La trampa recicladora

Por Redacción

RICARDO GAMBA (*)

Una vez más el peronismo se dispone a iniciar uno de sus típicos procesos de metamorfosis gatopardistas que lo llevan a ofrecerse como solución a los problemas que él mismo produce. Ahora con Massa, antes con los Kirchner, Duhalde o Menem, el peronismo vuelve así, una vez más, a hacer lo necesario para mantener viva su estructura de poder real, en la que descansa su eternidad: ese complejo de poder corporativo-feudal conformado por el sindicalismo, los caciquejos del conurbano bonaerense y los gobernadores-propietarios de las provincias más pobres. Quien espere que el peronismo vaya a convertirse en un partido político democrático y republicano, o no entiende al peronismo o es parte de la farsa. No se trata de negar la buena voluntad de algunos peronistas más o menos sinceros: el punto es que su estructura de poder, sin la cual el peronismo es tan nada como cualquiera de las inoperantes organizaciones partidarias del país, es esencialmente antirrepublicana y antipolítica. Este hecho básico de la tragedia argentina puede defenderse, como lo hace el populismo más sincero, pero ya no puede negarse. El poder del peronismo está y no puede dejar de estar sin desaparecer, en sus impresentables, en esas figuras que con poder territorial o corporativo manejan de modo tan ilegal como inmoral las estructuras clientelares de las que brota el poder fáctico que utiliza para gobernar y para impedir que cualquier otro gobierne. Ese poder de hecho, y en este sentido esencialmente antipolítico, que ni siquiera oculta su desprecio por las reglas institucionales, es una confusa mezcla de poderes feudales y corporativos sólo articulables por la notable voluntad de poder que los reúne, la falta de escrúpulos para utilizarlos y la figura de un líder que logre equilibrarlos. Esta última es la tarea del momento. De allí que el peronismo sea esencial e irremediablemente un “movimiento” y no tenga chance alguna de convertirse, sin destruirse, en un partido político de los que demandan las modernas democracias republicanas. Hoy, una vez más, que esa estructura intrínsecamente antirrepublicana del poder tenga una cara más amable y un lenguaje menos agresivo que los Kirchner, como ya la tuvo con Menem, parece ser la resignada estrategia y la aspiración de máxima de buena parte del establishment dirigencial, notoriamente más comprometido con cierta suavidad en las formas que con tomarse en serio el gravísimo el problema de la desinstitucionalización política y sus profundos efectos sobre la realidad. Por esa razón, del lado del grueso de la dirigencia actual no puede esperarse un cambio a esa situación. Son, notoriamente, parte del problema, no de la solución. La pregunta es si la sociedad puede hacer algo por sí misma para reemplazar esa culpable defección de su dirigencia o no puede más que entregarse mansamente, una vez más, a un destino al que sus artífices, los “realistas” de la política, no se cansan de anunciar como irremediable e inevitable. Estas elecciones legislativas son un buen momento para iniciar la resistencia civil expresada hasta ahora en las calles como profundo y sano rechazo a las prácticas políticas dominantes. A ese aspecto necesariamente negativo, que muchos interesadamente pretenden presentar como “antipolítica”, que expresa lo que ya no se quiere, debe suceder el momento positivo de construcción, el que se empieza a afirmar lo que sí se quiere. Para eso es necesario saltar el cerco reciclador, eludir el núcleo fundamental de la trampa del poder, consistente en la idea de que el voto desfavorable al kirchnerismo deba orientarse hacia el poskirchnerismo peronista. Desde el punto de vista de una nueva construcción política es por completo irrelevante que, por ejemplo, Massa le gane a Insaurralde o en general que los peronistas “buenos” les ganen a los “malos”. Esa idea expresa sólo la necesidad del establishment de que el proceso de reemplazo del rey muerto se produzca sin riesgo de que las ovejas escapen del redil, bajo la certeza de que se trata sólo de un cambio de nombres sin que la estructura real del poder, vendida como garante de la “gobernabilidad”, se vea amenazada por una ciudadanía que decida desafiar la lógica del poder establecido en proceso de reciclaje. De las elecciones, consideradas como castigo, importa únicamente la cantidad de ciudadanos que decidan no votar al kirchnerismo, pero es irrelevante por completo la cuestión de hacia dónde se dirijan. Ésa es la preocupación de la elite, no de la sociedad. Ganada la tranquilidad de que el aspecto negativo del voto se satisface con no votar lo que no se desea más, sin necesidad de ser conducidos a alguna oferta en particular, queda abierta la cuestión más decisiva a futuro: la de que ese voto vaya definiendo qué clase de oposición se quiere, qué tipos de políticos se prefieren y qué clase de prácticas políticas y éticas se premian y cuáles se castigan. Se trata de utilizar el voto en una dimensión desconocida: como señal, como indicación de hacia dónde deben ir los políticos si quieren recapturar algo de confianza en la sociedad. Es claro que hoy no abunda oferta en esa dirección, pero como comienzo no sería poco liberarse de la trampa recicladora y decidir mucho más libremente el voto orientándolo a los que más se acerquen a algo diferente, con completa independencia de las chances que tengan de ganar. Con ello se estaría estimulando la aparición de una nueva dirigencia, hoy imposibilitada de emerger debido a la recurrente práctica de utilizar el voto dentro de los límites y bajo las premisas de la oligarquía política dominante, que nos fuerza a utilizarlo como clientes y no como ciudadanos. En definitiva, en estas elecciones cada uno de nosotros tiene la opción de volver entregarse mansamente al juego del peronismo y de quienes se han resignado a él o comenzar un camino en el que con el voto se comience a prefigurar la imagen de los nuevos dirigentes y a dibujarse las nuevas reglas de la política. Sólo de esta manera podrá iniciarse una renovación que vaya de la sociedad al poder, de la gente a los gobernantes, y que finalice con la destrucción del poder mafioso y la construcción de una nueva alianza de la sociedad consigo mismo bajo reglas democráticas y republicanas. (*) Abogado y profesor de Derecho Político de la UNC