Lecturas: “Letargo”, de Perla Suez

Con una narración entremezclada de voces, esta atrapante novela funciona como diario y recuerdo del viaje personal de su protagonista. Una historia familiar teñida por la tragedia pero con pasajes de amor y ternura, la propuesta de Cecilia Boggio.





Hace unas semanas la escritora argentina Perla Suez ganó el prestigioso Premio Rómulo Gallegos por su novela “El país del diablo”, a la que me referiré en un futuro comentario.


Como yo tenía catalogada a esta autora como valioso exponente de la literatura infantojuvenil en las épocas en que tenía hijos de esas edades, corrí a la Biblioteca Popular y me encontré con que a partir del 2000 Perla Suez comenzó a escribir novelas también para adultos y ya lleva más de seis.

Hoy quiero comentar “Letargo”, la novela con la que abre su “Trilogía de Entre Ríos” que incluye dos novelas más: “El arresto” y “Complot”.

La novela, que cuenta con tan solo 107 páginas, intenta contar la historia de una niña que vive en la colonia judía de Basavilbaso. Su abuela había llegado a Argentina, luego de recalar en Francia, huyendo un pogrom que los zares rusos permitieron a comienzo del siglo XX.

Empieza cuando la niña se da cuenta de que va a nacer su hermano, ella vive con sus padres y la bobe en la casa de sus abuelos maternos.


La abuela, que atiende una tienda continua a la casa, es la que manda e impone siempre su voluntad. Merke, su padre, a pesar que discute con ella en iddish, es un ser callado que lleva la contabilidad del negocio hasta que para horror de su suegra se afilia al partido comunista.

El parto de la madre fue difícil y ella queda con un estado depresivo que se agravará cuando meses después el bebé muere, según el médico, de muerte súbita.

Comienza así una etapa muy difícil para esa niña que, avanzada la narración, sabremos que se llama Deborah. Solo tiene un vecinito, León, con el que puede hablar y una amiga del colegio que aparece recién cuando Deborah entra en la pubertad.

La depresión de la madre de Deborah termina en locura y la familia sufre la imposibilidad de sacarla adelante. Finalmente, cuando ya no quedaba otra solución que internarla, la madre se suicida con sobredosis de los medicamentos, y lo hace justo un mes antes de que su hija cumpliera 13 años.


Yo me he adelantado contado la historia, pero lo que hace de esta obra una excelente y recomendable novela es cómo está escrita. En siete “Cuadernos”, un narrador en primera persona (la niña que ignora un saber familiar propiedad de los mayores) cuenta retazos de su vida y un narrador en tercera persona (la protagonista ya adulta) intenta colaborar con la narradora niña llenando huecos. Los silencios siguen estando y somos los lectores quienes debemos llenarlos.

De todas maneras, no todo es tan negro en esta historia. Deborah recibe cariño tanto del padre como de la bobe, en la medida en que ellos pueden dárselos: el padre ensañándole cómo se revelan las fotos, la abuela contando de la historia de su familia, cantando canciones en francés, enseñándole hacer la sopa de borsch o levantándole el ruedo de su vestido cuando ya es núbil.

Hacia el séptimo cuaderno aparece otra voz, cuando la mujer vuelve a Basavilbaso. Es ahora la profesional de la fotografía que prepara los documentos y el guión de un documental que se filmará sobre la inmigración judía.

En toda la novela el clima aparece como telón de fondo, las lluvias torrenciales y el calor agobiante crean un sutil letargo que bien justifica el título de la obra. También los sueños hacen aflorar los deseos premonitorios o recuperadores del pasado.


Esta obra recuerda, evoca, busca salir de las sombras en un viaje personal al encuentro de sí mismo y por ende de los otros.

Como reza la sinopsis, “Perla Suez logra recrear con maestria el desamparado transito hacia la memoria y los origenes”, y lo hace a través de una forma de escribir maravillosa, que sin dudas cautivará a su público. Ahora si, ¡buena lectura!


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