“¿Linchamientos?

Con dilatada experiencia en el trabajo en favor de un país donde primen el derecho y la libertad, y autor de sólidos ensayos en esa línea, Martín Böhmer se pregunta qué orgullo puede sentir un linchador.

Redacción

Por Redacción

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

— Lleva más de dos décadas trabajando desde el plano académico en consolidar, modernizar el estado de derecho en Argentina: ¿Qué reflexión le genera el linchamiento que amaga con instalarse en el país?

— Responde más desde el dictado de lo humano, con independencia del rigor de argumentación académica. Entonces una pregunta que me he formulado estos días es qué moral… cómo es la humanidad de esa persona que vuelve a su casa, ve a su familia siguiendo las noticias de linchamientos aquí y allá, y dice “yo estuve ahí” y el “estar ahí” es patearle la cabeza a alguien que está tirado en el suelo, doblegado a golpes. ¿Cuánta “gloria” siente esa persona al comunicar su protagonismo?

— ¿Desde lo jurídico, y aceptando lo trabajoso que es construir el estado de derecho en Argentina, ¿adónde estaríamos volviendo si el linchamiento se transforma en cultura?

— El “Nunca más” no es neutro en relación a los linchamientos. Se estructura, por supuesto, en una lectura de lo sucedido en la dictadura en materia de derechos. Pero se proyecta sobre el presente no sólo como expresión de un convencimiento de “nunca más” a los golpes de Estado, a que otros decidan por uno. Se proyecta como convencimiento a la no violación de los derechos. Sobre todo el derecho al debido proceso. La clave de todo el cuestionamiento a la dictadura, se resume desde el derecho, a eso: el Estado no le había dado a miles de personas el derecho al debido proceso.

— A los fines de la ley, los desaparecidos son inocentes…

— No tuvieron debido proceso. Pero resulta que ahora, vía los linchamientos, algunos se arrogan el “derecho” de no permitir el debido proceso. Entonces nos convertimos en delincuentes pateando cabezas de delincuentes: nos igualamos.

— ¿Qué no está pidiendo -en tanto lo que hace a lo público- el linchador colocado ya en acción de delincuente?

— No pide más democracia, más derecho a su vida, a sus legítimos intereses que son violados por el delincuente linchado. No va por ese camino. Prefiere convertirse en delincuente. Reconozco disconformidad con la acción de la Justicia, pero esto no habilita a convertirse en delincuente.

— ¿Se cortan solos como esos personajes de la literatura gauchesca a los cuales el sistema no protegía?

— Sí, pero aquello era válido para Martín Fierro, Juan Moreyra… no sé. Pero esta no es aquella Argentina.

— ¿La queja de ellos tenía más sentido?

— ¡Por supuesto! Yo no dejo de atender el reclamo de la sociedad por justicia eficiente. Pero si un delincuente es dejado en libertad en ajuste a la ley, bueno… uno, aun bajo disgusto, disconforme con la decisión, no puede responder yendo por la delincuencia. Hay que sumarse a la militancia por mejor política, mejor justicia, pedir por cárceles que no potencien la delincuencia.

— ¿O sea que participa del convencimiento del americano Adam Przeworski de que en América Latina la mejora del sistema democrático debe llegar fundamentalmente de la queja, la protesta, el cuestionamiento, la participación directa? O sea que no hay mucho que esperar de la dirigencia política…

— Importa eso: comprometerse activamente. Pero si no pagamos impuestos, si tenemos el 38 % de los asalariados en negro, si cotidianamente violamos normas de la más variada índole, debemos saber que nada de eso contribuye, para el caso, en mejor seguridad. Porque hay una relación directa entre eludir impuestos y mala seguridad, como lo hay con la educación. No digo nada nuevo en esto, pero tengo la impresión de que hay muchos argentinos que no lo quieren asumir…

— ¿Cómo reflexiona la teoría de la reciprocidad, tan en boga en estos tiempos?

— Negativamente. No podemos aceptar que, porque el poder -cualquier poder y como tal siempre entusiasta de violar la ley- la viole, yo también la violo.

— ¿Qué hacer?

— Trabajar, luchar, cada uno en su ámbito a favor del valor de la ley, no de la ley. Militar a favor de cada vez más democracia, más y mejores derechos. ¡Militar a favor de la vida, no de la muerte aun bajo desgarro total por haber perdido un ser en manos de un delincuente! ¡No puede triunfar la caverna! El linchamiento es la caverna, lo primitivo, ir al inicio de los tiempos… ¡Hay que juntarse para un mejor país, no para asesinar! Eso hizo la dictadura.

— En un reciente ensayo suyo -”La lógica político-institucional del Poder Judicial en Argentina”-, señala que un cambio sustancial y en la relación de los argentinos ya en democracia, es que por esta o aquella razón, apelan a actores colectivos, ya no se trata de actores individuales solamente. ¿Cuán importante es este salto?

— Desbroza y desbroza brecha. ¡Muy importante! Cuando reflexiono sobre este tema suelo apelar al chiste marxista de cuando lo cuantitativo se convierte en cualitativo… Pienso en términos de las Madres de Plaza de Mayo. Eran personas individuales que reclamaban por una violación individual a una víctima individual y reclamaban un resultado individual: aparición con vida de esa persona. Pero cuando, con el correr del tiempo, se colectiviza el movimiento… ya son “las Madres” y están “los detenidos desaparecidos” y la violación a los derechos humanos fue violación colectiva en tanto fue una política pública. Lo que se buscó entonces es una política pública que impidiera eso. Este modelo de acción hizo carne en la sociedad argentina, se instaló como método de lucha, de legítimo reclamo. Por caso, ya no es uno el que lucha contra las picadas que hay en el barrio; es el barrio que busca la justicia… Y de ahí a una ONG que se convierte en actor colectivo en la lucha por humanizar el tránsito. Surge el amparo colectivo consecuencia de esa unión, y las sentencias ya no son sentencias individuales para un caso concreto, sino que apuntan a cambiar políticas públicas. Esta colectivización el Poder Judicial está en condiciones, y lo hace, de discutir temas con el Ejecutivo y el Legislativo… Como sucede con el Caso Riachuelo, Badaro en el tema jubilaciones, o, en materia de libertad de información, el Poder Judicial pide al legislador que dicte normas… ¡Sí, sí… la sociedad se defiende cada vez más!

— Hablo de impuestos. ¿Cuál es su posición sobre si los jueces deben o no pagar impuestos?

— Deben pagar. Desde la Justicia se argumenta que vía los impuestos, los otros dos poderes del Estado -Ejecutivo y Legislativo-, subiendo o bajando impuestos se abre la posibilidad de afectar la independencia del Poder Judicial. Pero los impuestos son generales, se aplican sobre el conjunto social y los jueces, al menos hasta nueva información, integran esa comunidad. Muy distinta sería la aplicación de un impuesto sólo para los jueces. Ahí, claramente, estaríamos alentando la interferencia en el Poder Judicial, un condicionamiento o como lo queramos definir. Pero el hecho es que suben y bajan para todos. ¿Dónde se toca ahí la intangibilidad que establece la Constitución Nacional? ¿Dónde?

Marcelo Ochoa

entrevista: A Martín Böhmer, abogado y docente


CARLOS TORRENGO

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