La tesis de Loris Zanatta
ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar
El profesor de la Universidad de Bologna Loris Zanatta ha estado estos días en Buenos Aires para presentar “La Internacional Justicialista”, un estudio sobre la política exterior del primer peronismo. Entrevistado por varios medios, entre ellos “Río Negro”, el distinguido profesor ha abordado sin ambages un tema que desvela desde hace 67 años a los argentinos: la naturaleza política del peronismo. Su mirada, desde la distancia exterior y emocional de un observador imparcial, tal vez ayude a dotar de identidad a un fenómeno que aún resulta extremadamente polémico para los argentinos. El surgimiento del peronismo se produjo, si tomamos una fecha simbólica, el 17 de octubre de 1945. Apenas dos meses antes Estados Unidos había lanzado las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, episodio que puso prácticamente fin a la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto histórico era muy fuerte la tentación de asociar el fenómeno del peronismo con el nazismo o el fascismo, los dos movimientos políticos que acababan de ser derrotados por las fuerzas aliadas. La caracterización del peronismo como “fascismo” o incluso, en el neologismo inventado por el Partido Comunista argentino, “nazi-peronismo” era comprensible en un momento histórico de fuerte confrontación posbélica. Desde entonces la polémica no ha cesado. En un país que durante décadas vivió extremadamente polarizado por el enfrentamiento entre peronistas y antiperonistas, era muy difícil poder alcanzar entre los círculos intelectuales que recibían la influencia de uno u otro bando una caracterización compartida, asignarle una categoría ideológica al peronismo. Para unos el peronismo era “el hecho maldito del país burgués”, un movimiento destinado a repetir la hazaña de la Revolución Cubana, mientras que para los otros seguía siendo una copia fracasada y patética del fascismo italiano. La tesis de Zanatta tiene la originalidad de invertir la base argumental de la polémica cuando asegura, en un tono un tanto divertido, que “el peronismo es el fascismo de los italianos”. Lo que quiere decir con esta caracterización es que tanto el fascismo como el nazismo y el peronismo son formaciones históricas singulares, incomparables en tanto y en cuanto alcanzaron cada una un desarrollo peculiar en función de un conjunto de variables complejas que se entrelazaron en espacios geográficos y culturales diferentes. Desde ese punto de vista, resulta abusivo colocar a un movimiento político como el peronismo la etiqueta que corresponde a otra formación histórica marcadamente diferente. Por consiguiente, para Zanatta, “peronismo hay uno solo, nacionalsocialismo hay uno solo y fascismo también hay uno solo”. Sin embargo, todos estos movimientos son ramas de un tronco común que podemos llamar populismo. Se insertan todos en una misma tradición preiluminista, organicista, populista y corporativa que deviene de la fuerte influencia de la religión católica en esas regiones. Todos estos movimientos trasladan desde la esfera religiosa a la política la idea de unidad del pueblo alrededor de una creencia compartida, una “comunidad organizada”, donde el individuo sólo tiene el valor de simple célula de un organismo superior. Zanatta utiliza la expresión “unanimismo” para hacer referencia a esa visión teológica de la política incorporada por Carl Schmitt en su famosa distinción “amigo-enemigo”. La unidad del pueblo, la unidad de la Nación, según Schmitt, sólo se alcanza gracias a una exterioridad constitutiva –el enemigo– que permite dotar de identidad simbólica y emocional a un conjunto de seres que se consideran formando parte inescindible de una totalidad que se asienta en un espacio y en un momento histórico determinado. Schmitt argumentó –en un ensayo titulado justamente “Teología política”– la fuerte analogía que existía entre la noción política de soberanía y la noción teológica de la potencia absoluta de Dios. El Estado surge a partir de la unidad del pueblo con el líder (führer) por medio de la aclamación plebiscitaria que recibe. El Estado es la unidad decisiva de la que depende lo político; es la unidad suprema de un pueblo y el que decide los términos de la relación amigo-enemigo, puesto que de lo contrario, si carece de la capacidad de establecer esa diferencia, desaparecería también lo político. Lo notable es que esta visión religiosa de la política impregna también diversos movimientos políticos que no siempre caracterizamos como populistas. En el caso de Argentina, además del peronismo, está de algún modo presente en el radicalismo y en el conservadurismo popular. Como señala Zanatta, en Latinoamérica el populismo “sigue siendo todavía muy popular”. No obstante, añade, estamos asistiendo al fin de ciclo de la tradición populista pura y dura que tantas veces ha florecido en América Latina. En su opinión, el surgimiento de un “populismo híbrido”, en la forma en que ahora lo representa Sergio Massa, configura la presencia de un neoperonismo que se va amoldando a la tradición constitucionalista liberal. Considera que “es muy probable que la próxima etapa subraye la institucionalidad y el pluralismo por sobre el viejo imaginario unanimista que el kirchnerismo ha representado”. Las sociedades modernas, globalizadas y fuertemente individualistas no aceptan la unanimidad y se sienten más cómodas en esas esferas de autonomía que garantiza el liberalismo político. Por consiguiente, los populismos –también en Argentina– están a punto de perder la batalla cultural. Para Zanatta, más pronto que tarde se verán obligados a vestirse con las ropas de la democracia constitucional liberal.