros, viven juntos y se aproximan entre ellos para hablar, con una libertad que solamente ellos mismos pueden otorgar y garantizarse mutuamente. El empeño nunca acabado por compartir la tierra bajo una libertad mutuamente garantizada. Es lo que tuvimos en este 2015, el año en que más votamos en nuestra historia. Reglas previsibles, resultados inciertos; el electorado les marca la cancha a sus figuras protagónicas: es una transformación en las tradiciones políticas nacionales. (*) Politólogo y periodista
Fabián Bosoer (*) Especial para “Río Negro”
Opinión