Pilar Quintana: la mujer de modos delicados que empuñó el machete para sobrevivir a la selva

La autora de "La perra" y "Los abismos" presenta su nueva novela, "Noche negra". En esta entrevista, habla sobre los años que vivió en la selva del Pacífico colombiano, el racismo, la maternidad y por qué el "buenismo" es, a veces, un privilegio de ciudad

Por Verónica Bonacchi

Es una mujer pequeña, de pelo crespo, modos delicados. Habla en un tono suave. Quizás solo el movimiento de las manos, cuando quiere enfatizar algo, dé una pista. Por lo demás, nadie diría que esa mujer pequeña, de modos delicados y tono suave, es la misma que empuñó un machete para vérselas con serpientes y matar tarántulas, que se le plantó a la selva para decirle: hasta acá vos, y a partir de acá yo.


Pilar Quintana, escritora colombiana nacida en Cali en 1972, sabe, como sus personajes, que es más fácil tener buenas intenciones y ser civilizado en la ciudad, cuando hay muchas cosas —cierta seguridad, los servicios básicos, un plato con carne en la mesa— dadas. “Como animales, tenemos una violencia que está adentro y que es necesaria para nuestra supervivencia”, dice. Lo sabe.

Pilar Quintana (Foto: Manuela Uribe)


Quintana vino sólo por cinco días a Buenos Aires para presentar su nuevo libro, “Noche negra”, en la Feria Internacional del Libro, que terminará este lunes 11 de mayo. Autora también de “Los abismos”, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2021, y de esa perturbadora y bestial historia que es “La perra”, tiene ella misma su lado salvaje.


Tanto “Noche negra” como “La perra” transcurren en la selva colombiana, sobre el Pacífico, la misma geografía que Quintana conoce de memoria porque vivió justamente en ese lugar durante nueve años. Y ahí, en ese territorio, suceden muchas de sus historias.


Rosa, la protagonista de “Noche negra”, apareció apenas en “La perra” y también en algunos de sus cuentos. A Quintana le gusta que los habitantes de esa cartografía suya se muevan en su literatura, pasen de un libro a otro. Son sus personajes, están en su terreno y se enfrentan a sus miedos más profundos: los prejuicios, los ajenos y los propios; la violencia, la ajena y la propia, y la soledad más absoluta.


En el hotel donde pasa estos días en Buenos Aires, la escritora habló con Lecton de su último libro; de la violencia y el racismo que aún persisten en Colombia; de la animalidad que todos tenemos; de ser mujer, madre y apañárselas para escribir. “ ‘La perra’ la escribí literalmente dando teta, escribiendo en un celular”, dice, un poco risueña, muy realista.


—Rosa, que apenas se veía en “La perra”, es la protagonista de “Noche negra”. ¿cómo fue rescatarle y porr qué lo hiciste?
—Creo que como escritora no emprendo la aventura de una novela total. Veo a esos autores que lo hacen y me parece magnífico. Pero yo no tengo ese calado, quizás porque soy mamá de un hijo pequeño. Entonces, prefiero las historias más acotadas. Antes de trabajar en “La perra” ya existían Rosa y Gene, su pareja, en unos cuentos. En “La perra” yo sabía que eran vecinos de Damaris, la protagonista de ese libro, sabía dónde estaba su casa. Yo sabía que iba a hacer la historia del origen de esa casa, de esa pareja. Y llegó el momento. Es un universo narrativo que vive en mí. Y poco a poco he ido poniendo las fichas en el tablero: aquí puse a Damaris, acá a Rosa y Gene, allá a los otros. Lo voy poblando de a poco hasta que algún día —o no, porque no sé si me alcance la vida— salgan todas las historias que tengo adentro.


—Ese tablero que fuiste armando, en ese lugar preciso de la selva, lo armaste porque lo conocés. Viviste ahí.
—Claro. Los personajes no existen, pero sí tienen quizás una representación en alguien, una mezcla de alguien. Y entonces yo fui armándolo: hay personajes que están tanto en una como en otra novela.


—Hay escenas muy impactantes. A Rosa, por ejemplo, toda esa impresión que le causaban los comentarios racistas de su abuela, o la aprehensión de ver a sus compañeritos de escuela matando a un murciélago, se le transforman —puesta a vivir en la selva y quedándose sola— en algo muy parecido. Ella también tiene prejuicios y necesita ser violenta para defenderse. O al menos se da cuenta de que es capaz de matar.
—Mira, yo me pregunto si nuestro buenismo no es solamente privilegio. Privilegio de vivir en la ciudad, de poder ir a la psicóloga, de tener la heladera con comida, de querer tomar un vaso de agua y abrir la canilla. Cuando Rosa se va de todo eso para vivir en la selva y no tiene luz eléctrica, no tiene vecinos confiables y está en un medio hostil, se conecta con un instinto más primario y se da cuenta de que para sobrevivir tiene que sacar a su animal más salvaje, su agresividad. Nos han enseñado que nuestra propia violencia es mala. Y claro, en la ciudad podemos decir: soy buenísima mientras como un pedazo de carne. Pero alguien mató a la vaca para que yo tenga mi pedazo de carne. Cuando estás en la naturaleza, en cambio, tenés que ejercer la violencia y sale esa parte tuya que nos parece tan terrible, esa parte de conquistador. Y creo que la novela va sobre eso: sobre descubrir que, como animales, tenemos una violencia que está adentro y que es necesaria para nuestra supervivencia.


—¿Cuánto te enseñó tu propia experiencia en la selva?
—Todo, absolutamente. Y creo que fue una de las experiencias más aterradoras. Cuando llegamos, en el lote de tierra que teníamos, había un nacimiento de agua. En Colombia el agua no se puede privatizar, salvo cuando nace y desemboca en el mar dentro de tu propio terreno. Esta agua nacía y moría ahí, y yo sentía una responsabilidad tremenda. Me decía: es mi agua y no podemos contaminarla, tenemos que protegerla. Llegué con ideas muy hippies: no traer venenos, ni químicos, ni contaminantes. Y la verdad es que llevábamos una semana en la selva y ya estábamos llenos de infecciones y picaduras, las termitas se querían comer la madera de la construcción,. así que nos tocó volver a la ciudad, ir a droguerías y supermercados a comprar los químicos más terribles, empuñar el machete y decirle a la selva: hasta acá. Hasta ahí te protejo y te quiero, pero lejos mío. Acá no.
Entonces aprendí que la vida en la naturaleza no es esa idea romántica de la Pachamama y de abrazar árboles. Cuando venían a visitarnos, la gente andaba descalza, feliz, y yo pensaba: claro, porque vas a estar un fin de semana. Venite a vivir acá y vas a ver en lo que te convertís: en un animal.


—¿Cómo fue tu proceso?
—Había cosas que yo no podía hacer, claro, pero había otras, de supervivencia, que tenía que aprender. No me volví completamente salvaje, pero sí tuve que matar con el machete. Si había una serpiente, tenía que poder matarla. Y tuve que aprender a cortar árboles, plantas, o destruir nidos de termitas porque era mi casa o ellas. Era la naturaleza o yo.


—Contrasta con tu imagen.
—Soy chiquita, pero como una hormiga —me decía mi exesposo—, súper tenaz y poderosa.


—»Noche negra» transcurre en apenas cuatro días y en ese lapso hay una sensación de miedo in crescendo…
—Este es un libro súper planeado. Pensé que iba a transcurrir en siete días, pero cuando llegué al martes me dije: esto no va a llegar ni al viernes. Tenía un problema de creación literaria: es una novela de la cotidianidad, donde todos los días son iguales. Solo el domingo es distinto, porque el marido se va, pero lunes, martes y miércoles eran iguales. ¿Cómo contar una novela donde no pasan grandes cosas? Ahí entra el miedo, que se instala con el murciélago. Porque entonces, el lector, que venía creyéndole, empieza a dudar. Todo se enrarece. Y así, aunque pase más o menos lo mismo, cada día es más terrible y sabemos menos: cuánto imagina y cuánto es verdad. Algo que, siendo mujer, se siente todavía más.


—Tanto por la sensación de acoso como por eso de que nadie le cree.
—Unas editoras de los Estados Unidos y de Londres me decían que se sentían como Rosa. Son mujeres blancas, del primer mundo, pero igual que Rosa se sintieron acosadas y en peligro constante. Se sentían interpeladas. De los hombres que leyeron el libro, nadie me dijo “yo fui abusador”, pero sí me dijeron que han mirado para otro lado cuando vieron que se violentaba a una mujer.


—Hay otra capa en la historia: la infancia de Rosa, la madre soltera, el médico que las visita.
—Cuando se va Gene y deja a Rosa sola, lo que se rompe no es la relación, sino su yo. Empieza a preguntarse por qué está ahí y se conecta con su trauma profundo. Llega a eso porque está sola, en silencio y en la oscuridad. En la selva no hay a quién decirle nada, no hay servicios básicos, estamos en 1980: no hay internet. Además, ella no tiene ni radio, ni espejos, ni reloj. No hay agua potable. No hay nada. Y ahí es donde te encontrás con tus demonios.


—Hay una frase clave: “mejor muerto que desaparecido”. Es una frase que resuena mucho, en Argentina y en Colombia también, que habla de la violencia y de ciertos momentos históricos
—Mi editor me dijo: esta es una novela sobre todas las violencias y especialmente las que atraviesan a una mujer. Violencias sutiles, como el abandono del padre. Colombia es un país de madres solteras. Eso ya es una violencia. Y también está la violencia política: el estado de sitio, el Estatuto de Seguridad de 1980, que daba poder a los militares para detener sin legalizar capturas. Ese es el contexto histórico de la novela. Yo pienso que en Colombia, como la guerra ha sido en el campo, los habitantes de la ciudad pensamos que a nosotros, la guerra no nos tocó. Pero la guerra nos tocó a todos. Y todos hemos sido víctimas de la guerra. Lo que pasa es que nuestra violencia es tan grande, tan omnipresente, tan obvia, que no la sentimos claramente. Sentimos que violencia es que los guerrilleros secuestren a un soldado y lo mantengan 20 años preso en un campo de concentración en la selva. Sentimos que violencia es que los militares hagan pasar por guerrilleros a unas personas inocentes y las asesinen, diciendo que estaban en combate. O que violencia es que los paramilitares le corten la cabeza a un campesino y jueguen fútbol con ella. Esa es la violencia diaria en Colombia. Pero nosotros, los habitantes de la ciudad, hemos sufrido la violencia de las maneras en que las ha sufrido Rosa. No quiero hacer mucho spoiler de la novela, pero hemos sido testigos de desapariciones, de secuestros, y hemos crecido con eso de manera normalizada.
La guerra nos tocó a todos. Aunque pensemos que no. A Rosa le vienen sus traumas primigenios, que es la herida por el padre, pero también el trauma de esa violencia política, que también la sufrió. Aunque a ella le parezca que ya no. Porque ella ahí se enfrenta a todas esas violencias juntas. Un poco porque las revive en esa soledad completa y en esa oscuridad completa. Y otro poco porque la selva se la devuelve como espejo también.


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