Cinco preguntas a Renata Matkovic, la escritora neuquina de 21 años que ya tiene tres libros publicados
Nació en Buenos Aires pero adoptó a Neuquén como su hogar y fuente de inspiración. Cursa Letras en la UNCo, ya fue premiada a nivel nacional y defiende una literatura que interpele al lector: "Muchas historias actuales están vacías, hay que volver a una escritura con alma". Cinco preguntas para un autor patagónico.
Quién es Renata Matkovic
Edad: 21 años (nacida en 2005). Vive en Neuquén capital desde los 8 años.
Qué hace: Estudia la Licenciatura en Letras (UNCo) y escribe narrativa, poesía y dramaturgia.
Obra: es autora de la novela «El tren de madrugada», la obra teatral «El Parlamento de los pájaros» y el poemario «Restos de un incendio previo».

Reconocimientos: Finalista del Premio Itaú de Cuento Digital, premiada por la Asociación Argentina de Salud Mental y publicada por el Fondo Editorial Neuquino.
Mano a mano con Renata Matkovic
-Naciste en Buenos Aires pero residís en Neuquén, donde además estudiás Letras en la UNCo y ya formás parte de antologías locales como las del Fondo Editorial Neuquino. ¿Cómo influye el paisaje y la vida en la Patagonia en tu escritura en comparación con tus raíces porteñas?
-Vine al sur junto con mi familia en 2013, un día después de mi octavo cumpleaños. Nos mudamos acá principalmente por el trabajo de mi padre. Recuerdo que fue muy duro para mí en ese entonces. No tenía familia cerca y me costaba hacer amigos. Empecé entonces a refugiarme en la lectura y posteriormente, por sugerencia de mi padre, comencé a escribir.
En cuanto a la influencia que tiene la vida en la Patagonia en mi escritura, creo que ésta se nota principalmente en el tipo de recursos que utilizo. Más concretamente en las imágenes visuales. Al vivir en un lugar con paisajes tan hermosos como los hay en la región, yo misma me he llegado a convertir en una persona muy observadora con respecto a esas cosas. Disfruto mucho describir el ambiente y la naturaleza. Si viviese en Buenos Aires aún, muy posiblemente, el tipo de imágenes que suelo describir a detalle serían diferentes. A Neuquén lo considero mi hogar y es, además, el lugar que siento que me ha dado todo: tuve mi primer contacto con la escritura, mi primera participación en una antología y mi primera presentación, la cual fue en la Feria Internacional del Libro de Neuquén. Más recientemente, gracias al apoyo del Fondo Editorial Neuquino, pude presentar mi nuevo poemario, Restos de un incendio previo, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
-Ya transitaste la novela (El tren de madrugada), la poesía y la dramaturgia con El Parlamento de los pájaros. ¿Qué te da cada género que no encontrás en los otros, y en cuál de ellos sentís que habita tu voz más genuina?
-Yo veo cada género que exploro como una posibilidad de mejorar mi técnica. Creo que es importante no encerrarse en un sólo género. Es por eso que intento diversificar mi manera de escribir. Mi paso por la dramaturgia me ayudó a mejorar el manejo de diálogos, los cuales solían costarme. Con las novelas, si bien ya estaba muy acostumbrada a escribirlas, pues tengo varios manuscritos inéditos de novelas previas, disfruto mucho de explorar la psicología de mis personajes, sus filosofías de vida y el desarrollo de ellos a lo largo de la historia. La poesía, por otra parte, fue el primer género con el que tuve contacto. Empecé a escribir constantemente poemas a los nueve años y considero a la poesía la forma más pura de expresar mis emociones. Mi relación con la poesía es extremadamente corporal, diría, hay mucho de mí en ellas. Si hablamos de honestidad, mis poesías tienen mi voz más honesta. Siento que si no soy honesta en mis poesías, no solo me estoy mintiendo a mí misma, sino que a quien me lee. No obstante, el género que más disfruto escribir es el cuento. Me parece fascinante poder escribir sobre cosas completamente ajenas a lo que soy y que las historias, incluso en su brevedad, causen impacto y se queden resonando en el lector.
– En tu obra teatral El Parlamento de los pájaros abordás el amor como un acto radical y ponés el foco en el deseo, la represión y la libertad de las mujeres. ¿Qué te llevó a elegir el teatro para canalizar estas miradas tan feroces e íntimas sobre el cuerpo y la mente femenina?
-Siendo honesta, previamente, intenté escribir la historia de «El parlamento de los pájaros» como una novela. No me convencía en absoluto. Sentía que lo que quería transmitir y cómo lo quería transmitir no podía estar mediado por un narrador en tercera persona, ni siquiera por un narrador en primera persona. Los sentimientos de los personajes de esta novela son muy viscerales, feroces y radicales, justamente. Al intentar entonces contar esta historia como una obra de teatro, finalmente hallé el efecto que buscaba. Creo que eso es una parte muy importante al momento de intentar relatar una historia: encontrar el formato correcto. A veces, lo que hace a la historia no es el contenido en sí, sino también la forma en la que esta es contada.
-Fuiste premiada por la Asociación Argentina de Salud Mental en un concurso de cuentos eróticos. El erotismo y la literatura a veces transitan caminos complejos, ¿cómo fue para vos explorar esa faceta y qué significó ese espaldarazo institucional a nivel nacional?
-Significó un honor muy grande para mí. Apenas había comenzado a los diecisiete, dieciocho años a concursar en convocatorias literarias. Primero fui reconocida por el Fondo Editorial Neuquino en su Panorama contemporáneo Ríos cuando pienso y luego, por el concurso de la Asociación Argentina de Salud Mental. Más recientemente, el año pasado, obtuve una mención especial en la categoría poesía en el Certamen Literario Internacional “Letras del Arrozal”. Creo que uno nunca termina de acostumbrarse a ese tipo de noticias. No solo por lo inesperado, sino por el orgullo que una siente por sí misma cuando lo logra.
Con respecto a mi participación en este concurso, la describiría como interesante. No suelo abordar ese tipo de temáticas en lo que escribo, pero lo tomé como un reto: contar una historia de tipo erótico apelando a la sugerencia y no a lo explícito pero dándole mi impronta propia.
-Ya contás con novelas, obras de teatro y varias publicaciones internacionales en marcha. ¿Cómo ves el panorama actual para las nuevas generaciones de escritores en la región y qué historias sentís que urge contar hoy?
-Mucha de la escritura y las lecturas que entre los jóvenes son populares no tienen realmente alma. Muchas son historias vacías, que pueden servir como entretenimiento, pero me parece importante volver a retomar una escritura y un tipo de lecturas que nos interpelen y que nos hagan replantearnos cosas tanto de nosotros mismos como sobre el mundo.
Un cuento de Renata
Plumas entre whiskey
Los ángeles solían apostar en el casino. En esa ciudad ludópata con luces enceguecedoras y charcos con aroma a putrefacción, las plumas blancas, empujadas por el viento, caían desde los cielos hasta estrellarse contra botellas vacías y la orina de algún borracho.
Dentro de aquellos palacios del exceso, el dinero no era lo único que se apostaba. Los humanos y los ángeles se daban la mano y bebían entre risas y fichas. Solían retumbar en el recinto, entre la música mecánica de los tragamonedas, las risas y los gritos de furia cuando perdían en la ruleta. Las melodías de las trompetas acompañaban a las cantantes en el escenario, quienes brillaban por el sudor.
En medio de toda esa placentera adicción, había ángeles que habían apostado y posteriormente perdieron sus alas y, para saldar sus deudas, trabajaban en el casino para recuperarlas.
Los carteles de la ciudad esa noche iluminaban con envidia, mientras que el aroma a petróleo inundaba los callejones. Ese ángel emocionado y un amigo suyo, un humano, a quien había conocido en la fila de la entrada, entraron al casino como si fueran los dueños del mismo. Las alas del ángel parecían captar todas las miradas de los jugadores, quienes dejaron de ver las ruletas, sus cartas y las máquinas para anhelar arrancarle las plumas.
Se sentaron entonces en la ruleta más grande de todas, en la que las casillas rojas y negras giraban velozmente. Les sirvieron whiskey con hielo en pequeños vasos de cristal apenas se acercaron. Habían acordado que quien perdiese le debería algo al otro.¿Estás listo para que te gane? – Se dirigió el mortal a su amigo, mientras sonreía enseñando sus dientes amarillos.Ya quisieras – respondió el ángel brindando con él, mientras batía sus alas con soberbia.
Comenzaron apostando poco, pero el ángel continuaba perdiendo a cada jugada. A medida que la noche avanzaba, el aliento del ángel olía cada vez más a alcohol. Vomitó un par de veces a un lado de su silla, pero no abandonó el juego.
El humano no hacía más que mirar a su amigo mientras le daba giros a su vaso. Una, dos, tres, cuatro veces. La bola caía en el cuatro. Una, dos veces. La bola caía en el dos. El ángel no podía perder, ¡No podía permitírselo! Un simple humano no sería más afortunado que él. Apuesto mis alas al trece.- Anunció, con ese siseo particular que tenía al hablar.
El dedo en el vaso del humano recorrió el borde del vaso doce veces. El ángel comenzó a desesperarse tras perder una vez más. De pronto, como salidas de entre el humo de los cigarrillos, dos mujeres aparecieron y con sus manos comenzaron a desnudar al ángel y arrancaron sus alas de un tirón. El ángel gritó de dolor. Temblaba, mientras sus lágrimas caían en el vaso vacío de whiskey.
Su amigo, el caído, miró entonces al ángel mutilado, y, sin dejar de contemplarlo bebió de un trago su primer vaso de whiskey aguado.
La casa nunca pierde.
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