Las otras víctimas del golpe de 1973 en Chile
Su comandante le gritó “¡Sométala!” y El Perro Pienovi obedeció. Vittoria, su pequeña de nueve años, lloraba y pataleaba porque dos marinos acababan de llevarse a su madre. Pienovi sabía que “someter” implicaba “violar” a su propia hija.
A 45 años del golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet en Chile, aún hay quienes tienen una historia por contar. Algunos ya lo han hecho –uniformados procesados por violaciones a los derechos humanos y opositores a la dictadura que fueron torturados– pero otros prefieren el silencio. En Chile hay otros que permanecen virtualmente ocultos, quienes tienen miedo de contar lo que les pasó y aún no se agrupan para apoyarse: los hijos de los represores del régimen que fueron maltratados en sus propios hogares.
Para Vittoria lo sucedido en la dictadura no ha quedado en el pasado. Aunque este no es su nombre real, eligió el seudónimo al convertirse en adulta para narrar sus experiencias sin temor a ser reconocida. En su libro de poemas “La hija del torturador” (2010) detalla su historia aunque dice que tras la publicación recibió amenazas para que no divulgara más lo sucedido. Actualmente, además de escribir, visita grupos en redes sociales que conversan sobre el tema y aceptó dar esta entrevista porque dice que le gustaría encontrar a otros hijos de represores con quienes poder compartir lo que sufrió.
A esta mujer de 54 años le sobresalta algo que para otros parecería tan inofensivo como un ruido fuerte o la cercanía a un militar. “Hasta el día de hoy, yo veo un uniforme y me paralizo”, dijo.
En la vida de Vittoria la represión no estuvo en las calles, sino tras las puertas de su casa. Su padre la violó y permitió que su madre Matilde fuera torturada y abusada sexualmente por oficiales de la Marina once días después del golpe.
Las desgracias familiares iniciaron cuando el jefe de El Perro Pienovi lo citó en su oficina para informarle que su mujer figuraba en una lista de comunistas y otros izquierdistas.
“Si usted no es capaz de mantener el orden es traición. Entonces, o van todos por traición al Lebú esta misma noche o hacemos lo que hay que hacer”, dijo el oficial a su padre, según dice Vittoria que él le confesó.
El Lebú era uno de varios buques usados por la armada chilena para torturar y mantener a opositores presos por largos periodos.
Aunque no era militante, Matilde efectivamente trabajaba con la izquierda. Como católica reunía comida para los más necesitados y organizaba misas en su departamento y permitía que un cura obrero las oficiara para rezar por la patria.
El Perro Pienovi aceptó entregar a su esposa el 22 de septiembre, que coincidía con el cumpleaños de su hija. Cerca de las once de la noche, alguien tocó a la puerta de su departamento en Viña del Mar y Vittoria pensó que le traían un regalo. Al abrir vio a dos infantes de la Marina que estaban armados. Uno le puso una metralleta en el pecho y otro entre las piernas.
Ambos gritaban, preguntaban por su madre, y ella observó cómo su padre fue por ella y la entregó. Vittoria gritaba. Pataleaba. El ruido llamó la atención del jefe de El Perro Pienovi, que entró furioso a la estancia y dio la orden que marcaría a Vittoria por el resto de su vida.
“El comandante dijo ‘¡Sométala!’, y someter es violar”.
Vittoria habla de esa noche con los ojos llorosos. Dice que recuerda su ropa manchada de sangre aunque su padre le inyectó tres sedantes antes del abuso.
Su madre tuvo “un trato especial”, dice. Por ser esposa de un miembro de la institución, sólo la violaron tres oficiales, pero según varios testimonios hay militantes de las Juventudes Comunistas que incluso fueron atacadas sexualmente por los perros de los militares.
Vittoria y Matilde se reencontraron dos días después. “Yo siento que mi mamá murió el día que se fue”. “La mujer que devolvieron era una mujer rota, cambiada, totalmente destruida, destrozada. Yo también, yo también”.
Ella cuenta que en su familia nunca se habló al respecto. Pasó el tiempo y nueve años después de los abusos reunió fuerzas para echar a su padre de su casa. Durante dos décadas, ni ella ni su madre buscaron el auxilio de un psicólogo o psiquiatra. Dice que en su mente todo fue una maraña de recuerdos difusos hasta que en 1998 su madre la llamó para decirle que Pinochet había sido apresado en Londres. “Recordé todo de un plumazo”, dijo.
La captura trajo de vuelta los recuerdos y Vittoria empezó a deprimirse. Tiempo después buscó ayuda médica, se casó y tuvo dos hijos. Tras su divorcio se llevó a su madre a vivir con ella. Hoy es profesora y está en contacto con algunos grupos de apoyo a personas afectadas por la represión a través de redes sociales, pero dejó de asistir a un colectivo llamado Los Hijos de la Memoria, hijos de víctimas de la dictadura.
Al ser hija de un represor y no haber padecido abusos por motivos ideológicos o políticos, no siempre encaja entre los perjudicados por el régimen.
“Para ellos es fuerte, es raro”, explicó apenada. Ellos también fueron víctimas de hombres como su padre, pero para ellos el peligro no estuvo en casa. “Para mí también es raro porque soy del otro lado pero no soy del otro lado. No soy de ningún lado, estoy al medio: soy hija, pero no estoy de acuerdo con lo que hizo mi papá”, afirmó afligida.
Su padre, El Perro Pienovi, falleció en el 2006. Nunca enfrentó algún proceso judicial y por haber pertenecido al Ancla 2 antes del golpe militar –una fuerza de inteligencia y contrainteligencia de la Armada– terminó su carrera jubilado con grado de capitán de corbeta.
A 45 años de la dictadura liderada por Augusto Pinochet, aún hay quienes tienen una historia por contar: hijos de los represores maltratados en sus propios hogares.
Datos
- A 45 años de la dictadura liderada por Augusto Pinochet, aún hay quienes tienen una historia por contar: hijos de los represores maltratados en sus propios hogares.