La provincia alambrada

Por Redacción

Un hecho que a mi interpretación no debería pasar desapercibido fue el ocurrido semanas atrás, cuando un diputado provincial perteneciente al partido que gobierna la provincia del Neuquén descalificó a un importante candidato a senador de la oposición por “su tonada” y lo acusó de no ser “auténticamente neuquino”. Sostuvo que “los verdaderos neuquinos, aquellos que no hablamos con tonadita”. La gravedad de estas declaraciones a mi entender son alarmantes ya que además del notorio tinte fascista que emanan de las mismas hay que sumarle otro aspecto negativo, el xenófobo, y que ofende a buena parte de los habitantes de esta provincia. ¿Quién no tiene un familiar o amigo cuyo lugar de origen no es precisamente la provincia del Neuquén? La idea matriz pareciera decirnos que toda la “neuquinidad” está dentro del partido, nada está fuera de él, de lo que se deduce que el “ser neuquino” es representado por aquellos que están dentro de la propia fracción. Se descalifica lo diferente. Nadie duda de que el afecto a la tierra donde uno nació, a sus vecinos y lugares geográficos más emblemáticos son importantes para el progreso de una nación, provincia o ciudad. Pero debe quedar claro que mientras el patriotismo es el amor al pueblo de uno, el nacionalismo es el odio al extranjero. Y muy distinto es declamar un sobreactuado fanatismo amor terrenal que abarcaría toda la geografía de un país, en este caso provincia, segregando otros lugares y otras personas que han aportado y pueden aportar mucho al desarrollo de una sociedad abierta, pero que se buscan despectivamente ignorar sólo porque vinieron del otro lado de una siempre artificial frontera política. Ayn Rand, esa gran filósofa rusa nacionalizada estadounidense, sostiene que el racismo es la forma más baja, más burda y más primitiva de colectivismo. Al sostener la noción de que los rasgos intelectuales y de carácter de un hombre son producidos y transmitidos por la química interna de su cuerpo nos está diciendo que debe ser juzgado no por su propio carácter y acciones, sino por los caracteres y acciones de sus antepasados. El nacionalismo, ya sea como en este caso en su versión provincialista, pretende establecer una cultura alambrada, a la que hay que preservar de la contaminación que provocarían los aportes de los “foráneos”, es decir generados fuera de las fronteras de la provincia, tal como aconteció en este caso. Se considera que lo autóctono es siempre un valor y lo foráneo un disvalor, es decir, la actitud de tribu predomina sobre el espíritu cultivado que es necesariamente cosmopolita. No es correcto intentar cercar la cultura a un lugar y mucho menos atribuírsela a un ente colectivo imaginario. Mucho menos a un partido político y a una determinada clase de dirigentes. Que un partido político o agrupación de cualquier clase intente invocar para sí características que son propias de los individuos como el orgullo, la dignidad y el honor no resulta acertado. La historia grande de la República Argentina no hubiera sido la misma sin el aporte inmigratorio. Esta política fue piedra angular de la Constitución Argentina de 1853 hizo de la población su fin inmediato porque la consideró el medio más poderoso de alcanzar la civilización y el bienestar del país. En la Constitución, el preámbulo y los artículos 14 a 21 favorecen la inmigración por una concesión completa de los derechos civiles de libertad, igualdad, propiedad, seguridad, a todos los habitantes, sin exclusión de los extranjeros. La historia grande de la provincia del Neuquén tampoco hubiese sido la misma sin el espíritu aventurero de aquellos que eligieron instalarse en estas tierras a pesar de un clima hostil. Tampoco sin las sucesivas oleadas de trabajadores y familias provenientes de diferentes provincias argentinas y países limítrofes, que convergieron alrededor de emprendimientos petroleros, frutihortícolas o hidroeléctricos, como fue el caso de la represa de El Chocón por citar algunos ejemplos. La diversidad de razas, nacionalidades y culturas es un componente vital para generar el progreso. (*) Licenciado en Relaciones Internacionales. Fundación Progreso y Libertad

PABLO BENÍTEZ JACCOD (*)